sábado, 20 de abril de 2013

Ḥişn de Abrehui/Castillo Santa Catalina

El castillo de Santa Catalina se alza sobre una alta peña de 820 metros de altura desde donde domina la madīnat de Ŷayŷān/Jaén. Los primeros elementos defensivos que se advierten en el Cerro de Santa Catalina datan de la época íbera; son restos ciclópeos situados en la ladera septentrional del cerro y correspondientes a un oppidum, relacionado con el cercano asentamiento de Puente Tablas, del cual habría absorbido su población tras un primer abandono de este último entre el siglo IV a. C. y el III. Hay historiadores que sostienen que la primera fortificación en el cerro fué construida por Anibal Barca el cartaginés En época islámica (a partir del siglo VIII) Mwḥāmmad I ibn Naşr al-Aḥmar comienza la reconstrucción del nuevo recinto fortificado en la cumbre del cerro, el Ḥişn de Abrehui, del que aún quedan algunas evidencias. Después de la reconquista definitiva por Fernando III, rey de Castilla, en el año 1246, se levantó sobre al-Qaşába āndalusī una fortaleza cristiana con una iglesia consagrada a Santa Catalina, de la cual proviene el nombre de la fortaleza. En la fortaleza que ocupa unos 170 metros de longitud, estaba compuesta por tres fortificaciones diferentes: el Ḥişn Viejo, al-Qaşr Nuevo y el Ḥişn Abrehuy (estos dos últimos separados por una explanada que hoy ocupa el actual Parador nacional de Turismo), por lo que. Al-Qaşr Nuevo fue mandado construir por Fernando III, rey de Castilla tras la conquista de la madīnat. Durante el siglo XV se llevaron a cabo unas reformas impulsadas por el Condestable de Castilla Miguel Lucas de Iranzo, que dio lugar a la unión de al-Qaşr Nuevo y el Ḥişn Abrehuy, separados hasta entonces por una explanada. Estas obras finalizarían con la construcción de la Torre del Homenaje. Aunque Al-Qaşr Nuevo fue mandado construir por Fernando III, fueron Alfonso X y Fernando IV los reyes que intensificaron y culminaron las obras. Al-Qaşr Nuevo está formado por cinco torres además de la del Homenaje. A la fortaleza se accede a través de una puerta abocinada con arco ojiva. En el interior una gran explanada, dividida en patio inferior y superior, sirve de distribuidor a las distintas zonas. La Torre de la Vela y la de las Damas, formaron parte de la antigüa fortificación āndalusī. La Torre de las Troneras, con puerta en codo, tiene en el interior una habitación abovedada, espacio dedicado al aseo y Bayt al-mā/letrinas. Junto a esta torre hay un portillo o puerta secundaria. La Torre del Homenaje es una construcción de planta rectangular y grandes dimensiones, 40 metros de altura, con tres lóbregas salas cuadradas abovedadas apoyadas sobre una columna central. La Torre del Homenaje se comunica a través de un arco con las ruinas que aún se conservan de la iglesia. Posee también un hermoso Patio de Armas, bajo el que existen diversas estancias sin ventilación, y en una de las torre albarranas está la reconstruida capilla que alberga la imagen de la patrona de de Jaén, Santa Catalina de Alejandría. La fortaleza sufrió a través de los siglos numerosas modificaciones y largas etapas de abandono que lo sumieron en la ruina que los franceses, en 1812, cuando las tropas de Napoleón Bonaparte entra en España y llegan hasta Ŷayŷān, el Ḥişn Abrehuy fue modificado por las tropas napoleónicas, que destruirían parte del aljibe, con objeto de albergar en su interior un polvorín, donde surgirían dos habitaciones usadas como caballerizas. Un hospital sería construido por los franceses, que se asentaron con gusto en este castillo durante la ocupación francesa, de tal forma que se realizaron varias reformas dentro de las cuales están los pabellones para el gobernador, una plataforma artillera o incluso un área de oficinas. A su salida de la madīnat, las tropas francesas no olvidaron volar el castillo para que no sirviera a las tropas españolas. A lo largo del XIX, debido a las escaramuzas de las Guerras Carlistas, fue reconstruido por última vez. En 1907 fue adquirido por Manuel Ruiz de Córdoba, que trató de restaurarlo, aunque no avanzó mucho. El 3 de junio de 1931, se declaró mediante un Decreto Monumento Histórico Artístico. En 1948 pasó a manos del Ayuntamiento, que inició las reformas, y en 1965 se construyó el actual Parador Nacional de turismo, destruyendo buena parte de los restos originales.

viernes, 19 de abril de 2013

Madīnat az--Zahrā´ 325/936-1.010

"Me dijo un shayj/anciano de Qūrţuba, respecto al origen de la construcción de Madīnat al-Zahrā’, que ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, se le murió una surriya/concubina que dejó una gran fortuna con destino a la redención de cautivos musulmanes. Se buscaron en el país de al-Afrany/francos y no se hallaron, dando gracias a Dios por ello. Entonces le dijo a ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, su yariya/joven concubina al-Zahrā’, a la que amaba profundamente: "deseo que construyas para mí una madīnat/ciudad que lleve mi nombre y sea de mi propiedad." En efecto, ordenó construir dicha madīnat debajo de Ŷabal al-’Arús/Montaña de la Novia, que es el mediodía de la montaña y al norte de Qūrţuba, a unas tres millas de esta madīnat. Ordenó que se construyera con la más alta y refinada técnica, para que fuera lugar de recreo y morada de al-Zahrā’y festón de los magnates de su Reyno. Hizo esculpir una estatua de al-Zahrā’, que colocó en la puerta de la madīnat. Cuando se sentó ella en el maŷlis/salón de al-Zahrā’ y contempló lo blanco de la madīnat en el regazo de la negra montaña, dijo: "oh, mi señor, ¿no ves la hermosura de esta yariya en el regazo de aquel etíope? ¿Por qué no quitas la montaña?" Uno de los familiares de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, dijo: pido a Dios que libre al Califa de los Creyentes de una acción que después no pueda oírse sin afrenta de la razón. Ni reuniendo todas las criaturas que estuvieran cavando, cortando y barrenando podrían quitar lo que el creador puso, sólo él, cual podría hacerlo. Ordenó entonces que cortasen los árboles de la montaña y plantasen toda de higueras y almendros. Por ello no hubo vista más bella en la primavera cuando las flores abrieron. Y ella, la madīnat entre la montaña y la Sahla/planicie, terminó diciendo uno de los compiladores."

