sábado, 17 de enero de 2026

LORA DEL RIO

Lora del Río

Lora del Río se encuentra situada en la provincia de Sevilla; es un municipio que se ubica en el valle del Guadalquivir, concretamente en la Vega. Tiene una extensión territorial de unos 294 kms. cuadrados y aproximadamente 19.600 habitantes.

Existen gran cantidad de restos arqueológicos de los que se tienen noticia; en la edad del Bronce pleno existieron algunos núcleos urbanos en el “tell” de Setefilla y en el castillo de Lora, ambos con bastante influencia de la cultura tartésica. También se han localizado algunos restos visigodos.
Con respecto a la necrópolis de Setefilla, según Mª E. Aubet, no existen datos ciertos para darle una fecha exacta, sin embargo, basándose en la semejanza que esos materiales guardan con los hallados en otras necrópolis, como La Joya (Huelva) y Frigiliana (Málaga), habría que situar la necrópolis setefillana hacia la primera mitad del s. VI a. de C., aunque puede que tuviera sus comienzos a fines del s. VII a. de C. En esta zona se realizaron excavaciones en los años 1926 y 1927, pero de estas campañas parece que no se han conservado materiales. Más tarde, se llevaron a cabo otras campañas de excavación en los años 1973 y 1975, apareciendo restos interesantes; se trataba de urnas cinerarias y ajuares propios de la cultura tartésica del Bajo Guadalquivir. Entre estos materiales había cuencos de cerámica bruñida, fíbulas de doble resorte, broches de cinturón, etc., así mismo, se hallaron platos y cuencos de barniz rojo.

La abundancia de restos arqueológicos en la Mesa de Setefilla, atestiguan el poblamiento tartésico a partir de los inicios de la Edad del Bronce, hacia el 1700 a.C., continuado por otros asentamientos ibéricos en el núcleo urbano loreño y en las vecinas Mesas del Almendro y de Lora (Lora la vieja), marcando el comienzo de la historia local.

Lar/deidad, héroes-ancestros, guardianes del hogar, de los campos, de las fronteras o de la fecundidad, o una amalgama de todo ello romano encontrado en Lora, hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid

A fines del s. III a. de C., pobladores romanos se establecen en la zona, pasando a obtener el municipio el nombre de Axati. Fue una época de gran esplendor, debido a la explotación que se produce de recursos naturales, como el aceite. La población se convierte en un gran núcleo exportador de este producto, aprovechando el canal fluvial del Guadalquivir.

Ejemplo de esta actividad lo tenemos en los materiales aparecidos en La Catria, que nos ponen de manifiesto la existencia de un gran centro alfarero de ánforas, que servían para transportar el aceite procedente de la bética. Para J. Remesal este centro productor de ánforas, a juzgar por sus sellos, estuvo sometido a unas normas y quizá el dueño de los hornos fuera el municipio o el fisco y no un particular. Según el autor, La Catria es el mayor centro productor de ánforas conocido hasta el momento enclavado, a su vez, en una zona de enorme concentración alfarera, cosa normal, si pensamos en la abundancia de olivares en el territorio y que su finalidad era la exportación de aceite.
El emperador Vespasiano le concede a Axati el Derecho latino y se convierte en “Municipium Flavium”. De esta época se han hallado gran cantidad de restos arqueológicos, tanto en el núcleo urbano como en sus alrededores.

También el pueblo visigodo se asentó aquí, teoría que parece cierta por los restos funerarios que se han hallado. Hay estudiosos del tema que piensan que el nombre actual de Lora tiene precisamente su origen en esa época, queriendo significar abundancia de laurel.

La época árabe está mal estudiada y existen pocos vestigios de la misma. Hay autores que consideran que esto se debió a la masiva huída de musulmanes que se produjo tras la conquista, a lo que habría que sumar también la expulsión, más tarde, de los que se quedaron, y al hecho de haber destruido multitud de restos que pudieran haber procedido de esa cultura; de esta forma se perdieron gran cantidad de libros. Así mismo, se eliminaron restos arquitectónicos musulmanes para realizar en su lugar construcciones modernas, como pudiera ser el caso de un horno árabe en la calle Morerías, hacia los años 90.

La villa musulmana, según El-Edrisi era “villa amurallada y a su lado se hallaba el castillo”. Parece ser que cuando llegan los árabes la villa se centralizaba al lado de la iglesia; allí, según Lozano Nieto, debió alzarse una iglesia visigótica que los musulmanes transformarían en mezquita. La Lora árabe (Lawra) debía finalizar en la calleja del Hospital. Lawra fue cabeza de uno de los distritos musulmanes, perteneciendo unas veces a Córdoba y otras a Sevilla.

Fernando III fue quien llevó a cabo la conquista de la Lora árabe a mediados del s. XIII, en el año 1247, donándola a la Orden Militar de San Juan de Jerusalén, que había ayudado al monarca en su empresa. La donación de Lora a la Orden de San Juan de Jerusalén fue fruto de la labor de la conquista de Fernando III. Mediante un privilegio de fecha 1241, consta como obsequio el “castillo y villa” de Lora, Setefilla y castillo de Almenara. Inicialmente la sede del señorío sanjuanista se estableció en Setefilla, siendo trasladada a Lora en 1249.

En 1249, por la colaboración en el sitio de Sevilla, los freires sanjuanistas lograron como donación Malapiel y Alcolea, a los que se les sumarán los castros de Peñaflor y Algarín, ocho años después.

La Orden organizó en esta zona una bailía y varias encomiendas, cuya capital era Lora, jurídicamente establecida en la Carta Puebla de 1259; llegó un momento en que toda la extensión territorial que se situaba junto al Guadalquivir, entre Córdoba y Sevilla, se halló bajo la autoridad del Prior de la Orden de Castilla y León, así como las siete plazas o fortalezas que existían en ese lugar. Tras la conquista castellana, los musulmanes siguieron varios caminos; unos permanecen como vasallos, conservando sus bienes y pagando sus tributos, mientras que otros marcharon al Reyno de Granada.

Después de la caída de población que se produjo en la zona, la Orden en 1259 tuvo que organizar una repoblación cristiana, por lo que se instalaron caballeros en fortalezas y se organizó el territorio formando una bailía, que estaba bajo la autoridad del Gran Priorato castellano-leonés que, a su vez, delegaba en un comendador o teniente general y se crea en Lora un Concejo otorgando privilegios de población, cuyo origen fue la concesión de un Fuero, redactado en la Carta-Puebla, otorgada el 1 de marzo de 1259 por el comendador mayor de España; se trataba del Fuero Municipal y General toledano, confirmada en 1264, por lo que se instalaron caballeros en fortalezas y se organizó el territorio formando una bailía, que estaba bajo la autoridad del Gran Priorato castellano-leonés que, a su vez, delegaba en un comendador o teniente general. Tras la conquista se cree que comenzó a afianzarse en la zona la devoción a la Virgen de Setefilla.

La Orden organizó en Lora toda una estructura militar, construyendo la muralla. Los montes y los pastos del término, que hasta entonces se habían usado para la trashumancia, pasaron a ser una fuente de ingresos para la Orden.

El Concejo se mantuvo como autoridad hasta fines del s. XIII, cuando salieron de la jurisdicción de la Bailía, Peñaflor, Almenara y Malapiel. Y en 1504 también salió Alcolea.

La política empleada por la Orden sanjuanista en esta repoblación parece que dio buenos resultados, a juzgar por estudiosos del tema, basándose en el hecho de que a finales del s. XV Lora tenía ya una población que la convertía en una de las más importantes encomiendas del gran Priorato castellano-leonés; incluso se necesitó otro comendador con sede en Alcolea. Este dominio de la Orden de San Juan sobre Lora se mantuvo hasta la desamortización del s. XIX, siendo el último bailío el Infante de España Francisco de Borbón.

Lora, en la Baja Edad Media, siguió las mismas líneas y pasó casi por las mismas situaciones que acaecieron en el resto del país: catástrofes climáticas, sequías, inundaciones, epidemias de peste, de sífilis, etc., aunque tras unos años de buenas cosechas la población se recupera rápidamente. Tanto Lora como Setefilla fueron núcleos de población importantes en los siglos XIII, XIV y XV, pero mientras Lora ve aumentar sus habitantes el poblado de Setefilla se irá deshabitando. El núcleo loreño hacia 1491 contaba con 700 vecinos, convirtiéndose en uno de los principales núcleos de la ribera, según opinión de M. Borrero Fernández. La economía del lugar se basaba en la agricultura y la ganadería. Abundaban los cereales, los olivos y la vid; mientras los dos primeros se daban en grandes extensiones de tierra propiedad de nobles o de la Orden de San Juan, la vid era propia de pequeñas parcelas de campesinos que también trabajaban en las haciendas de los grandes señores como arrendatarios o como jornaleros.

A su vez, la ganadería fue importante en Lora, ya que poseía grandes pastizales. Sobre todo, se daban los bueyes, vacas, ovejas y ganado porcino, caballar y mular. Bastante menos importancia parece que tuvieron las industrias artesanales.

Según apuntábamos en líneas anteriores, el gobierno de la villa en estos momentos estaba bajo la autoridad del Gran Prior de la Orden. El gobierno interno recaía en el Concejo, que estaba formado por una serie de funcionarios locales que ejercían las tareas de mando; había dos alcaldes ordinarios que administraban justicia, un alguacil, un mayordomo y siete regidores; por encima de todos se encontraba el delegado directo del Prior, llamado Bailío, también comendador, gobernador o justicia mayor.

A fines del s. XV, podemos decir que la evolución de la población había sido positiva, cosa que no se dio en otras poblaciones del reino sevillano, como era el caso de Alcalá de Guadaira. No obstante, el crecimiento de la población en el s. XVI será bastante lento. En esta época se produjo el descubrimiento de América y también Lora contribuyó a la emigración al nuevo continente.

El 17 de Agosto de 1531, Lora y Setefilla dejan de depender del Prior y se convirtieron en Bailaje. Se tiene documentado que hacia el año 1587 los ingresos anuales de la Bailía de Lora ascendían a 9400 ducados de oro, lo que dan idea de su grandeza e importancia.

