La escultura del Cristo de las Mieles se ubica en la rotonda central del cementerio, en el punto donde se cruzan la principal calle longitudinal con la principal de las transversales, y el hecho de que de su boca manara miel, hacen de este Cristo un símbolo del romanticismo decimonónico sevillano, rodeado de un aura de misterio y leyenda fascinante.
Es una portentosa escultura de un crucificado de gran tamaño, fundido en bronce y clavado en una cruz de madera. Cuenta la leyenda que cuando el escultor esculpió el Cristo para el cementerio se esmeró enormemente, pues en ese momento se encontraba fuertemente endeudado y esa obra significaba mucho para él. Se dice que al montar la escultura, se dio cuenta de que la había elaborado (se puede ver que un pie está clavado en el madero vertical de la cruz y el otro al suppedaneum de la misma) con las piernas al contrario, y que al contemplar la obra terminada y ver el fallo, tomó la trágica decisión, tan de moda en la época romántica, de pegarse un tiro.
Sus paisanos sevillanos creyeron que el mejor homenaje para aquel hombre era ser enterrado en el centro del cementerio, a los pies del Cristo que había esculpido con tanta pasión, y así se propuso, con el beneplácito de la autoridad municipal.
Los restos de Antonio Susillo Fernández reposaron definitivamente a los pies de su obra más reconocida.
Días después de su entierro sucedió algo sorprendente, que muchos visitantes consideraron milagroso: el Cristo lloraba, y no agua salada, como un mortal cualquiera, sino que lloraba miel. El revuelo fue considerable en la ciudad. El “milagro” estaba en boca de todos y la Iglesia tuvo que tomar cartas en el asunto, enviando el mismísimo Vaticano una delegación para aclarar el asunto.
Finalmente se averiguó la verdad: lo que manaba de la boca del Cristo era efectivamente miel de abeja, pero no porque llorara el Hijo de Dios por el escultor, sino porque Antonio Susillo había construido la efigie dejando hueco su interior para evitar el excesivo peso, y ese hueco fue aprovechado por un grupo de trabajadoras abejas para instalar su colonia. Así, cuando el calor apretaba y el bronce se calentaba, la miel de los panales se derretía y salía por la boca del Cristo. No había milagro, pues, pero al Cristo se le quedó para siempre el sobrenombre de Cristo de las Mieles.




No hay comentarios:
Publicar un comentario