La edificación de Madīnat az-Zahrā’ مدينة الزهراء Madīnat az-Zahrā´ مدينة الزهراء (La Ciudad de Flor). Es una madīnat palatina o áulica mandada edificar por ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh a unos 8 km en las afueras de Qūrţuba en las últimas estribaciones de Sierra Morena, en la ladera del Ŷabal al-Arus (Montaña de la Desposada o Sierra de la Novia), frente al valle del wādī-l-Qabīr/río Guadalquivir y orientada de Norte a Sur, sobre un espolón de la sierra, entre dos barrancadas, que se adentra en la campiña Aprovechando perfectamente el desnivel del terreno, la madīnat palatina de Madīnat az-Zahrā´ fue distribuida en tres terrazas; el recinto de la madīnat adopta un trazado rectangular (una extensión de 112 hectáreas) -frente a la idea laberíntica y caótica característica del urbanismo musulmán- de 1500 m de lado en sentido Este-Oeste y unos 750 m de Norte a Sur, tan solo deformado en el lado Norte por las necesidades de adaptación a la difícil topografía del terreno. La topografía jugó un papel determinante en la configuración de la madīnat. Su emplazamiento sobre la falda de Sierra Morena permitió diseñar un programa urbano en el que la ubicación y la relación física entre las distintas construcciones resultaran expresivas del papel de cada una de ellas en el conjunto del que forman parte: el Palacio se ubica en la parte más alta, escalonando sus edificaciones por la ladera de la montaña, en una situación de clara preeminencia sobre el caserío urbano y la mezquita, extendidos por la llanura. Siguiendo la disposición en terrazas encontramos que la primera corresponde a la zona residencial del Califa, seguido por la zona oficial (Casa de los Visires, cuerpo de guardia, Salón Rico, dependencias administrativas, jardines...) para finalmente albergar a la madīnat propiamente dicha (viviendas, artesanos...) y la mezquita, separadas de las dos terrazas anteriores por otra muralla específica para aislar el conjunto palatino. Empezó la construcción de Madīnat az-Zahrā’ el día primero de muḥarran del año 325/19 noviembre de 936, a cargo del maestro alarife Maslama ibn ´Abd Allāh y duró cuarenta años consecutivos; esto es, veinticinco años de la vida de´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, y quince de su hijo y sucesor, al-Ḥakām II ibn al-Raḥmān al-Muntānsir bi-Llāh, porque, aunque el Palacio se terminó mucho antes de la muerte de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, su hijo aportó considerables adiciones, de suerte que los edificios para la recepción de la corte, las barracas para la tropa, los jardines de placer, Ḥammām/baños, ţayfūr/fuentes y demás no se completaron hasta los días de al-Ḥakām II ibn al-Raḥmān al-Muntānsir bi-Llāh. Estaba situada entre la montaña y el llano que se extiende hasta Qūrţuba, a una distancia de cuatro millas y un tercio de Qūrţuba; medía 2.700 codos de largo de este a Oeste, y el ancho de norte a sur era de 1.700 codos, siendo la superficie de 990.000 codos. Trabajaron cada día 10.000 obreros musulmanes y esclavos, con jornales de un dirhen y dirhen y medio, y se gastaron anualmente 300.000 dinares oro, durante el ´āmirato de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh Durante el gobierno de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, se gastaban cada día seis mil sillares de piedra labrada, grandes y pequeños, cortados en distintas formas, pulidos o alisados, aparte de las piedras en bruto que se usaban para pavimentos y embaldosado de los cimientos. El número de bestias de carga que se empleaban diariamente para transportar materiales de construcción era de mil cuatrocientas mulos; algunos dicen que más, aparte de cuatrocientos camellos que pertenecían al Califa y mil mulas alquiladas en algunas ocasiones al precio de tres mizcales al mes. Se gastaban mil cien cargas de cal y yeso cada tres días. De las 4313 columnas que hubo en la madīnat, algunas de éstas vinieron de Ruma/Roma; diecinueve de las tierras de las Marcas Hispánicas, ciento cuarenta fueron regaladas por el emperador de Qustantiniyya al-Uzma/Constantinopla, mil trece, en su mayoría de mármol rosa y verde, las trajeron de Qartayanat, de Ŷabal-Dammar/Túnez, de Sfax y de otras antigüas ciudades devastadas de Ifriqiiah/África, Ŷabal-Dammar/Túnez, Sfax y otros lugares; el resto se extrajo de canteras de al-Āndalus; las de mármol blanco de Tarrakūna/Tarragona y al-Māriyyat Baŷŷāna/Almería, las de mármol rayado de Mālaqah, por cada bloque que llegaba a Qūrţuba pagaba el Califa diez dinares de oro, y trescientos mil gastó durante cada uno de los veinticinco años que vivió desde la fundación de la madīnat Se trajo mármol de Cartago y de Tunez. ´Abd Allāh ibn Yūnus, Ḥasan el Qūrţubes y Ŷa´far el Alejandrino fueron los encargados de traerlo. ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh les pagaba diez dinares de Siŷilmāsa, por cada bloque, grande o pequeño, aparte de los gastos que comportaban su corte y transporte y de las provisiones necesarias para su acarreo.

La Red viaria Tras la fundación de Madīnat az-Zahrā’ y como consecuencia de la misma se efectúan una serie de realizaciones que dotarán a la nueva madīnat de una red viaria propia e independiente. Ellas se centran en el territorio occidental de Qūrţuba, y son: Un camino directo entre Qūrţuba y Madīnat az-Zahrā’ (Camino de las al-Múnya/almunía que, a su vez, comunica también la madīnat palatina con el camino de Išbylīya/Sevilla por la orilla Norte del wādī-l-Qabīr (Cañada Real Soriana y Camino Viejo de Al-Mudawwar/Almodovar del Río, y con las rutas que desde la puerta del puente parten hacia el Sur, Este y Oeste. Un enlace directo e independiente de Madīnat az-Zahrā’ con el camino Qūrţuba-Baţalyaws/Badajoz (Yadda) mediante el Camino de Media Ladera. Un enlace de Madīnat az-Zahrā’ con las principales rutas situadas al Este (Mārida/Mérida, Ţulaytūla/Toledo y Şaraqusta/Zaragoza sin pasar por Qūrţuba: el Camino de los Nogales-Carrilde los Toros. Un camino secundario que unía Madīnat az-Zahrā’ con las principales al-múnya de la zona Oeste (Alamirilla): el Camino del Oeste.