En 1534, los últimos habitantes de Setefilla abandonaron este solar, trasladándose a Lora.

El s. XVII en Lora ha sido estudiado sólo parcialmente. Pascual Sanchís analiza los padrones correspondientes a la segunda mitad de la centuria, llegando a la conclusión de que dichos padrones no son muy fiables, ya que se hicieron con fines tributarios, por lo que se quedan cortos en el número de vecinos. A su vez, las emigraciones y epidemias, inciden negativamente en el crecimiento poblacional, a lo que hay que añadir años de sequía y de inundaciones. Aunque el s. XVII fue una época de crisis generalizada en todo el país, paradójicamente, se produjo un resurgimiento de las letras y las artes; es el momento de la Contrarreforma, en el que se vivió una fuerte religiosidad. También esto se vio en Lora que, como en otras muchas ciudades, se produjo una intensa actividad constructora religiosa; se fundan en la villa dos conventos masculinos y uno femenino, además de varias ermitas, todo ello con la colaboración económica de familias importantes del lugar.

El s. XVIII sí supuso para Lora un período de auge económico que se fue haciendo notar en un lento pero seguro incremento de población. Según J. Ponce Alberca, basándose en los censos de Aranda y Floridablanca, se produce un aumento de población bastante fuerte en la segunda mitad del s., mientras que en la primera mitad permaneció más estancada. A finales de la centuria, Lora contaría con aproximadamente 4.000 habitantes. El número de eclesiásticos disminuyó; los tres conventos que existían en la villa quedaron con menos religiosos. Parece que la nobleza también desciende proporcionalmente.

En Lora, entre 1768 y 1787 se dio un fuerte aumento de natalidad y una baja mortalidad infantil, que fue la causa de ese aumento demográfico. Es ahora cuando se realizan gran número de construcciones tanto civiles como eclesiásticas. El ayuntamiento era el que se responsabilizaba del abastecimiento de la villa en artículos de primera necesidad y de que se cobrasen los impuestos establecidos, pero esto no lo llevaba a cabo él directamente, sino que se adjudicaba a proveedores mediante subasta. A este tipo de abastos estaban sujetos la carne, el bacalao, la nieve, el vino y la sal. Para la gestión del trigo existía el Pósito, que lo llevaban miembros del cabildo. Los monopolios reales del tabaco, pólvora, munición y aguardiente necesitaban un administrador. Por ejemplo, el duque de Medinaceli tenía el monopolio sobre la caldera de fabricación del jabón.

Sobre el s. XIX loreño hallamos un estudio de padrones vecinales que nos aportan datos interesantes sobre la población del lugar, aunque también estos padrones se hacían con fines militares; el primer padrón de la centuria nos da un total de 1.180 vecinos. Algo más tarde, en 1812 se elaboró otro padrón que nos habla de 948 vecinos y 25 hijosdalgos; se había producido, pues, una reducción de habitantes con respecto al anterior y se cree que fue consecuencia de la Guerra de Independencia. A mediados de s. la población ya se había recuperado.

Desde el punto de vista económico, se caracteriza la primera mitad del s. XIX en Lora, por una crisis debida a la guerra; se produjo un abandono del campo, hubo carestía de alimentos y las epidemias de fiebre amarilla y cólera también tuvieron sus repercusiones en la zona.
A partir de 1836 se empieza a producir una recuperación de la economía, si bien, con las desamortizaciones se sacan a subasta los bienes eclesiásticos suprimidos, produciéndose la subida de la burguesía agraria.

Desde el punto de vista urbanístico, en el primer tercio del s. XIX la situación era bastante precaria; las calles estaban en muy mal estado y se dice que la cárcel estaba tan ruinosa que los presos se escapaban. A partir de 1836 la situación empieza a cambiar; se prohibieron los enterramientos en el cementerio que estaba contiguo a la iglesia mayor; es el momento en el que se construye uno nuevo extramuros, junto a la Ermita de Jesús, aunque en 1860 se hace otro más alejado de la población. Así mismo, se levanta un matadero en 1846, en el Llano de Jesús, y la cárcel en 1858.

En 1859 se construye la vía férrea desde Sevilla hasta Córdoba, de lo que Lora del Río salió beneficiada, aunque esto también le planteó algunos problemas de tipo urbanístico, como era la imposibilidad de crecer por algunos sectores copados por el tendido. Hacia el año 1880 comienzan a empedrarse las calles cuyo estado era pésimo. Hacia finales de s. se construyen nuevos edificios públicos, se instala el telégrafo, a continuación la luz eléctrica en 1898, siendo Lorenzo Santos Troya, industrial loreño, quien montó una fábrica generadora de luz eléctrica. Otra mejora que hay que destacar es la traída del agua a la población, de forma abundante y capaz.

En septiembre de 1868 se produjo en España la llamada “Revolución del 68”, que también tuvo sus repercusiones en Lora; se crea una Junta Revolucionaria presidida por D. Juan Cepeda y Reina, tomando posesión del Ayuntamiento el 22 de septiembre en acto público.

Durante el s. XIX, con la desamortización, cuando la Orden pierde su patrimonio. En 1873, el Papa Pío IX suprime la jurisdicción eclesiástica de la Orden de San Juan de Jerusalén en España y desde entonces pasaron a la dependencia de la diócesis de Sevilla.

En el terreno urbanístico hay que citar dos acontecimientos importantes, primeramente el derribo del exconvento de mercedarios, para erigirse el Mercado de Abastos y la Plaza Nueva. El mercado comenzó a construirse en 1910, siendo su arquitecto Aníbal González, de gran fama en esos momentos y considerado hoy uno de los más importantes arquitectos del modernismo español.
En el s. XX Lora va a transformarse definitivamente. Hacia 1943 contaba la villa con 11.465 habitantes y poseía minas de granito, cobre y galena, abundante ganadería y era un gran foco productor de aceite. Gracias a la implantación de nuevos regadíos y a la llegada de inmigrantes de otras regiones, Lora se recupere e inicie un proceso de crecimiento. En Lora, con la colonización agraria de los años 60, se crearon dos nuevos poblados: Setefilla y El Priorato. Su término ocupaba 25.719 hectáreas de productos de olivar de verdeo, de molino, viñas, encinas, alcornoques, naranjos, frutales, cereales, maíz, leguminosas, además de monte bajo, riego y barbecho. El ganado era principalmente de tipo lanar y de cerda. Poseía fábricas de pimentón, de aceite de oliva, de aderezar aceitunas, de vino, aguardientes, jabón, pan, extracción de aceites de orujo, gaseosas, talleres de aserrar madera, fábricas de tejas y ladrillos, obradores de calzados, talleres de carpintería, herrerías, etc. El valor aproximado de sus cosechas era de 175.000 arrobas de aceite y 1.800.000 kilos de trigo.

Años después Lora entra en crisis económica; se produce la pérdida de parte de sus industrias, como es el caso de la Pimientonera, fábricas de pimiento morrón, de aceitunas deshuesadas, la Celulosa Española, fábrica de harinas, etc, situación de la que comienza a levantarse tímidamente en los últimos años.


Palacio del Bailio

La donación de Lora a la Orden de San Juan de Jerusalén fue fruto de la labor de la conquista del rey de Castilla, Fernando III. Mediante un privilegio de fecha 1241, consta como obsequio las villas y castillos de Lora, Setefilla y castillo de Almenara.

En 1249, por la colaboración en el sitio de Sevilla, los freires sanjuanistas lograron como donación Malapiel y Alcolea, a los que se les sumarán los castros de Peñaflor y Algarín, ocho años después.

En 1259, la Orden comienza la repoblación y se crea en Lora un Concejo otorgando privilegios de población y un Fuero, redactado en la Carta-Puebla, confirmada en 1264. El Concejo se mantuvo como autoridad hasta fines del s. XIII, cuando salieron de la jurisdicción de la Bailía; Peñaflor, Almenara y Malapiel. Y en 1504 también salió Alcolea.

El 17 de Agosto de 1531, Lora y Setefilla dejan de depender del Prior y se convirtieron en Bailaje. Cambio que se llevó a cabo tras la muerte del Prior Frey Diego de Toledo, a fines del 1557. El primer Bailío de Lora fue a cargo de Frey Pedro Nuñez de Herrera. Su casa palaciego se situaba en la parte alta de la llamada "Cuesta del Bailío", cuyo origen se remonta al reparto de Fernando III, recayendo en propiedad a la familia Fernández de Córdoba, señores de Aguilar.

Se tiene documentado que hacia el año 1587 los ingresos anuales de la Bailía de Lora ascendían a 9400 ducados de oro, lo que dan idea de su grandeza e importancia.

Carlos IV, en 1802, se proclama Maestre de la Orden en los territorios en los que reinaba, Aragón y Castilla. Y fue durante el s. XIX, con la desamortización, cuando la Orden pierde su patrimonio. Su último Bailío fue para el Infante Francisco de Paula Antonio de Borbón. En 1873, el Papa Pío IX suprime la jurisdicción eclesiástica de la Orden de San Juan de Jerusalén en España y desde entonces pasaron a la dependencia de la diócesis de Sevilla.

El Palacio del Bailío, catalogado con el nivel C de patrimonio, estaba formado por la actual Casa de Cultura, el Pósito y la Vivienda del Gobernador, que se corresponden con el actual Centro de Profesores y Sala de Exposiciones del Bailío. Se halla ubicado todo este lugar palaciego en pleno centro histórico, en la Calle Blas Infante, frente al Mercado de Abastos, obra de Aníbal González.

El edificio constaba de dos plantas. La fachada, de grandes dimensiones, responde en la actualidad a tres edificios con diferentes funciones cada uno de ellos: antiguo juzgado de Lora del Río, que es la actual Casa de la Cultura; antiguo granero: que es Sala de Exposiciones de la localidad; y el Centro de Profesores.

El Palacio, por su localización, se encontraba situado en la principal vía de comunicación de la localidad, la cuál era bastante estrecha. De ahí, que los obreros realizaban las labores de carga y descarga de los alimentos por la parte trasera, situada en la calle Dolores Montalbo.
Al estar situado el Palacio en la arteria principal de comunicación de la localidad, accedíamos a la Iglesia Prioral a través de la calle San Juán. En ésta zona de la localidad residían las familias más adineradas de la época, como los Quintanilla, que residiendo frente al Palacio mandaron construir su propio hospital con Capilla privada.

El hospital se construyó fronterizo al Palacio en la actual calle Dolores Montalbo, popularmente, conocída por todos los loreños con el nombre de “la calle hospital”. La Capilla privada, llamada San Bartolomé se construyó al lado de la casa de los Quintanilla.
En el s. XVII se fundó el Convento de los Mercedarios, manteniendo su iglesia hasta los años 40 del mismo siglo.

Se dice que donde es hoy la casa de Antonio Guillén (junto a la heladería), estaba la Capilla de San Bartolomé.

Mercado de abastos

El mercado diario de Lora se celebraba en la calle principal (La Roda), plaza de la villa y calles aledañas. Como en otros pueblos y ciudades, la mercancía estaba expuesta al público en el suelo y sin condiciones higiénicas. Donde se encuentra situado actualmente el banco Banesto había dos carnicerías, enfrente de la Plaza de Andalucía se vendía el pescado. La fruta y hortaliza se vendía en la Plaza del Reloj, en horas matinales. Las vacas y cabras eran ordeñadas en las puertas de las casas. El pan lo llevaban los panaderos a domicilio.

Se forma una sociedad anónima para la construcción del Mercado. A cambio, el Ayuntamiento se comprometía a ceder a dicha sociedad los beneficios económicos del Mercado, hasta que se pudiera pagar la construcción. En la misma sesión, se autoriza al alcalde a nombrar arquitecto, siendo elegido el sevillano Aníbal González Álvarez-Osorio que realizó el proyecto y lo presentó al Ayuntamiento a finales del mes de noviembre de 1909.

El Ayuntamiento lo sacó a subasta, ganando la licitación Lorenzo Santos Troya, gerente de la sociedad constructora del Mercado de Abastos, por la cantidad de 72.000 pts. La adquisición del solar para la construcción del Mercado de Abastos se realizó comprando tres casas. Dichas casas se encontraban situadas en la parte posterior del convento de los Mercedarios, situado donde hoy día está la Plaza de Andalucía; se compraron por la cantidad de 13.050 pts.

En marzo de 1910 comenzaron las obras, concluyéndose cinco meses más tarde.
Tiene una sola planta de forma poligonal de seis lados, aunque en realidad es un gran rectángulo. Su longitud es de 48,52 metros y su anchura es de 17,19 metros, ocupa una superficie total de 870 m2.

Esta limitado por un muro de cerramiento de gran altura, dispone de cuatro puertas y 54 ventanas, todas ellas provistas de persianas construidas de ladrillos para una perfecta ventilación del recinto. La puerta principal, situada en el lado oriental, se halla dividida en tres partes por medio de dos columnas de mármol. Cada parte esta cerrada independiente por medio de una verja de hierro forjado de líneas sencillas. Las demás puertas se encuentran situadas una en el lado posterior y las otras dos, una a cada lado del edificio.

La puerta principal se decora con columnas de mármol, dintel y arco de medio punto.

El interior está constituido por naves adosadas a los muros laterales y por una nave central aislada.

Parroquia

La iglesia se construyó en la segunda mitad del s. XV-XVI. remodelando la mezquita musulmana y fue la sede del antiguo priorato de Lora.

De estilo gótico mudéjar, se le realizaron diferentes reformas a lo largo de los siglos, siendo la más importante la de finales del s. XIX, cuando se traslada el coro, se reforma el presbiterio y otras capillas, y se construyen el atrio, la plaza y la torre.

La entrada de la Parroquia tiene una portada realizada en ladrillo limpio, decorado con baquetones, labores de lazo, ménsulas, escudos y almena. Arco ojival con varias arquivoltas enmarcado dentro de un alfiz en un conjunto de ladrillo, una entrada que se puede datar en el s. XIII y que corresponde al arte mudéjar. Aunque en la parte superior del alfiz se ha añadido una almena renacentista, con diversos escudos y motivos heráldicos.


La Torre de 50 m, construida a mediados del s. XIX., se compone de cuatro cuerpos, la base, la torre, el tambor y el chapitel. La base y la torre son cuadradas. En su tambor, donde su encuentra el campanario, destacamos un mataco (campana en forma de carraca, que se utilizaba como alarma en situaciones de emergencias de la villa). Y en el chapitel, parte más alta terminada en forma de agujas donde anidan las cigüeñas, se observa una fachada realizada en ladrillo limpio y hormigón.

Ya en su interior, accediendo por la puerta principal, nos encontramos una composición de tres naves, dos laterales y una central separadas por pilastras con arcos de medio punto.
La nave central esta alicatada a media altura con azulejos sevillanos típicos de la época. Los techos tienen distintas alturas, destacamos el del centro realizado con vigas de madera artesanal decorado con dibujos incrustados. Al Altar Mayor se accede por un arco de medio punto en el que puede verse una frase en latín que traducida nos dice “Mi casa, la casa que llama a la oración, es de todos, quien pide se lo acepto, quien me encuentre sin buscarme me mostraré”. Su retablo proviene del antiguo convento de las Mercedes, data del s. XVIII y es de estilo barroco. Consta de tres módulos decorados con pan de oro: en el primer módulo central encontramos a Nuestra Señora de la Asunción , a cada lado están situados San José y San Antonio; en el segundo módulo San Ildefonso y un santo mercedario, y en el último, Dios creador.

A la izquierda del Altar Mayor, se encuentra el retablo de la Virgen del Carmen, donado por la familia Quintanilla en 1963, y en cuyos pies está situada una lápida con los restos de algunos de sus miembros.

A la derecha del Altar Mayor, encontramos el Retablo de la Virgen del Rosario, del que destacan algunas fuentes imposibles de verificar que fue donado por una familia muy poderosa de los años 30, ya que así lo hace creer su especial riqueza. En la parte superior de éste encontramos la representación de Dios Creador en la figura triangular del “Ojo de Dios, que todo lo ve”.
En la parte trasera de la nave central se sitúa el Coro, presidido por un trono y asientos alrededor de él. Éste está cerrado por una cancela de hierro forjado, adornada con angelitos. Para la rehabilitación de éstos querubines se “bautizó” a cada uno de ellos, con el nombre de la familia que aportó el dinero para ello.

En la nave lateral izquierda, encontramos dos capillas:

La Capilla del Sagrario, construida en el año 1958 por Francisco Buiza, encontramos un altar con la imagen de María Inmaculada, a su lado derecho San Tartesio y a su lado izquierdo San Pascual.
La Capilla Bautismal, alberga una Pila Bautismal de mármol rojo procedente de Cantabria..
En la tercera nave, a la derecha, hay cuatro capillas:

La Capilla de las Hermandades, encontramos la imagen del Cristo del Perdón, talla de Castillo Lastrucci, la Virgen de los Dolores en su Soledad y Nuestra Señora de las Angustias, todas ellas tallas de Francisco Buiza Fernández y la representación del Santo Entierro talla de Francisco Pinto Berraquero.
La Capilla de la Virgen de Lourdes, se encuentran las imágenes de la Virgen de Lourdes, San Blas y San Sebastián, ésta última imagen procede del Convento de las Mercedes del s. XVIII.
La Capilla del Sagrado Corazón, alberga las imágenes del Sagrado Corazón de María, Santa Marta, María Auxiliadora, la Milagrosa y el cuadro de la Salvación de las Ánimas del Purgatorio.

La Capilla de la Virgen de Setefilla, fue construida en 1890, destaca su cúpula estilo neogótico, su originalidad, colorido y decoración. En los laterales de la capilla están los cuadros de San Francisco y Santa Teresa.

Casa de los Leones.

Construido en 1765. Idelfonso Montalbo Aguilar la mandó levantar siendo un arquitecto alemán el que realizó la obra al igual que edificó el Ayuntamiento.

En la fachada de la vivienda, además de la portada, se abren seis ventanales. En la planta baja hay ventanas cubiertas por tejas y en la primera planta hay dos ventanas pequeñas y un balcón. La casa es rematada con un gran mirador que en dos de sus frontales tiene ventanales dobles en arco de medio punto sostenidos por columnillas de ladrillo.

La fachada principal, tiene una gran portada de piedra. En sus extremos esta rematada por dos pies terminados en jarrones decorativos. En el tímpano vemos un escudo nobiliario que esta sostenido por leones rampantes. Esta cobijado por una corona de marques y en sus cuarteles apreciamos la fusión de las armas de varias familias.

Esta vivienda se creó como casa de labor, y es por eso, que en la comunicación con el patio jardín se encuentra los corrales y las cuadras donde se conservan antiguas pilas.


Ermita de Setefilla

El poblado donde esta situado tuvo sus orígenes en la Edad Media (entre s. V y el s. XV) cuando Setefilla (poblado) se convirtió a partir del 711 en fortaleza. Después de la conquista de Fernando III, este la cedió al Priorato de la Orden de San Juan o de Malta, en premio de la ayuda prestada al rey en la conquista, que la convertiría posteriormente en bailía.

La Bailía incluía en su periferia siete plazas o fortalezas sujetas a la autoridad de un Baílio: las villas de Setefilla y Lora del Río con sus castillos, los lugares de Almenara, Peñaflor, Malapiel, Algarin y Alcolea. Este hizo que la Bailía llevara al principio el nombre de Sietefilas, en clara alusión a las siete sedes del señorío sanjuanista.

El primer templo setefillano fue construido por la Orden de San Juan en 1282, este debió ser mas pequeño que el actual, pero situado en el mismo lugar. Con el paso del tiempo se realizaron una serie de reconstrucciones como la que tuvo lugar en 1712, por derribo a causa de un huracán. El actual santuario, tiene tres naves separadas, la central se separa de las laterales por cinco arcos de medio punto los cuales descansan en cuatro pilares cubiertos de madera.