Murallas La madīnat estuvo cercada por una gruesa muralla, que constituye más un límite que un dispositivo militar estrictamente defensivo. Sólo ha sido excavado el tramo central de la muralla norte, construida con sillares de piedra caliza, como toda la madīnat, a soga y tizón. Al exterior se refuerza con torres rectangulares y en el interior presenta contrafuertes como refuerzo estructural, para contener el empuje de las tierras de la ladera. Este amplio recinto, constituido por una fuerte y doble muralla, estaba dividido en sectores igualmente amurallados, que delimitaban los diferentes niveles topográficos de la madīnat y sus principales compartimentos. El área fortificada de Madīnat az-Zahrā’ forma un rectángulo de 1.518 metros de longitud por 745 metros de anchura La parte que apoyaba en la misma montaña estaba destinada para al-Qaşr7Alcázar del Califa, conocido como Dar al-Mulk/Casa Real en los cuales se alojaban además del dueño, 6.300 mujeres entre concubinas de mayor y menor categoría, criadas y sirvientas, y en donde había para ellas 300 Ḥammām. Se ha de mencionar en particular un complejo de edificios que se identificó como la "Casa del Wāzīr/Casa del Ministro Ya'afar al-Mushafi" gracias a una inscripción. Ya'afar al-Mushafi fue nombrado en el año 961 Ḥāŷib/Primer Ministro del Califa al-Ḥakām II ibn al-Raḥmān al-Muntānsir bi-Llāh y fue una de las personalidades más influyentes de la corte. La terraza inmediata, al mediodía, para las viviendas de la servidumbre de eunucos y guardias, que comprendían 400 casas, cuyas puertas, grandes y pequeñas, estaban forradas de hierro y cobre sobredorados , y sumaban más de quincemil, (los pajes y esclavos que mantenía el Califa eran 3.750). Los eunucos y guardias ascendían a 12.000, magníficamente vestidos con espadas y cinturones dorados y plateados. Y a los pajes se les pasaba diariamente 13.000 libras de carne, sin contar las gallinas, perdices y otras volaterías, además de muchas especies de pescados. La tercera y más desviada de la montaña estaba dedicada a jardines y huertos que se dominaban desde al-Qaşr. Había igualmente en Madīnat az-Zahrā’ edificaciones destinadas a dependencias administrativas, casa de moneda, graneros, oficinas públicas y una magnífica Mezquita, además de los grandes y suntuosos maŷlis/salón. La Puerta Norte La Puerta Norte se abre en el centro de la muralla septentrional, es el punto de llegada del denominado camino de los Nogales, la vía de comunicación más rápida con la madīnat de Qūrţuba en aquel entonces. La puerta presenta una disposición acodada que nos conduce a la estancia del cuerpo de guardia. La Puerta Norte así como el resto de la muralla esta constituida por sillares de piedra bien formados colocados a soga y tizón. Desde la Puerta Norte se inicia, hacia la izquierda, una rampa descendente de forma quebrada, que conecta con cuatro puertas y que nos lleva, a su vez, a la siguiente estructura destacable del sector público del al-Qaşr/Alcázar.

Dar al-Yund /La Casa Militar.

Dar al-Yund, más conocido coloquialmente como la Casa Militar. Se trata de un edificio de planta basilical con cinco naves longitudinales y una transversal rematada por saletas en sus extremos, donde se define un núcleo jerárquico formado por las tres naves centrales, aisladas del resto mediante puertas. El conjunto se completa con una gran plaza al sur, flanqueada por varias estancias en su lado oeste y una vivienda en el costado oriental. El edificio tiene la peculiaridad de conservar prácticamente integro su pavimento original de ladrillo. Por otra parte, el revestido de los muros se realizó con mortero pintado de almagra en el zócalo y blanco en el reto.

El Gran Pórtico.

El Gran Pórtico constituye la entrada más emblemática, simbólica y ceremonial al corazón del recinto del al-Qaşr, la zona más noble de la madīnat palatina, dando acceso a la zona administrativa y política del mismo. Se concibió inicialmente con catorce arcos practicables, constituyendo la fachada oriental de una gran plaza rodeada de otras construcciones. Todos los arcos son escarzanos, excepto el central, que es de herradura; los arcos están erigidos sobre pilares y alineados en dirección norte-sur a partir del amurallado norte. La decoración de la arquería consistía en un enlucido blanco con la presencia alterna de dovelas de ladrillo y piedra. Se trata de una organización efectista, puramente escenográfica, ya que su principal función era impresionar a todos aquellos que se acercasen, sin correspondencia alguna con el espacio trasero, donde se abre una sola puerta de reducidas dimensiones.

Salón Rico.

El denominado como Salón de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, Salón Oriental o simplemente Salón Rico constituye la parte más valiosa de todo el conjunto arqueológico, tanto por su calidad artística, como por su importancia histórica, siendo considerado sin discusión alguna el auténtico símbolo y emblema de todo el conjunto califal de Madīnat az-Zahrā’. Nadie pone en duda en la actualidad que éste Salón era el eje central del recinto palaciego, considerado por unanimidad entre los especialistas como el Salón de las grandes ceremonias palatinas, fiestas, ceremonias, recepción de embajadores extranjeros y Salón del Trono, por eso, no debe extrañarnos la suntuosidad y riqueza de su decoración, de la que ha derivado el apelativo de Salón Rico. ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, amante del boato cortesano, gustaba de impresionar a sus visitantes, a los que generalmente recibía aquí, por eso el lujo y el virtuosismo del arte califal alcanzan su punto culminante en estas habitaciones. La construcción del Salón duró tan solo tres años, tal y como los investigadores han podido averiguar por las inscripciones epigráficas aparecidas en las basas y pilastras de su interior, que nos dan una cronología que va del año 953 al año 957. Por otro lado, la brevedad cronológica y la efímera vida de Madīnat az-Zahrā’ nos aseguran no obstante estar ante la presencia de un conjunto decorativo y arquitectónico muy unitario, lo que nos permite admirar en este Salón, sin añadidos posteriores, el arte califal omeya del gobierno de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh en todo su esplendor. El Salón Rico no es propiamente un único espacio diáfano, tal y como su denominación nos puede llevar a creer, sino que en realidad se trata de un conjunto de espacios y salas compartimentadas, formando todas ellas en conjunto la morfología de un único salón dividido por arcadas. Estructuralmente, la sala tiene planta basilical de tres naves longitudinales con otra transversal en su entrada que hace las veces de pórtico, con unas medidas exteriores de 38 x 28 metros. Las cabeceras de estas tres naves longitudinales aparecen rematadas por arcos ciegos de herradura, en uno de los cuales, el central, se supone que estaría situado el trono desde donde el Califa dirigía el ceremonial palatino. El eje central del conjunto es la nave central longitudinal, separada de las restantes naves laterales por un conjunto de seis arcadas de herradura a ambos lados, mientras que de la transversal, se separa por tres arcos también de herradura. Junto a estas tres naves centrales y en paralelo, flanqueando ambos lados, se sitúan dos naves exteriores divididas en tres cámaras de desigual tamaño. Si en algo destaca el Salón Rico, como ya hemos dicho anteriormente, es por su fastuosa decoración. En primer lugar hay que destacar el constante uso del arco de herradura califal con policromía bicolor y con la tan característica alternación de dovelas en rojizo y en tonos carne provenientes de la piedra arenosa original destinada a la construcción, muy semejantes a las existentes en la Mezquita de Qūrţuba. Los arcos están sostenidos a su vez por columnas de mármol de primerísima calidad que alternan los tonos rosados con los azules claros, produciéndose de este modo un curioso juego de colores. Los fustes de las columnas aparecen rematados por los característicos capiteles de avispero.