La Orden de San Juan dedicó su templo a la figura de Nuestra Señora de la Encarnación y para presidirlo, ordenó hacer a principios del s. XIV una imagen de madera labrada de 71 cm. de altura.
La Virgen aparecía sentada sosteniendo al niño con una mano. Con el paso de los siglos, Nuestra Señora de la Encarnación ha cambiado de nombre, se cambiará de posición su mano derecha situándola delante para sujetar al niño. Este niño fue sustituido por otro y fue regalado al Convento de Madres Mercedarias que se lo llevaron al Convento de la Merced en la calle Góngora de Madrid (donde se encuentra actualmente) y es venerado con el nombre de “Niño Jesús del Dolor”, porque había sido separado de su Madre. La imagen de la Virgen fue quemada en la Alameda del Río, junto con otras imágenes. El 8 de Septiembre de 1938 fue presentada la nueva Imagen de la Patrona, que fue costeada por todo el pueblo.

La devoción había transcendido a Lora del Río, promotora principal del culto hizo que cambiara el nombre de Nuestra Señora de la Encarnación a Nuestra Señora de Setefilla, refiriéndose a ella con el nombre del lugar en que se veneraba.

El camino de la Virgen, según los Archivos de la Hermandad fueron tres: el Primitivo, el Antiguo y el Actual.

*Camino Primitivo: Partía desde la Cruz de la Higuerilla hacia el Palmar de Albadalejo (situado entre las calles de Sta.Catalina, Roda Arriba y calle de Alcántara) en dirección al actual cementerio, se bifurcaba en Las Lagunas, cruzaba los Arrollos del Gato y Gordolovar, pasaba por la casa de Gordolovar y salia derecho a la Cruz de la Legua a través del Chaparral de Sancha, cruzando los Arroyos de Aguas Buenas y del Santero hasta llegar a Los Montoncitos.

*Camino Antiguo: Partía por la Roda Arriba, pasando la Cruz de la Higuerilla y cruzando el paso a nivel de Román, siguiendo la carretera de Peñaflor hasta llegar al Paso del Helecho. Pasando el Arrollo del Helecho se entraba por la amplia Vereda de Carne (Cañada del Mármol) se continuaba entre las fincas El Campillo y Gordolobar para desembocar en la Cruz de la Legua y a partir de la Cruz se seguía por el Camino Primitivo.

*Camino Actual: La tercera modificación se produce a partir de los años 65 a 70. Desaparece el Palmar de Albadalejo al construirse las barriadas de la Cruz y San José. Al agrandarse el pueblo y construirse el barrio de San José se estimó la construcción de una nueva Cruz donde cubrir y descubrir las Andas de Nuestra Señora y ya desde aquí se inicia el Camino cruzando por el paso elevado del ferrocarril, se sigue la carretera de Peñaflor, se cruza por el Arroyo del Helecho siguiendo el Camino Antiguo hasta llegar a la Cruz de la Legua. A partir de la Cruz se continúa por la carretera de servicio del poblado de Setefilla, continúan por la carretera de La Puebla que se abandona para cruzar los vados de los Arroyos de Agua Buena y del Santero, subida la cuesta se sigue por un tramo del Antiguo Camino para llegar a Los Montoncitos por lo que es ya carretera del pantano.


El castillo de Setefilla.

El castillo se encuentra situado sobre un risco (peñasco alto y escarpado), a doce kilómetros de Lora del Río, próximo al Santuario de Setefilla y sobre un yacimiento tartésico datado entre 1600-500 a. C.

Su construcción se llevó a cabo entre el año 888 y 912, por los Banū Layt, la tribu bereber que controlaba la comarca y el paso hacia la Sierra Norte de Sevilla junto a las de La Puebla de los Infantes, Peñaflor, Cazalla, Alanís de la Sierra y Constantina.

En junio de 1182 la fortaleza fue asaltada por Alfonso VIII rey de Castilla. Tomó a 700 prisioneros los cuales fueron liberados a cambio de un rescate de 2700 dinares de oro recaudados en las mezquitas. El monarca decidió conservar la fortaleza, pues sabía de su gran valor estratégico como bloqueo de entrada entre, Córdoba y Sevilla. Dejó a 500 jinetes y 1000 infantes para que defendieran el castillo, pero a los pocos meses, entre los ataques musulmanes, la peste y el estado lastimoso del castillo, Alfonso VIII de Castilla ordenó a los pocos supervivientes evacuar la fortaleza y retirarse. Así fue que el castillo estuvo durante varios meses en manos castellanas.

En la primavera de 1247 fue conquistado por el rey castellano Fernando III y entregado a los hospitalarios de la Orden militar del Hospital de San Juan de Jerusalén, pasando a formar parte de la Bailía que estableció dicha orden con sede en Lora del Río. Durante varios siglos la Orden Militar del Hospital de San Juan de Jerusalén disfrutó del Castillo Romano-Árabe de Setefilla.


El castillo de Setefilla, estaba constituido por la ciudadela, con su patio de armas; se conserva algo mejor la torre hexagonal y la del homenaje. En general, todo el recinto se halla muy deteriorado; era conocido como Shant-Fila. En el siglo XII el geógrafo El-Edrisi se refiere a ella con ese nombre, y más tarde, aparece citada por Alfonso X con el nombre de Septefilia o Siete Fillas.

Tiene forma poligonal y una superficie de 4.000 m2. El interior está dividido en dos zonas; la puerta de entrada, una gran plaza de armas de unos 3.000 m2, con restos de tres torres de planta cuadrada; un lienzo de muralla divide el recinto, en cuyo centro de sitúa la torre del homenaje. En el patio de armas había un aljibe rectangular con cubierta abovedada. Existía un segundo patio de armas, más pequeño, así como una torre situada en el extremo norte, de planta exagonal. La zona del castillo mejor conservada, en general, es el muro interior de separación entre los dos recintos.

La azotea ya no existe. Los baños y edificios subterráneos han sido tapados por el tiempo.

La técnica utilizada en su construcción es mixta. Las murallas y torres están fabricadas con paramentos de mampostería rellenos de tierra, mezclada con cantos y restos cerámicos. La torre del homenaje, también fabricada con mampostería, posee sectores enlucidos de mortero de cal y arena. Las zonas bajas, aristas y los vanos de las puertas del conjunto son de sillares de piedra labrados.

Thomás Andrés de Gusseme decía acerca del castillo, en el siglo XVIII:

“En lo más alto del llano se forma otra pequeña eminencia, y sobre ella se mantiene casi entero un recinto de muralla con varias torres, las unas más bien conservadas, que las otras; y especialmente la torre mayor, o de homenaje está sin lesión alguna. De dicho recinto se pasa por una doble puerta a otro de menos extensión, como ciudadela, y en este hay edificios subterráneos, cisternas, y baños, todo en buen estado de duración. La fábrica, según su estructura y materia, parece Romana. Fuera del recinto de estas murallas, en lo mas alto tiene su asiento la Iglesia y Ermita de Nª Sª de Setefilla...”.

En el año 2002 fue declarado por la Junta de Andalucía Bien de Interés Cultural.


Ayuntamiento de Lora del Río Concluyó su obra en 1761.

Este edifico dieciochesco consta de dos cuerpos o plantas articuladas dividido en cinco módulos por pilastras cajeadas. Tiene una fachada realizada en piedra y hierro forjado, con mucha ornamentación labrada en barro cocido.

El primer cuerpo del edificio se compone de una portada adintelada en el módulo central, con dos columnas de mármol con capiteles toscanos. Desde sus pilastras se arquea un vano de medio punto donde encontramos un alfiz con decoración mixtilínea que rodea el escudo del pueblo. En este escudo labrado en piedra se puede apreciar un laurel con una corona de oro y una bordadura con el lema “Axati”, haciendo alusión al nombre de la villa en el Imperio Romano. Está situado sobre un papel-piedra apergaminado sobre una cruz de Malta. El laurel es un elemento muy destacable en el escudo, ya que al pueblo de Lora se le conocía en tiempos árabes como “Al Laura”, que significa en árabe laurel.

El primer cuerpo o planta baja también tiene dos ventanas con hierro forjado, situada una a cada lado de las columnas de mármol.

El segundo cuerpo o planta alta está mucho más elaborado, con decoración propia del barroco andaluz del s. XVIII. Este estilo dieciochesco hace especialmente atractivo y original a este edificio por su buena conservación. Este cuerpo a diferencia del primero, consta de cinco balcones, uno por cada ventana. Estos balcones son de hierro forjado con sus típicos adornos o bordaduras en forja andaluza y bolas de bronce a cada extremo de la reja de cada balcón. Justo encima de cada ventana abalconada se observan medallones con una exquisita decoración con motivos vegetales, todo ello hecho en barro cocido.

Su balcón central es el principal. Éste se constituye por dos columnas salomónicas de ladrillo, muy llamativas por su forma en espiral, y capiteles con decoración vegetal. Encima de los capiteles podemos observar unas volutas que adornan la parte superior de la fachada. Sobre este balcón principal se encuentra el escudo real de Carlos III también adornado con motivos vegetales donde podemos observar la fecha de la finalización del edificio. El escudo culmina en dos volutas estilizadas que sujetan un pequeño jarrón.

En la parte derecha del edificio se encuentra la torre del reloj con su campanario,dato curioso, ya que no era común en los ayuntamientos de aquel tiempo.

Su primer cuerpo está formado por pequeños arcos con una cornisa volada que sirve de asiento al campanario. Éste está articulado por pilastras toscanas con balcones de medio punto y una ménsula. El segundo cuerpo tiene la planta cuadrada con arcos de medio punto y molduras mixtilíneas. La torre se corona con un tambor poligonal, una cubierta abovedada decorada con cerámica y una cruz de cerrajería rematada con una veleta.

Este edificio tiene otro adosado en su extremo derecho. A pesar de las alteraciones que ha tenido, todavía conserva el antiguo muro de su construcción inicial.

En su parte baja posee una ventana con dos portadas. La más amplia es la que tiene acceso a un patio interior.