El resto de la superficie de la pared se recubría íntegramente con finos paneles decorativos tallados en mármol. El tema elegido para los paneles tenía un alto simbolismo cosmológico, algo muy en concordancia con la techumbre de madera que recubría la estancia, donde estaban representadas las estrellas en una clara alusión al firmamento. El motivo labrado en los paneles representaba el árbol de la vida, un motivo exportado desde el viejo oriente. Los tableros eran ejecutados de manera simétrica sobre un eje. Por otra parte, el relieve cortado verticalmente le proporcionaba a la decoración una calidad grafica abstracta, mientras que la decoración interna, cortada también de manera dura, estaba constituida por facetas y cogollos de hojas, así como cálices de flores, que son motivos muy típicos del arte hispano-omeya.

El Salón Rico volverá a lucir su mejor cara tras una intensa restauración en la que se pretende devolver a la sala toda su magnificencia del pasado. Por un lado se procederá a la colocación de todos los at-tauriq (paneles) de mármol que en la actualidad están esparcidos en el suelo, devolviéndolos a su posición original, en los casos en que resulte imposible, se repondrán con fragmentos modernos que estarán perfectamente integrados junto a los originales. Respecto al suelo, actualmente de cemento, será repuesto por un pavimento de mármol, tal y como estaba en tiempos de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, de hecho, el mármol se extraerá de las canteras portuguesas de Estremoz, canteras de donde salió el primer suelo original hace ahora más de 1000 años.

A oriente del Salón Rico, y conectadas con el mismo, se construyeron un conjunto de habitaciones pavimentadas en mármol blanco, así como el llamado “patio de la pila”, que forma parte de las estancias previas a un baño de reducidas proporciones.

La Casa de al-Bírkah/Alberca.

La Casa de la Alberca, o más conocida popularmente como vivienda de la Alberca, se encuentra situada al oeste de la denominada casa de Ya´far, y se considera, casi de manera unánime como la residencia del príncipe heredero Al-Ḥakām II ibn ´Abd al-Raḥmān al-Muntānsir, hijo de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, y que sucedería a su padre como Califa y Príncipe de los Creyentes en el año 350/961 tras la muerte de este. Estructuralmente destaca por ser la única construcción de todo el conjunto que presenta una planta en torno a un jardín centralizado con alberca, lo que proporciona a este recinto de viviendas uno de los espacios más íntimos de todos los conjuntos palaciegos de la madīnat califal. A los lados menores del patio se abren, mediante fachadas de triple arquería profusamente decoradas varias estancias alargadas dispuestas de dos en dos en cada crujía. También presenta en uno de sus lados un baño adosado, baño al que en un principio se le confirió un uso privado y que más tarde sería reformado para ser compartido por las cercanas dependencias de la casa de Ya´far.

La Casa de Ya´far.

La Casa de Ya´far recibe su nombre por Ya´far ibn ´Abd al-Raḥmān, designado Ḥāŷib/Primer Ministro en el año 350/961. Su estructura se articula alrededor de tres ámbitos espaciales, organizados en torno a sus correspondientes patios, todos ellos de distinto carácter: uno público, uno íntimo y otro de servicio. El espacio oficial es constituido por una edificación de planta asimilable a la basilical, que cuenta con tres naves longitudinales que comunican entre si mediante puertas rematadas por arcos de herradura, así como una nave transversal abierta al patio, donde se interrumpe la correspondencia existente entre las naves longitudinales la fachada, con el objeto de adaptar esta última al espacio creado por la construcción de un baño contigüo. La fachada se organiza mediante una triple arcada de herradura soportada por comunas. En cuanto a la decoración del edificio, éste se pavimentó con gruesas losas de mármol blanco, excepto en el patio, donde se emplearon piedras de caliza violácea; además, destaca la decoración de at-tauriq/atauriques de la fachada con temática vegetal y geométrica, que también está presente en el vano de comunicación de la nave transversal y la central, que ostenta sendos tableros en los frentes y las jambas del vano.

Dar al-Mulk/Casa Real

Dar al-Mulk/Casa Real se sitúa en el punto más elevado del al-Qaşr y es la residencia íntima del Califa ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh. La vivienda se organizó sobre una plataforma cortada en la roca donde se ubicaron una terraza delantera y tres crujías paralelas de habitaciones extendidas a lo ancho, rematadas en los extremos con al-qubba/alcobas y decoradas íntegramente con at-tauriq.

La Casa Real no se adosó sobre el macizo de sillares de la plataforma superior, sino que se separó del mismo a través de un largo corredor de servicio que atraviesa el conjunto. Tanto las fachadas de las habitaciones principales como las portadas interiores recibieron decoración de at-tauriq labrada en placas de piedra adheridas a los muros. La riqueza de esta ornamentación se extiende también a los pavimentos de ladrillo de las distintas estancias. Algunos son lisos, pero muchos otros recibieron un tratamiento decorativo a base de incrustaciones de piedra caliza blanca que dibujaban cenefas geométricas.