En la planta alta se observa dos ventanales con un balcón corrido que se une al del ayuntamiento. En el friso encontramos un escrito en latín haciendo referencia a un versículo bíblico del Evangelio de Lucas, donde dice: “BENEDICTUS DOMINUS DEUS ISRA EL QUIA VISITAVIT. ET FECIS REDEMTIONEM PLEBIS SUAE SN. LUCAS CAPI.1. V68”. En castellano leemos “Bendito el Señor Dios de Israel porque visitó y redimió a su pueblo”. Debajo de esta inscripción, ya en la planta baja, se puede contemplar un cuadro hecho con azulejos típicos sevillanos donde se observa arte religioso. En este caso se trata de una imagen católica de la Trinidad del s. XIX.

Por la portada adintelada del primer cuerpo del edificio se accede a su interior,que consta de un zaguán con el techo abovedado. A la izquierda encontramos una puerta que conduce a un salón abovedado, muy modificado en la actualidad, donde se encontraba la cárcel del pueblo en aquel tiempo. Para el acceso al segundo piso observamos unas escaleras en las cuales encontramos un descansillo donde se puede admirar el techo abovedado de media naranja con una abundante decoración vegetal realizada con yeso.

En las pechinas se encuentra esta misma decoración rematada con una especie de corona donde se representan un haz de espigas, un cuerno representando la abundancia, una balanza y una espada haciendo alusión a la riqueza y a la prosperidad.

En el segundo piso se ha perdido la decoración ornamental en yeso. Aunque todavía quedan restos de espacios abovedados.

En este edificio se conserva algunas puertas y mobiliario del s. XVIII. El tipo de carpintería más frecuente es la peinacería, con trazos en zig-zag, aunque destaca por su belleza y elaboración las lacerías y dibujos que nos transporta al arte mudéjar. Este estilo realiza la decoración sobre una estrella con entalladuras de formas vegetales, como se puede ver en las puertas del despacho del alcalde, incorporándose además en el centro de cada hoja un castillo y un león rampante.


Padre Jesús

El origen de esta iglesia está en una antigua ermita de Nuestro Padre Jesús y San Sebastián (S.XVIII), fue un cementerio.

Construida en una sola nave con contrafuertes interiores, la iglesia tiene planta basilical con crucero y presbiterio, y cuenta a ambos lados con capillas con tribunas superiores entre los contrafuertes.


Ermita de Santa Ana

La ermita de Santa Ana (Biblioteca) debió levantarse en la segunda mitad del s. XVII, de ello nos hablan sus características, algunas desaparecidas y otras visibles en fotos y planos antiguos. Su fábrica es de ladrillo enfoscado, típico del último cuarto del s. XVII y comienzos del XVIII y su planta es de una sola nave, con cabecera recta.

El edificio tiene elementos heredados de la tradición mudéjar, como el artesonado de madera de la nave y presbiterio (permanece el de la nave) y cuyo uso se expandió en el setecientos. El artesonado es de gran simplicidad de líneas, está elaborado con madera de pino de Flandes, con estructura de par y nudillo y tirantes. La cabecera del templo estaba cubierta igualmente por artesonado de pan y nudillo, de tres paños cuadrado, con tirantes en sus ángulos y motivo geométrico en el centro; desapareció en 1978.

Otros elementos que nos hablan de la antigüedad del edificio son los grandes contrafuertes exteriores, así como un tejaroz en el muro situado en Roda Arriba, desaparecido, que nos indica que originariamente existió ahí una puerta. La solería primitiva del edificio era de ladrillos finos.

Estos elementos los vemos repetidos en el convento de La Limpia Concepción, que se terminó de construir en 1623. La iglesia mercedaria es de ladrillo enfoscado, de semejantes dimensiones, planta rectangular, cubierta de madera de parecida factura y solería de ladrillos finos. Las dos edificaciones poseen espadaña que fue tan usual en el setecientos. Así pues, la ermita de Santa Ana debió construirse en el s. XVII teniendo como modelo la del convento mercedario y como fruto de la fiebre constructora religiosa que se dio en esa centuria en la provincia de Sevilla; en la capital se fundaron más de cien conventos. Cava Cepeda data la construcción del s. XVII e incluso de la segunda mitad del s. XVI, quizá ocupando otro solar más antiguo. Si hubo un edifico anterior, no hay vestigios del mismo.

La elección del lugar para levantar la ermita está en relación con las venidas de la Virgen de Setefilla a Lora, que se sucedían desde el s. XVI. En principio la imagen era traída por algunos clérigos, junto al Prior de Setefilla y algunos cofrades; el pueblo la recibía en el Palmar del Albadalejo, presidido por Concejo y Clero; luego en la Puerta de Córdoba (lugar cercano a la actual Biblioteca), la imagen era entregada. En el siglo XVII el ceremonial se complicó y, por tanto, se construyó la ermita en ese lugar para que se centralizara en él parte del ritual de la patrona. De ahí la conexión entre ermita de Santa Ana y Virgen de Setefilla.


Los caminos del término municipal de Lora del Río.

Una importante e intrincada red de caminos cruzaba y comunicaba el término de Lora del Río en 1848, partiendo los principales de las diferentes puertas o salidas de la Villa. En total, en el Itinerario General de los Caminos existentes en el término, se contabilizan 49 caminos, de los que por su tránsito destacaban 6, merecedores de ser calificados como vecinales, como de hecho ya lo fueron al año siguiente. Sabemos que la mayoría de ellos se reparaban por los mismos vecinos, invitados por el Ayuntamiento, hasta la distancia de “un cuarto de hora”, cuando estaban en mal estado, siguiendo las recomendaciones del Gobernador Civil.

El Camino de la Barca, en dirección a Carmona, de una legua dentro del término y 16 pies de anchura, de carruaje y estado regular, se iniciaba en la Puerta del Barranco, a la salida de la calle Aceña (actual Rafael Gasset), e iba recto hacia el Guadalquivir, donde torcía por su orilla derecha dirigiéndose a las Barcas de pasaje, y tras pasar el río, por las tierras de labor de los cortijos de la Cochera, Álamo y Castillejos, llegaba hasta el arroyo de Azanaque, que vadeaba, para ir por las tierras de las Motillas al regajo de los Giles, donde finalizaba el término de Lora y se iniciaba el de la ciudad de Carmona, por donde continuaba el camino. Por la actividad comercial entre Lora y Carmona y también porque se utilizaba para ir a Sevilla este camino era de interés general, pretendiéndose entonces declararlo como vecinal y ampliar su anchura 2 pies más de firme.

El de la Trocha de Carmona, de media legua y seis pies, de herradura y estado regular, salía por la izquierda del camino anterior en el cortijo del Judío, cruzaba el arroyo de Azanaque y se dirigía a Carmona por la parte alta de las Motillas, hasta llegar al regajo de los Giles.

También por la izquierda del Camino de la Barca, a la altura del cortijo de Azanaque y en dirección a La Campana, salía El Carril de Azanaque, de una legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que tras pasar el arroyo de Azanaque llegaba al término de La Campana por las tierras del Tinajero y Chaparral de los Gallos.

El Camino de los Gallos, de media legua y diez pies, de carruaje y estado regular, partía del Puerto de la Barca al otro lado del río y por las tierras de los cortijos del Puerto y los Gallos, después de vadear el arroyo de los Gallos, se unía al carril de Azanaque, finalizando a la salida de las tierras del cortijo de los Gallos.

El Camino de la villa de La Campana, de legua y media y 16 pies, de carruaje y estado regular, salía del Puerto de la Barca y se dirigía a La Campana por las tierras de labor del cortijo de Mochales, palmares de Alcudia, cortijo de Felipe y dehesa de Zahariche, hasta el mojón del término, muy poco antes de llegar al arroyo del Fraile. Este camino se tomaba para ir a Écija y a Osuna, siendo de interés general, por lo que se proponía una anchura de 18 pies de firme y la consideración de vecinal.

El de la Hollería (de holladero), de media legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, salía también del Puerto de la Barca y por la izquierda del Guadalquivir hacia arriba cruzaba el arroyo de Guadalora para atravesar después los holladeros de los cortijos del Acebuchal, dirigiéndose al vado antiguo de la Mallena y Zocaica en el Guadalquivir.

El Camino de la Rambla, de una legua y 16 pies, de carruaje y estado regular, partía del camino anterior a la altura del arroyo de Guadalora y por las tierras de labor del Acebuchal seguía hacia los vados del Guadalquivir llamados de la Rambla y Toconal.

El de la Trocha de Écija, de legua y media y 16 pies, de carruaje y estado regular, salía también tras pasarse el arroyo de Guadalora y por las tierras de Orihuela, dehesa del Marchante y Fuente de Vacas Blancas se dirigía a Ecija, finalizando en el término de La Campana.


Desde la calle del Río (actual Lope de Vega) salía el Camino del Vado del Castillo, de un cuarto de legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que vadeaba el Guadalquivir frente al Castillo y buscaba en la otra orilla el Camino de la Barca hacia Carmona por las tierras de los cortijos de la Cochera y el Álamo, hasta finalizar frente a este último cortijo.

Pasado el Vado del Castillo, salía otro, llamado Carril de la Barca, de un cuarto de legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que se dirigía por la barranca izquierda, Guadalquivir arriba, hacia el Puerto de la Barca.

De la Puerta de la Roda Abajo, entiéndase salida, al final de esta calle, partía el llamado Camino de Sevilla, de una legua y 16 pies (por los Cotos 80 varas), de carruaje y estado regular, que se dirigía a la villa de Alcolea pasando por los puentes de los arroyos del Churre y Parrado, arroyo Hondo, olivares de los Cotos y Buenavista, regajo de Morón y delantera de las Siete Huertas, para vadear después el arroyo de Algarín y llegar al de las Mezquitas, término de Alcolea. Este camino era de interés general por el comercio de Lora con Sevilla, por lo que era necesario ampliar su anchura a 18 pies y declararlo vecinal.

A la izquierda de este camino, entre los olivares de Buenavista y los Cotos, partía otro, llamado Camino de la Cantillana, de tres tiros de bala y 40 varas, de carruaje y estado regular, que iba al vado del Guadalquivir denominado Cantillana donde finalizaba porque, al parecer, estaba ya perdido.

Del mismo modo que el anterior, pero por la dehesa de los Toros, salía otro, llamado Camino del Judio, de media legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que se dirigía al vado de este nombre y, tras cruzar el Guadalquivir, después de pasar por las tierras del Castillejo iba a unirse con el camino de Carmona, finalizando frente al cortijo del Judío.

Asimismo, del camino de Sevilla, a mano derecha, frente al molino de Cardedales (muy cerca de El Pilar, después Fábrica de Aceites “San José” y Harinera Santa Clara) y por los olivares del Aljarafe, partía el llamado Camino del Cerro de las Cabras, de un cuarto de legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que se dividía en dos ramales, uno de los cuales se unía con el camino de Constantina, que luego veremos, y el otro, pasando por los olivares del Aljarafe, llegaba a la dehesa de la Matallana.

Otra derivación del camino de Sevilla era el Camino de Algarín, de una legua y 6 pies, de herradura y mal estado, cuyo origen estaba a la derecha del camino principal, inmediatamente después de pasar el arroyo Hondo, dirigiéndose por el extremo de las estacadas de los Cotos hacia la dehesa de la Matallana y puente del arroyo Algarín, hasta llegar por los Majadales Altos al término de la villa de Alcolea.

También del camino de Sevilla, a mano derecha, después de pasar el arroyo Algarín, salía el denominado Camino del Terrero, de un cuarto de legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que empezando en los Majadales Bajos y continuando por los Majadales Altos llegaba hasta el término de Alcolea.

Cerca de Lora del Río, a la salida del Puente del Churre, empezaba el Camino de Constantina, de dos leguas y media y 18 pies, de carruaje y en mal estado, que iba a la Sierra y a la villa de Constantina por el pago de olivar llamado del Aljarafe, los regajos de Moroncillo y Morón, la cuesta del Cerro de la Sarna, las cabezadas de los Guijos, Sierra de Buenavista, dehesa del Herrero y eras del Hornillo, hasta dar con el término de Constantina en el puerto del cerro de Zaldivar. De interés general por el comercio entre los dos pueblos y porque era el camino que llevaba a Extremadura, merecía la categoría de vecinal.

Al camino de Constantina confluían y de él se derivaban otros varios. Son los ocho caminos que relaciono a continuación.

El de los Tinahones, a su mano izquierda, pasado el arroyo de Morón, en el Lentiscal de Morón, de un cuarto de legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que por el arroyo abajo y la dehesa de la Matallana iba a unirse al camino de Sevilla, terminando en la parte final de la estacada de los Cotos.

El Camino del Tamoso, con origen también a la izquierda del arroyo de Morón, de una legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que pasando el arroyo de la Sarna subía a la Sierra, continuaba por la Mesa del Castrejón, pasaba el arroyo Algarín y daba servidumbre a las posesiones de olivar de Las Lapas, finalizando en La Lapilla, para dirigirse después al término de Alcolea.

El Camino de Las Lapas, a la izquierda del camino de Constantina, frente a los llanos del Cerro del Barrero, de una legua y 10 pies, de carruaje y en mal estado, que por medio de La Lapa que llamaban de Coronel se dirigía al llano del Manzano y pasando el arroyo de Algarín daba servidumbre también a las posesiones de Las Lapas y Gabriel Lorenzo, con final a la salida de Las Lapas para ir después a topar con el término de Alcolea.

El de Patilla, también a la izquierda del camino de Constantina, en las lagunas o llanos que llaman de Patilla, de un cuarto de legua y 10 pies, de carruaje y en mal estado, que atravesando la Sierra de Buenavista terminaba en el cerro llamado Piedra Caballera.

El Camino del Herrero, que salía también a la izquierda del camino de Constantina, en los llanos del Herrero, de una legua y 6 pies, de herradura y en mal estado, que se dirigía a las villas del Pedroso y Cazalla, vadeando el arroyo Algarín por la hacienda del Herrero para continuar por el Manchón del Higuerón al llano de la venta de la Zarza, límite con el término de Constantina.

El Camino del Pozo Tostado o el de la Trocha de Constantina, a mano derecha, enfrente de la Cruz del Guarda, de una legua y 6 pies, de herradura y en mal estado, que por la falda de la Sierra de la Cruz subiendo la cuesta de los Guijos se unía al mismo camino de Constantina en Buenavista.

La mencionada trocha daba a otro camino a su mano derecha por el regajo de los Guijos, el Camino de Fuente Merinos, de legua y media y 6 pies, de herradura y en mal estado, que por la cañada de la Obscuridad, atravesando la hacienda de Josefa Coronel por Fuente Merinos, Cerro del Silleta, regajo de Reales y el Corchaíllo, salía al Toril de la Camacha, para finalizar en El Madroño antes de llegar al término de Constantina.

Y El Camino de Alcolea a Constantina, que atravesando el término de Lora, de media legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, penetraba en nuestro término por encima de Malabrigo, pasaba por la cañada del Sardinero y entraba en el de Constantina en la venta de la Zarza. Este último camino era de interés general para los pueblos de Alcolea y Constantina.

Del extremo de la alameda del Llano de Nuestro Padre Jesús Nazareno, frente a la ermita, tras vadear el Churre, partía el Camino de la Sierra de la Cruz, de una legua y seis pies, de herradura y en mal estado, que por los olivares de la Sierra de la Cruz, garrotal de olivos de Juan Bautista Quintanilla, Hoya Grande, Llano de la Haba, Sendilla y Colmenar de las Aneas, llegaba hasta el camino de Constantina, con el que se unía en la cañada de la Obscuridad.

En la puerta de la ermita de Nuestro Padre Jesús tenía origen el Camino del Molino Primero, de una legua y seis pies, de herradura y en mal estado, que tras pasar el arroyo de Gómez por donde desembocaba éste en el Churre, y seguir paralelo a éste hacia arriba, atravesaba el arroyo de las Huertas por el puente del último molino de pan, para dirigirse, después de vadear el Churre en la Copera, por la Umbría del Churre, Cerro del Santo y Llano de la Sendilla a la Cruz del Machero, donde se unía al de Fuente Merinos en dirección a Constantina.

Y desde el puente de dicho molino, podía tomarse el Camino del Montón de Trigo, de dos leguas y 6 pies, de herradura y en mal estado, que siguiendo hacia arriba el arroyo de las Huertas, lo vadeaba y se dirigía al Cerro del Montón de Trigo, Chaparral del Tocinero y parte izquierda del Cerro de la Brama, hasta llegar al Lagar de las Monjas, que era ya término de Constantina.

En el molino aceitero del Diezmo, al final de la calle Santa María, empezaba el Camino del Barrero, de legua y media y 10 pies, de carruaje y en mal estado, que por entre los olivares y el Albadalejo, y vadeando el arroyo de Gómez enfrente de Ahorcaperros, seguía por el pago de olivares llamado del Barrero, subía al Canchal de los Alamitos, atravesaba el Cerro del Valle, pasaba el arroyo de Vueltas de Calabozo y costeaba su umbría, continuando por el Chaparral del Tocinero y Cerro del Gamonal hasta la Cruz del Machero, donde se unía con el camino de Fuente Merinos.

Del Canchal o Mesa de los Alamitos, salía del camino anterior, a mano derecha, el llamado Camino de los Alamitos, de dos leguas y 6 pies, de herradura y en mal estado, que pasando por la huerta de los Alamitos se dirigía al término de Constantina tras atravesar la hacienda del Padre Galán, la Cuesta Grande, el Cerro Agudo y el arroyo del Saucejo, finalizando en el Lagar de las Monjas.

Desde Ahorcaperros, arroyo de Gómez arriba, discurría el Camino de Arenillas, de dos leguas y media y 10 pies, de carruaje y en mal estado, que iba a unirse con el anterior en la Cuesta Grande después de atravesar los olivares de Arenillas y el Chaparral del Cohetero, rematando en el Lagar de las Monjas.

Del camino de Arenillas, a su mano derecha y junto al arroyo del Gato, nacía el Camino del Castellano, de dos leguas y 10 pies, de carruaje y en mal estado, que pasando dicho arroyo se dirigía, por entre los pagos de olivares del Naranjo y del Castellano, hacienda de los Casaus y Montes Baldíos, a la Cañada del Vicario y al Lagar de las Monjas, término de Constantina.

También desde Ahorcaperros partía el llamado Camino de Córdoba de Invierno o el de Peñaflor y La Puebla, de dos leguas y media y 18 pies de firme, de carruaje y regular estado, que iba a Peñaflor por las Lagunas de Lobato, regajo de Miranda, arroyo de Gordolobar, Cruz de la Legua, los Chaparrales, tierras de labor de Sancha, Puente del arroyo del Aguabuena, tierras de labor del cortijo de Hormada, regajo del Santero, Cerro de Montalvo, Palmosilla, Puente de Guadalvacar y los Zamorales, para enlazar aquí con el Camino de la Puebla de los Infantes, que más tarde describiremos, y llegar por el huerto de Osorio (Ossorio) al arroyo del Término, linde con la jurisdicción de Peñaflor. Era éste un camino de interés general por el comercio que se tenía con la provincia de Córdoba y demás pueblos del otro lado del Guadalvacar, que no se podía vadear en la estación de invierno, sólo pasar por el puente indicado cercano al Charco del Infierno, algo alejado, por lo que el camino requería la calificación de vecinal.

Del Camino de Córdoba en Invierno, por su izquierda y en la última laguna de Lobato, salía el Camino de las Navas de Montalvo, de dos leguas y 10 pies, de carruaje y en mal estado, que iba a parar al Lagar de las Monjas, término de Constantina, tras pasar los regajos de los Gatos y Bollique, el arroyo de Gordolobar, Chaparral de Traspón, hacienda de olivar de las Mesas del Carril, las Navas de Montalvo, Callejas y la Solana de las Monjas.

El camino de las Navas de Montalvo derivaba a su derecha en otro pasado el arroyo de Gordolobar, llamado Camino del Monte, de un cuarto de legua y 6 pies, de herradura y en mal estado, que atravesando el Chaparral de Traspón, iba por las cabezadas de las tierras de labor de Sancha y vadeaba el arroyo de Aguabuena, y tras pasar por las tierras de Hormada, se unía al camino invernal de Córdoba a la altura del arroyo del Santero.