La Masyid/Mezquita de Madīnat az-Zahrā’ La Mezquita de Madīnat az-Zahrā’ es una de sus primeras edificaciones, en 941. La longitud total de la Mezquita de Madīnat az-Zahrā’ de Sur a Norte, sin el Miḥrāb, era de 97 codos/48 metros y el ancho de Este a Oeste de 59 codos/29 metros, se hizo en el corto plazo de 48 días, durante los cuales trabajaron en ella 1.000 obreros especializados de los cuales eran: 300 albañiles; 200 carpinteros y los 500 restantes, obreros dedicados a la colocación de ladrillos y al-´arífes/alarifes de clases diversas. Aunque de inigualable trazado y de proporciones sin par, estaba adosada al costado oriental del Jardín Alto, en la parte más baja junto a las viviendas, pero externa al recinto del al-Qaşr, la parte central del conjunto califal. El edificio, a diferencia de la Mezquita de Qūrţuba, está bien orientado hacia La Meca. Consta de un patio descubierto y porticado en tres de sus lados, que medía de Sur a Norte, unos 22 metros, y, de Oriente a Occidente, 20 metros. Estaba totalmente pavimentado de mármol rojizo, muy parecido al color del vino y en su centro había una ţayfūr/fuente de agua límpida para el uso de la Mezquita y una sala de oración de cinco naves longitudinales que medían 50 codos de la Qibla al norte (yawfi) sin la Maqşūrah/maqsura, separadas por arquerías perpendiculares al muro de Qibla. Sólo el espacio de la Maqşūrah, reservado para uso exclusivo del Califa, se pavimentó con losas de barro, cubriéndose con esteras el suelo terrizo del resto del oratorio. El sawmu'a/alminar desde donde se llamaba a la oración, es de planta cuadrada al exterior y octogonal en el interior, ubicándose junto a la puerta norte del acceso al patio. Algunas maravillas Entre las maravillas de Madīnat az-Zahrā’, dice ibn-Ḥayyān, se contaban dos fuentes, con sus tazas de formas tan extraordinarias y tan valiosas por su trabajo que, en la opinión de este cronista, constituían el principal ornamento del Palacio. La pila verde y pequeña fue traída de Siria. Era de mármol verde y su transporte fue efectuado por el filósofo Ahmed ibn Karma; en ella había grabados y esculturas antropomóficas y no tenía parangón. En cuanto a la pila esculpida, ornada con escultura de oro, la trajo Aẖmad al-Yūnānī de parte del señor de Qustantiniyya al-Uzma/Constantinopla, el obispo Rabī´, de un lugar a otro, hasta que llegó por mar. Cuando la recibió ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh ordenó que fuera instalada en el centro del salón de la Sala del Este conocido como al-Mu´nis y se le añadieron doce figuras labradas en oro rojo, adornadas con perlas y piedras preciosas. Las figuras, que fueron realizadas en los talleres estatales del palacio de Qūrţuba, representaban distintos animales; por ejemplo, había una que representaba un león que tenía un antílope a un lado y un cocodrilo al otro; enfrente había un águila y un dragón y entre ambos grupos, un halcón, un pavo real, una gallina, un gallo, un gavilán y un buitre. Todos huecos, ornados con joyas y de sus bocas salía agua, que se vertía en la pila. Otra de las maravillas de Madīnat az-Zahrā’, llamada por al-Zuhrlī al-Qalbaq (o al-Qalîq/al-Qaylaq/al-Qayliq) Kasrul-Jalafa/Salón de los Calīfas y por al-Maqqarī, Alcázar del Califato, donde hacían la proclamación de soberanos cuyo techo era de oro y de bloques de mármol de varios colores, sólidos pero transparentes; siendo las paredes de los mismos materiales. En el centro de éste prodigioso salón, (o según otros encima de la fuente mencionada anteriormente, que ellos sitúan en esta sala), se encontraba la perla única que era un regalo del Emperador griego Constantino VII a ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, entre otros valiosos objetos. Según ibn Bashkuwal, en medio del Salón había un gran estanque lleno de mercurio y a cada uno de los lados de la estancia se abrían ocho puertas con arcos de marfil y ébano guarnecido de oro y diversas piedras preciosas que se apoyaban en columnas de mármol de colores y cristal puro. Cuando el Sol, al atravesar esas puertas, bañaba con sus rayos el techo y las paredes del salón, que les reflejaban, formando así un resplandor deslumbrante. Y cuando ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, deseaba espantar a algún adulador cortesano que se sentara con él, sólo tenía que hacer una señal a uno de sus esclavos para que pusiera en movimiento el mercurio y la habitación entera parecía atravesada por haces de fulgurantes rayos y sus acompañantes empezaban a temblar al sentir que la habitación se desplazaba; esta sensación y su temor duraban mientras el mercurio estaba en movimiento. La abundancia de azogue que había en al-Āndalus hizo concebir a ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, la idea de emplearlo del modo descrito anteriormente. Fue quizás el efecto producido por este mineral el que llevó a la creencia de que esta habitación estaba girando constantemente y seguía el curso del Sol, o como otros dicen, que se movía girando alrededor del estanque como si se tratara de un eje central. Fue tal el cuidado que puso´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, en este edificio, que no encomendó su superintendencia a nadie más que a su hijo y sucesor, al-Ḥakām II ibn al-Raḥmān al-Muntānsir bi-Llāh. En una cosa, sin embargo, vemos que todos los autores están de acuerdo, a saber, que nunca se construyó una estancia más esplendorosa que ésta, bien fuese en los tiempos precedentes o posteriores al Islam.

"La Madīnat az-Zahrā’ resplandece al Sol de la mañana, entre campos de olivos plateados. ...A la sombra de cipreses y palmeras, jardines de ensueño rodean inmensos salones mezclando mirto y romero, adelfas y nardos, lirios y rosas en tapices multicolores".

La Cierva de Madīnat az-Zahrā’ .

La cierva de Madīnat az-Zahrā’ es una pequeña pieza de bronce que fue elaborada como un pequeño surtidor de agua para decorar una de las numerosas fuentes con las que contaba la madīnat palatina, siendo considerada, de forma unánime, como la obra maestra de la escultura āndalusś del periodo omeya. Respecto a su cronología, suele ser habitual datarla por parte de los especialistas entre las últimas décadas del siglo X y los primeros años del siglo XI, sin que se pueda aportar aun hoy una fecha mas precisa. De esta misma pieza existen tres replicas de morfologías muy similares, una en el museo arqueológico nacional de Madrid, otra en el centro de visitantes de Madīnat az-Zahrā’ , y una ultima en el museo nacional de Qatar que fue comprada por un jeque árabe en subasta internacional, por la que llego a pagar, en 1997, cuatro millones de dólares.

La Cerámica zoomorfa de Madīnat az-Zahrā’ .

Esta curiosa pieza, que según los investigadores formó parte de la vajilla de gala de alguno de los conjuntos palaciegos de la madīnat de Madīnat az-Zahrā’ , fue adquirida por el estado español en nombre de la Junta de Andalucía en abril del 2003 tras el desembolso de un importe de 220.000 euros a una sala de subastas londinense. Por sus rasgos morfológicos, los expertos han intuido que esta pieza de pequeñas proporciones quizás pudiese tratarse de una jirafa. Sobre su uso específico, se piensa que pudiese servir para verter algún tipo de líquido. La decoración esta realizada a base de vidriado blanco, así como pequeños fragmentes de verde y manganeso. Respecto a su cronología, decir que es datada, por casi todos los expertos, en los años centrales del siglo X.

El Aguamanil del Louvre

Se trata de una pieza zoomorfa que debió salir de la Península tras el saqueo francés durante la guerra de la Independencia, encontrándose actualmente en las vitrinas del museo parisino del Louvre, donde es una de las estrellas de las salas de antigüedades islámicas. Se trata de un aguamanil en el que se distingue sin ningún tipo de dudas la figura de un pavo real. Sobre el uso de esta pieza, tal y como su nombre indica, se trataba de un recipiente destinado al almacenamiento de agua para el posterior lavatorio de las manos. Presenta la curiosidad de contener sobre su superficie una inscripción bilingüe (en árabe y latín) que nos indica el nombre del artista y la fecha de su ejecución, por lo que podemos datar a la pieza sin ningún tipo de problemas en el año 972.

Otro objeto importante hallado fue la caja de marfil con inscripciones llamada Píxide de Al-Mughira, que se conserva en el museo del Louvre

940, diciembre, 3. Lápida conmemorativa de la terminación de las Obras de conducción de agua a la Masyid/Mezquita de Qūrţuba

"... La construcción fue terminada a finales de Şafar del año 329/3 diciembre 940. El comienzo de los trabajos de esta canalización, a partir de su punto de partida, en Šhawwāl del año 328/10 julio a 7 agosto 940. La ejecución de estos trabajos fue bajo la dirección de su mawlá, de su wāzīr y de su Sáhib al-Madina ‘Abd Alláh ibn Badr. "

Lápida conservada en el Museo Arqueológico Provincial n. 510. Trad. E. Lévi Provençal, Inscriptions árabes..., p. 4

941, marzo, ´Abd al-Raḥmān al-Nāsir ibn ´Abd Allāh (´Abd al-Raḥmān III), inaugura el acueducto que traía agua potable de la Sierra a Dúr al-Na’úra
"En el principio de este año (329/desde 6 octubre 940 al 26 septiembre 941) completó ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, la construcción de una magnífica qaná/conduccción/acueducto, o acueducto el cual traía el agua potable desde la Sierra de Qūrţuba hasta al-Qaşr de Ná’úra, situado al occidente de Qūrţuba. El acueducto era una maravilla de la técnica de ingeniería; por su interior por medio de tuberías ordenadas geométricamente sobre arcos conectados unos con otros. Las aguas llegaban de éste modo, en un orden admirable y, gracias a una ciencia extraordinaria, desembocaban en una gran alberca, sobre la cuál había un colosal león enorme, construido con arte maravilloso de tal modo que su sola visión bastaba para infundir temor en los corazones de los que miraban y que superaba a todos los ideados por los ´āmires de tiempos anteriores, tanto en semejanza como en magnificencia, por todas las características de dimensiones, forma de construcción y por estar recubiertos por oro purísimo y sus dos ojos eran dos perlas de inestimable valor que reflejaban torrentes de luz intensa. Las aguas del acueducto le entraba por la parte posterior y luego salían por su boca cayendo en aquella alberca en un gran chorro. Esta agua después de surtir éste Palacio, regaba cada rincón de sus jardines, a pesar de su gran extensión, el agua sobrante iba a unirse a la de wādī-l-Qabīr.

La obra duró, desde que se empezó en la Sierra hasta que llegó el acueducto a alberca, doce meses, y el día que por primera vez arrojó agua a alberca fue un viernes de la luna nueva de ŷumādà ’ II/3 de marzo 941, dio ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, un convite excelente que favoreció al pueblo de los habitantes de su reino. Unió los arquitectos y los encargados en la obra en la oración buena y elocuente."

941, abril, 4. Se comienza el pavimentado del arrecife/camino entre al-Qaşr/Alcázar de al-múnya/almunia al-Ná’ura y al-múnya/almunia nueva de az-Zahrā’, sobre la que después se formaría Madīnat az-Zahrā’

"En la mitad de raŷab de este año 330/4 abril 941, se empezó la pavimentación del arrecife, el cual ordenó ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, se extendiera entre su al-Qaşr, en al-múnya al-Ná’úra en la orilla del río de Qūrţuba, hasta la puerta de su al-Qaşr nuevo en Qarya en el año 329/ 6 octubre 940 al 26 septiembre 941, con entrada en él sobre la orilla próxima sobre la que está la madīnat de Qūrţuba. Allanó dicho camino de asperezas después que ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, cabalgara por él en persona, tomara el asunto en sus manos y concentrara todos los esfuerzos disponibles. Personalmente señaló su trazado y señaló los mojones de sus límites. Por todo ello se terminó en un mes la citada pavimentación. Con ello acrecentó el beneficio a al-múnya nueva, a la cual llamó al-Zahrā’. Por todo ello mejoró su utilidad. "

Había además en Madīnat az-Zahrā’ dos Ḥammām, uno destinado a los oficiales de la casa del soberano y otros servidores del Palacio y el otro público; y también mercados, hospederías, colegios y otros establecimientos públicos y privados.

Otras muchas bellezas resaltaban a Madīnat az-Zahrā’, corrientes de agua, lujosos jardines, construcciones para el acomodo de los oficiales de la casa del soberano, magníficos Palacios para los altos funcionarios de la corte, es decir, para la muchedumbre de gentes: pajes, eunucos, esclavos, etc. que, con lujosos trajes, se movían por las anchas calles de la madīnat, etc. El número de servidores masculinos ascendía a 13.750, a los que se daba diariamente 13.000 libras de carne, sin contar las aves y los peces. Había 3.350 pajes, esclavos y eunucos.