Desde la Puerta de la Roda Arriba, entiéndase salida, al final de esta calle, partía el Camino de la Puebla de los Infantes, utilizado en verano, de legua y media y 10 pies, de carruaje y estado regular, que discurría por las tierras del Albadalejo y Cruz de Córdoba, pasaba el Helecho, continuaba por el Campillo y seguía por el Zancarrón, Cuesta de Valdeconejos, vadeaba el arroyo de Guadalvacar por la Tejera, y proseguía por los Zamorales (donde enlazaba con el de Invierno) y huerto de Osorio, hasta llegar al arroyo del Término, límite con el término de la villa de Peñaflor.

Precisamente de este último camino, pues no podía ser de otro, procedía el llamado Camino de la Virgen o del Campillo, de un cuarto de legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que salía a su izquierda pasado el arroyo Helecho, y por los olivares del Campillo discurría hasta llegar a la Cruz de la Legua, donde se unía al invernal camino de Córdoba.

También derivaba de él, a su mano izquierda, en el Campillo, el Camino de Portugalejo, de media legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que por medio del Campillo y el plantío nuevo de olivar de Manuel Montalvo se dirigía al asiento de las tierras de labor de Sancha y, pasando el arroyo de Aguabuena, en las eras viejas del cortijo de Hormada se unía al camino de Córdoba de la estación de invierno, para ir a parar al Puente de Guadalvacar.

Lo mismo ocurría con el Camino de Arrastraculebras, de media legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que salía a su mano derecha una vez pasado el arroyo del Helecho, dirigiéndose al camino de verano de Peñaflor, que luego veremos, por los olivares de la Morala, el chaparral de Juan Rodrigo de Quintanilla y el regajo del Salto de la Mula.

Asimismo, tenía origen en él el Carril del Toril, de un cuarto de legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que partía a su derecha pasado el regajo del Zancarrón, y por entre el Majadal de la Posada y la Mesa de las Gallinetas iba al arroyo de Guadalvacar y vado de la Encinilla, donde enlazaba con el camino de este nombre, que después describiremos.

También tenía principio en la Puerta de la Roda Arriba el llamado Camino de Córdoba de Verano, que se dirigía a Peñaflor, de dos leguas y 18 pies, 80 varas en el Palmar de la Aceña, de carruaje y estado regular, que transcurría por entre los olivares y el Albadalejo, la Cruz de Córdoba, los palmares de la Aceña, el arroyo del Helecho, Salto de la Mula, pasada de debajo de Guadalvacar, chaparrales de Pelabarbas, izquierda del vallado de la Quinta y cabezadas de las tierras del Sevillano, finalizando en el regajo del Término, límite con la villa de Peñaflor. Este camino era de interés general por el comercio que se tenía con la provincia de Córdoba y pueblos de la otra parte del Guadalvacar, por lo que merecía la calificación de vecinal aunque sólo se tomase en verano.

De él derivaba, a su izquierda y a la vista de la pasada de abajo del Guadalvacar, el Camino del Vado de la Encinilla, de media legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que pasando el Zancarrón y Mesa de las Gallinetas bajaba al Guadalvacar por la Encinilla, atravesaba el chaparral de Pelabarbas y tierras de labor de la Palmosa, y se unía con el camino de Córdoba de la estación de verano en la Palmosa frente al vallado de la Quinta.

El Camino del Rincón al Puente de Guadalvacar, de media legua y 8 pies, de herradura y estado regular, se iniciaba a la izquierda del anterior camino, pasado el arroyo de Guadalvacar, y por medio de los Chaparrales, arroyo arriba, iba a las cabezadas de las tierras de labor de los Fresnos que daban al Guadalvacar, para terminar, después de vadear el arroyo de San Juan y pasar el puente de Guadalvacar, en los Zamorales, donde terminaba y enlazaba con el camino de la Puebla de los Infantes que se usaba en verano.

También tenía su principio en el camino del Vado de la Encinilla, a su izquierda pasado el arroyo Guadalvacar, el Camino de las Carreteras, de una legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que por los Chaparrales, la vereda del Mármol, tierras de las Carreteras y de la Grulla, llegaba al arroyo del término de Peñaflor.

Por la derecha del camino de Córdoba que se tomaba en verano, pasado Guadalvacar y la cuesta de su salida, en los primeros chaparros de Pelabarbas, principiaba el Camino del Rincón, de una legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que por la esquina del Chaparral de Pelabarbas, el vallado del mediodía de la Quinta, el puerto de la Asomadilla, las tierras de labor del Sevillano y el arroyo del Berro, que vadeaba, se dirigía al Vado y Barco del Calonge en el Guadalquivir para entrar en el término de Palma del Río.

Del camino del Rincón, pasado Pelabarbas y a su derecha, derivaba el Camino de la Isla Montuosa, de una legua y 10 pies, de carruaje y estado regular, que por las tierras de Matachel y la Mallena iba a parar a las tierras de la Isla Montuosa y Vado de la Rambla para unirse al camino de este nombre en la otra parte del río.

También del camino del Rincón, poco antes de pasar el arroyo del Berro y a mano derecha, salía el Camino de la Barranca de los Ciegos, de media legua y 6 pies, de herradura y en buen estado, que por entre las cañadas de las tierras del Toconal y los cuadrejones del Berro daba servicio a las tierras de labor del Rincón, finalizando frente a la mencionada Barranca.

El Camino de las Huertas del Río, de dos tiros de bala y 40 varas, de carruaje y buen estado, se iniciaba en la Cruz de Córdoba, enfrente de la esquina del Albadalejo, a la derecha del camino de Córdoba de la estación de verano, y por enmedio de olivares iba a parar al pago de dichas huertas, en donde se unía al Camino de las Viñas.

Éste, el Camino de las Viñas, de una cuarta de legua y 10 pies, de carruaje y buen estado, salía a la izquierda de la Puerta del Barranco y por entre la huerta de Santa Ana (Santana) y tierras de los Tejares, el vallado de las Viñas, la Priorilla y olivares del Zahornil, buscaba el mencionado camino de Córdoba, donde finalizaba.

El actual Inventario de Caminos Rurales del Ayuntamiento de Lora del Río, en el que se indica el polígono, la parcela, la referencia catastral y la superficie de ellos, pero no el paraje ni la descripción de los mismos, contabiliza 339 caminos, siendo la superficie que ocupan 3.090.691 metros cuadrados, unas 309´1 hectáreas.

En 1859 se construye la vía férrea desde Sevilla hasta Córdoba, de lo que Lora del Río salió beneficiada, aunque esto también le planteó algunos problemas de tipo urbanístico, como era la imposibilidad de crecer por algunos sectores copados por el tendido. Hacia el año 1880 comienzan a empedrarse las calles cuyo estado era pésimo. Hacia finales de s. se construyen nuevos edificios públicos, se instala el telégrafo, a continuación la luz eléctrica en 1898, siendo Lorenzo Santos Troya, industrial loreño, quien montó una fábrica generadora de luz eléctrica. Otra mejora que hay que destacar es la traída del agua a la población, de forma abundante y capaz.

En septiembre de 1868 se produjo en España la llamada “Revolución del 68”, que también tuvo sus repercusiones en Lora; se crea una Junta Revolucionaria presidida por Juan Cepeda y Reina, tomando posesión del Ayuntamiento el 22 de septiembre en acto público.

En el terreno urbanístico hay que citar dos acontecimientos importantes, primeramente el derribo del exconvento de mercedarios, para erigirse el Mercado de Abastos y la Plaza Nueva. El mercado comenzó a construirse en 1910, siendo su arquitecto Aníbal González, de gran fama en esos momentos y considerado hoy uno de los más importantes arquitectos del modernismo español.


Los puentes de Lora del Río.

Durante el s. XVIII Lora del Río, perteneciente a la Orden Militar de San Juan de Jerusalén desde la donación de Fernando III, el gobierno de la villa, estaba atendido por la Orden que nombraba sus magistrados civiles y eclesiásticos. El Bailío, que figuraba entre los primeros magnates del reino no solía residir en Lora y ponía en su nombre a un Gobernador que se ocupaba de los asuntos de la villa. Este fue el caso de Tomás Andrés de Gúseme que vino a Lora como gobernador de la misma, bajo el baillaje de Frey Gonzalo Adorno Dávila, en el año de 1756. Fue el impulsor de grandes mejoras en la villa, siendo el prototipo de nobles ilustrado. Bajo su gobierno realizó el Concejo una serie de obras públicas financiadas con las ganancias que éste obtenía por los arrendamientos de propios del común y los arbitrios. A lo largo del s. XVIII estas labores fueron muchas. La construcción de caminos a causa de la colonización de la región por Olavide exigió el levantamiento de nuevos puentes y la reforma de los antiguos. Eran obras muy costosas y de ahí que se optara por la reedificación de los viejos que por obras de nueva planta. En lo que se refiere a la comarca de Lora, la primera noticia de construcción de puentes durante el s. XVIII es el año 1727. En la mencionada fecha se construyó un puente de nueva planta en las proximidades de Lora del Río. Éste era de uso exclusivo de la Hermandad de Nuestra Señora de la Encarnación de Setefilla, que lo utilizaba en la bajada y subida de la Virgen a su ermita. Este puente cruzaba el arroyo de Aguabuena y según las cuentas que aparecen en el primer libro de la mencionada Hermandad, fechado en 1729, costó 975 reales y 17 maravedíes. (En la actualidad dicho puente está prácticamente tapado por la nueva carretera de acceso al santuario). Parece una cantidad muy reducida para una obra de tal envergadura, sobre todo teniendo en cuenta el costo de las reedificaciones de los otros puentes de la zona. El resto de los existentes en los arroyos de la villa y sus alrededores fueron varias veces reedificados a lo largo del s. XVIII. Están situados a extramuros de la villa, a excepción de el del Guadalvacar, más alejado, ubicado en el camino hacia Córdoba, en el lugar denominado Charco del Infierno y, según José Remesal, de construcción musulmana. Los puentes del Churre y Parrado se situaban en el camino de Alcolea del Río y llevaban hasta Sevilla, bordeando el río Guadalquivir. El camino fue, sin duda, muy transitado sirviendo de acceso a la villa por el barrio llamado de Sevilla, uno de los más populosos en aquellos años. Favoreció el empleo de esta vía de comunicación la existencia, en las cercanías de los puentes, de una fuente que servía para el abastecimiento de agua a los vecinos de la villa, viajeros y animales. Esta fuente, conocida con el nombre genérico de “pilar”, fue muchas veces reparada a lo largo del s. XVIII, a causa de su uso exhaustivo. En 1729, los puentes del Churre y Guadalvacar así como el “pilar” del camino de Sevilla necesitaban ser reparados, sin embargo, no fueron reconstruidos al no ponerse de acuerdo el Cabildo sobre quién debía costear las obras. El Concejo opinaba que debían correr a cargo de el Bailío, ya que habían sido mandados construir por Fernando de Alarcón, bailío de Lora en 1574 y se seguía cobrando el derecho de roda y portazgo por parte del bailiaje. Debido a estas discusiones, de las que no surgió ningún acuerdo, en 1753 los puentes se encontraban en lamentable estado de conservación, acordándose, en cabildo de 5 de mayo, que fueran reedificados. Para ello pusieron a cargo de las obras a Bartolomé de Quintanilla, Alonso Montalbo y Aguilar y Manuel del Valle Becerra, interventor y alguacil mayor, no sólo de la construcción de estos puentes, sino de todas las obras que se iban a emprender en la villa.