Para los peces del estanque de Madīnat az-Zahrā’ se gastaban diariamente 12.000 hogazas, a más de 6 cahices de legumbres negras.

Si sólo hubiera poseído este Palacio la terraza de mármol pulimentado sobre los jardines incomparables con el salón dorado y el pabellón circular y todas las demás maravillas, si sólo hubiera poseído su sólida y bella construcción, decoraciones etc., el bahr/lago artificial y la cisterna siempre llena de agua límpida, nunca se hubiera uno podido imaginar nada semejante."

941, mayo, 21, viernes. Se termina la Masyid/Mezquita de Madīnat az-Zahrā’

"Y en lo que respecta a Madīnat az-Zahrā’, ella es una madīnat del rey, la cual creó el Califa al-Mu’minin ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, de la que ya antes hablamos, y ella es de las madīnat grandes del poder ilustre. Dijeron ibn Faradi y otros, que se construyó en cuarenta y ocho días gracias al trabajo de 1.000 obreros trabajando todo el día, de ellos 300 albañiles, 200 carpinteros y 500 operarios, dedicados unos a la colocación de ladrillos y el resto a diferentes trabajos artesanos. Era un gran edificio. Tenía cinco naves y 30 codos desde la qibla al patio, sin contar la Maqşūra. al-Bahw/nave medía, desde levante a occidente, trece codos y 12 las otras. La longitud del patio descubierto, desde la qibla hasta el norte, 43 codos y desde levante a poniente, 41. Estaba todo enlosado con losas de mármol de color jamrī/rojo vinoso y su centro había una pila de agua limpia para las abluciones.

La longitud completa de la mezquita del Sur al Norte, excluido al Miḥrāb, era de 97 codos y 59 de ancho de Oriente a Occidente. La longitud de al-manār en el aire (esto es, su altura) es de 40 codos y su anchura de 10 codos en la base.

Ordenó ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, se hiciera un minbar/púlpito precioso para esta mezquita, de factura bellísima. Se colocó dentro del recinto de la maravillosa Maqşūrah. Fue colocado este al-minbar/púlpito en su lugar, una vez terminada esta mezquita, un viernes a 22 de ša´bān de 329/21 mayo 941."

Encargó de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, para ella un Miḥrāb maravilloso, que fue hecho de una belleza sin par, y a su alrededor estableció una Maqşūrah de maravillosa construcción y estaba adornada con costosa magnificencia, y por orden de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, se colocó en ella un minbar, de extraordinaria belleza y dibujo, el mismo día en que se completó la mezquita, es decir, el 22 de ša´bān de 329/21 de mayo 941, domingo, terminándose de edificar completamente el jueves, a nueve días por pasar de ša´bān del 329 de la Hégira, en tal día, se dijeron por primera vez las preces públicas con gran solemnidad en la mezquita. Fue Abu ´Abd Allāh Mwḥāmmad ibn Abi ´Isā al-Qāḍī que ofició el primer salat ÿumu'a del viernes en presencia de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh y de los principales de la corte. También fueron magníficos en la madīnat califal los jardines y el parque zoológico. Son estos citados frecuentemente por cronistas musulmanes al describir la distribución de Madīnat az-Zahrā’, en tres recintos, anotando siempre que uno de ellos estaba dedicado a los huertos y jardines, pues de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, que había llevado el agua hasta la madīnat a trevés de un magnífico acueducto, la rodeó de vergeles, plantando árboles frutales de varias especies. Estos jardines tenían numerosas albercas. Ibn Jaqan no cuenta que en el centro de ellos, había un gran estanque rebosante de agua y que era tal la cantidad de peces que pululaban en éste y los demás, que se fabricaban para su manutención diaria 800 panecillo y se descascarillaban, también diariamente, seis cahices de garbanzos negros. El Calīfa āndalusī hizo acotar unos lugares para las fieras, una gran extensión de terreno situado a corta distancia del foso de protección, ordenó construir pajareras de gran amplitud protegidas por redes. En la casa de fieras, de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, había hecho colocar muchos leones y tigres, además de otros animales feroces y extraños de Ifriqiiah, así como multitud de aves, maravillosas por su rareza y hermosura de plumaje, venidas de apartados climas. Se hacían en su época ochocientos panes al día, destinados a los peces de los pequeños lagos. Un historiador āndalusī dijo que la pasión de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh, y su gusto por construir eran tales que, aparte de la construcción de este gran Palacio y las considerables adiciones hechas a la mezquita, también emprendió y completó durante su gobierno varias obras públicas para la mejora y ornamentación de su capital.

Debemos mencionar otro Palacio y otra Madīnat az-Zāhira construidos por el famoso Ḥāŷib, Mwḥāmmad ibn Abū ´Amir al-Manşūr (Victorioso de Dios). Sabemos que existió a alguna distancia de Qūrţuba a orillas de wādī-l-Qabīr y que era una estructura de las más espléndidas, secundando el Palacio de Madīnat az-Zahrā’, construido por ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh; pero debido a la circunstancia de su destrucción por los beréberes, poco después de la muerte de su fundador, durante las desastrosas guerras civiles que hicieron caer el tambaleante trono de los Califas, su memoria pronto se borró y los relatos que nos han llegado solo nos proporcionan algunos detalles.

El edificio, que se alzaba a orillas de wādī-l-Qabīr, no lejos de Madīnat az-Zahrā’, se empezó en el año 368/978; su mayor parte se completó en dos años. Mwḥāmmad ibn Abū ´Amir al-Manşūr (Victorioso de Dios) se retiró a él con su familia, sirvientes, guardia y allegados en el año 370/980. Además, estableció en él las oficinas del Estado, construyó almacenes para cereales y edificó molinos, también dio las tierras adyacentes a sus wāzīres, Jatibs, generales y favoritos, quienes no tardaron en construir magníficas casas y palacios y plantar jardines en los aledaños; gente de todas clases sociales y profesiones, ansiosa de tener sus moradas cerca del Jefe del Estado, siguieron su ejemplo y construyeron alrededor de él; así que en muy poco tiempo los suburbios de Madīnat az-Zāhira se juntaron con los de Qūrţuba.

También se cuenta que un hombre santo que vivía en aquellos tiempos, uno de esos musulmanes piadosos cuyos pensamientos están vueltos hacia Allāh, dirigió una vez sus pasos hacia Madīnat az-Zāhira, cuando llegó cerca de ésta le chocó tanto la magnificencia y tamaño del edificio, la lujosa y excelente composición de los jardines y la profusión de costosos ornamentos y dorados que en ella se prodigaban, que no pudo por menos que exclamar:
"¡Oh palacio de reyes! Cada casa de este país ha contribuido a tu ornamentación y perfección; también tú cuando estés en ruinas proveerás materiales para cada casa".