El puente el Churre. Según la tradición el puente es de construcción romana, situado en el camino de Alcolea del Río, formando parte de la Cañada Real de Itálica a Córdoba la antigua vía Romana. Sin embargo, como recogen las actas capitulares del 13 de agosto de 1729, se construyó por orden de Fernando de Alarcón, Bailío de Lora en 1574.

Precede al puente una vía recta de 99 metros de longitud que comienza a elevarse casi al llegar a la misma margen derecha del arroyo. El puente en sí presenta un solo ojo que es suficiente para salvar el cauce del Churre. En la margen izquierda del arroyo se continúa la vía rectilínea de acceso, si bien en la actualidad está oculta por vertidos de materiales de obra. Desde un extremo a otro de la calzada, el puente cuenta con pavimento de guijarros y con antepechos de piedra que no están muy bien labrados y, además, aparecen erosionados. Contrasta fuertemente esta labor de sillería con la espléndida talla que ofrecen los sillares del ojo del puente, de formas paralelepípedas perfectas, que en algunos sectores presentan disposición de soga y tizón (referente a la disposición de los ladrillos, alternándose una fila por la parte mas larga en horizontal y otra por la parte mas pequeña).

El pavimento del puente es de guijarros y conserva antepechos (muro que se pone en los lugares altos para evitar caídas) de piedra erosionada. Está provisto de dos tajamares de ladrillo situados en el costado norte, en el que encontramos uno más pequeño alejado de la corriente.

La anchura del puente es de 3,32 metros. Nos muestra un sólo arco que tiene una luz de 10,80 metros. En las dos caras la rosca del arco tienen 33 sillares que miden 0,50 x 0,50 metros. Debido a la erosión de la piedra caliza los sillares no son perfectos, viéndose en algunas partes relleno de mampostería.

Al parecer, el arroyo del Churre debió tener en el s. XVIII mucho más caudal que en el presente, pues, a parte de estar documentada la existencia de molinos de trigo en sus márgenes, el puente está provisto de dos tajamares de ladrillo, en buen estado de conservación, situados en su flanco norte siendo un poco más pequeño el que se encuentra más alejado de la corriente. El único arco del puente tiente una luz de 10,80 metros, siendo su flecha, hasta el mismo cauce del agua, de 4,10 metros. En ambas caras, la rosca del arco se compone de 33 sillares, cuyas proporciones son 0,50 x 0,50 metros. Por la erosión de la piedra caliza utilizada en la construcción el despiece de los sillares no es perfecto, apreciándose en algunos sectores el relleno con mampostería, que debe corresponder a una obra de reforma. Asimismo hay que hacer notar que en el puente faltan todos los antepechos del flanco norte. Algunos de éstos aparecen abatidos junto al cauce del arroyo, pero otros han desaparecido, probablemente por haberse aprovechado en alguna obra próxima.


El puente del Parrado, está a pocos metros del anterior y cerca del pilar antes aludido. Se encuentra actualmente semioculto por la vegetación y por el talud de tierra que sirve de soporte a la antigua carretera de Alcolea. En contraposición al anterior, carece de alomado, puesto que es plano, estando construido en ladrillo y presentando como únicos elementos de piedra los antepechos. Su pavimento está formado por guijarros, algunos de los cuales tienen las huellas de los carros. Es un puente de proporciones reducidas, teniendo de ancho la calzada 4,30 metros y 12,30 de largo, correspondiendo a la luz del único arco 2,90 metros.


Puente romano de Algarín.


El puente que cruza el arroyo del Guadalvacar. Se le menciona en 1729. El puente, de grandes proporciones, presenta tres vanos, de los que solamente restan los dos laterales, precisamente los más pequeños. Está construido en sillares de piedra, muchos de ellos almohadillados y con mortero, presentando en algunos sectores obra de ladrillo, que debe corresponder a reparaciones posteriores. Está provisto de potentes tajamares, conservando escasos res restos del parapeto o antepecho. El intradós del arco correspondiente al ojo central que está abatido, presenta, a la altura las impostas unos mechinales que corresponden a la colocación de una cimbra para una reparación. Estos huecos fueron rellenados con cascotes y ladrillos, que en su mayor parte han desaparecido. La calzada del puente mide 2,98 metros de ancho, los ojos laterales tienen 2,45 metros de luz y una flecha aproximadamente igual.


Puente de hierro

Puente carretero que parte de Lora del Río hacia Carmona, construido en 1928. Se trata de un puente metálico de viga celosía tipo Linville. Consta de cinco tramos de igual longitud, 58 metros, con una longitud total de 285 metros. Las pilas son de obra de fábrica con alzado de mampostería y las bases de sillería. Las vigas se encuentras arriostradas en la cara superior situándose el tablero en la parte inferior. El contacto con los márgenes se realiza mediante estribos de obra, con pilas de menores proporciones adosadas. Los pretiles son metálicos en los tramos de celosía, compuestos por tres tubos superpuuestos sobre tirantes metálicos, y de sillería en los estribos.

Debido a la escasa anchura del puente y el aumento del tráfico, se construyó en 1985 un puente alternativo con una variante de la carretera. El puente antiguo estuvo en servicio hasta 1992, quedando a partir de esta fecha prohibido el tránsito de vehículos.



Azuda/Aceña

El 25 de mayo de 1764, Francisco Antonio Salvador de Herrera y Loyzaga, (en 1748 era contador mayor del Tribunal de Cuentas de Lima y residía en Buenos Aires en donde era alcalde en 1750), solicitaba que se le concediese permiso, licencia y facultad para construir una aceña o molino de agua de pan moler en el río Guadalquivir, en el término de la villa de Lora y jurisdicción del Bailiaje, para el bien común de su vecindario y pueblos inmediatos, con las calidades, condiciones, gravámenes y circunstancias que se ajustasen. Tras invertir “nada menos que 80.000 pesos de plata (640.000 reales o 21.760.000 maravedíes), construyó un edificio, de gran envergadura y dos plantas, “presenta seis bóvedas perfectamente definidas y debajo de cada bóveda se sitúa una piedra de moler movida por la fuerza del agua que era canalizada desde la misma corriente del Guadalquivir hacia los rodeznos que hacían mover las piedras de molienda”. “Se adentraba en el Guadalquivir en dirección opuesta a la corriente e imprimía una dirección fija a las aguas hacia el molino harinero donde remataba, y medía aproximadamente 50 metros de longitud y 4 metros de anchura, compuesta de un conglomerado de piedras de todas clases y tamaños y reforzada a ambos lados por dos muros de mampostería”. Los materiales empleados en la obra procedieron del término, obteniéndose éstos sin perjudicar al lugar, común de vecinos y particulares. La mano de obra utilizada, gente del campo y albañiles, naturales o vecinos de Lora, trabajó en la construcción cuando no era necesaria para labores en el campo ni en obras en el lugar, o estaba ociosa y sin acomodo en dichas funciones. Finalizada la obra, los vecinos de Lora tuvieron preferencia a la hora de moler respecto a los forasteros, sobre todo cuando había mucha molienda de vecinos de otros lugares y faltaba la harina en Lora, situación en la que se atendía antes a los vecinos de Lora aunque hubiesen llegado a moler después que los forasteros.


Cementerio de San Sebastián de Lora del Río.

El trazado y la posterior construcción de la línea férrea Córdoba-Sevilla, por creerse alterada la paz de los difuntos y ofrecer el anterior cementerio de Nuestro Padre Jesús una imagen no agradable a los viajeros, motivó que se planteara la construcción del actual, en un lugar más alejado y adecuado.

Al Cementerio Público Católico de Lora del Río, en el Inventario de 1881, se la daba una cabida de 5.702 m2, distribuido en una sola superficie en buen estado de conservación, destinada al enterramiento de cadáveres. Y dentro de la cerca, una capilla, local para el depósito de cadáveres, habitación para el guarda y un cobertizo para la custodia del carro fúnebre y cuadra para el mulo de dicho carro. No afectado por cargas, su valor aproximado era de 6.250 ptas.

Situado en el Llano de Jesús, al N de la población, sus límites por el E, O y N eran olivares de Manuel García Esquinas y Vereda de Carne por el Sur. A su mantenimiento se dedicaban anualmente 100 ptas.

En 1928, ubicado en el Llano de Jesús nº 27, por eso los loreños llamamos el “Veintisiete” al Cementerio, su cabida era ya de 7.500 m2, rodeado de una cerca de altos muros. A la derecha de su entrada, dos habitaciones para el guarda y cuadra para el mulo del coche fúnebre. A la izquierda, el mismo número de habitaciones para el sepulturero, cochera y otras dependencias. En el centro del Cementerio, una capilla dedicada a San Sebastián, y a su espalda había un cobertizo con mesa de operación o disección en el centro para la práctica de auptosias. El Cementerio Civil se encontraba en el ángulo N.

 

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