Pocos días después de que este santo hombre hiciera su oración, los tesoros de Madīnat az-Zāhira fueron saqueados en su totalidad y esparcidos por todo el país y el edificio mismo fue arrasado quedando a ras del suelo, a raíz de la horrenda y desastrosa guerra civil que se desencadenó en al-Āndalus de la cual ninguna familia o tribu escapó sin contribuir con alguna víctima. ¡Las alabanzas pertenecen a Allāh, cuyos decretos son infaliblemente ejecutados sobre sus criaturas! No hay Dios sino El, el Exaltado, el Inmenso.

Durante el gobierno del Calīfa Mwḥāmmad III al-Mustakfí 414-416/1024-1025, se arruinó del todo lo que quedaba de los Palacios de sus antepasado al-Nāsir y desaparecieron las construcciones de al-Qaşr de Madīnat az-Zahrā’. Fueron arrancados el cobre de las puertas, el plomo de las tuberías y otros materiales.

Entre 435/1043 y 456/1064, años en los que Qūrţuba estuvo en manos de Mwḥāmmad Abū -l-Wālīd, un tal Ibn Basa, nombrado por el wāzīr de la Madīnat para reunir los materiales que quedaban en al-Qaşres Umayyahs, se dedicó a vender en provecho propio todo lo subsistente en sus ruinas: mármoles preciosos, columnas de gran valor, maderas riquísimas, cobre purísimo, hierro y plomo de la mejor calidad. Los embajadores de los reyes venían a comprarle aquellos materiales en los precios más altos, y él se los entregaba a cambio de mil diferentes desatinos.

De éste comercio procederán las pilas, columnas y otras piezas califales de mármol subsistentes en Išbylīya, Garnāţa y Marrākuš. Ibn Basa demolió al-Qaşres, que se habían conservado incólumes a lo largo de tantos años, hasta trocarlos en montones de cenizas y madrigueras de lagartos, y no se marchó de ellos antes de arrancar sus sillares y prenderles fuego, convirtiéndolos en depósitos de cal para el que las quisiera.

Durante el gobierno del Califa Mwḥāmmad III al-Mustakfí 414-416/1024-1025, se arruinó del todo lo que quedaba de los Palacios de sus antepasado ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh y desaparecieron las construcciones de al-Qaşr de Madīnat az-Zahrā’. Fueron arrancados el cobre de las puertas, el plomo de las tuberías y otros materiales.

Entre 435/1043 y 456/1064, años en los que Qūrţuba estuvo en manos de Mwḥāmmad Abū -l-Wālīd, un tal Ibn Basa, nombrado por el wāzīr de la Madīnat para reunir los materiales que quedaban en al-Qaşrs Umayyahs, se dedicó a vender en provecho propio todo lo subsistente en sus ruinas: mármoles preciosos, columnas de gran valor, maderas riquísimas, cobre purísimo, hierro y plomo de la mejor calidad. Los embajadores de los reyes venían a comprarle aquellos materiales en los precios más altos, y él se los entregaba a cambio de mil diferentes desatinos.

Historia de sus excavaciones

Antes del redescubrimiento de Madīnat az-Zahrā’ , y digo redescubrimiento porque Medina Azahara (término castellanizado) siempre ha estado ahí durante los últimos 1000 años, la ladera donde se sitúa el yacimiento era conocida como Córdoba la Vieja, ya que durante el Medievo se pensaba que sobre este punto se levantaba la primera Córdoba romana erguida de manera rápida y semiprovisional por el pretor Claudio Marcelo y que más tarde, y por motivos de salubridad, se trasladaría a las orillas del Guadalquivir. La razón de esta original creencia sobre una Córdoba fundacional era debida a la gran cantidad de piezas arquitectónicas esparcidas por los alrededores de la ladera, restos que se multiplicaban sin cesar con solo levantar un palmo de tierra. Sería a partir del siglo XVI, en pleno renacimiento, cuando los humanistas empezaron a discutir sobre el verdadero origen de la denominada como Córdoba la Vieja, aunque no sería hasta el siglo XVII cuando Pedro Díaz de Rivas intuyó que sobre la Córdoba actual se encontraban demasiados restos romanos cuando se procedía a maniobrar sobre algún terreno, lo que evidenciaban su origen latino, y que por tanto, lo que realmente había bajo el suelo de lo que llamaban Córdoba la Vieja no era una ciudad romana, sino el castillo ´āndalusī de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir ibn ´Abd Allāh. Pese a esta inteligente evidencia, el debate, ni mucho menos, se dio por concluido. No sería hasta los primeros años del siglo XX, concretamente en 1911, durante el reinado de Alfonso XIII, cuando las primeras excavaciones comenzaron de manera oficial, despejando cualquier tipo de duda al respecto, si es que todavía la había, de lo que yacía bajo el suelo. A partir de este momento, y hasta el largo parón producido por la guerra civil, las excavaciones se fueron produciendo con regularidad. Los trabajos comenzaron por los puntos donde las ruinas eran más evidentes, lo que se entendía como el eje central del conjunto califal. Desde este momento, y hasta la muerte del arquitecto responsable de la excavación en 1923, se hicieron unas catas consistentes en zanjas paralelas de norte a sur para delimitar el perímetro de la madīnat, un ambicioso objetivo que no se alcanzó. A partir de 1944, tras el fin del conflicto bélico, se vuelven a reanudar las campañas arqueológicas tras unos años de parón, destacando las realizadas por el arquitecto Félix Hernández que excavó la parte central del Alcázar con una superficie de unas 10,5 hectáreas, definiendo las líneas básicas del urbanismo del palacio y acometiendo, también, importantes restauraciones como las realizadas en el Salón Rico o de ´Abd al-Raḥmān III al-Nāsir. En 1985, tras la creación de las autonomías unos años antes, la gestión del recinto pasa a manos de la Junta de Andalucía, organismo que a partir de este momento se encargaría de la tarea de proseguir con los trabajos de excavación y recuperación. Actualmente se ha excavado solo un 10% del total de la superficie intramuros de la madīnat, correspondiendo al núcleo central del Alcázar, aunque los últimos trabajos de excavación realizados en el yacimiento durante los últimos años se están centrando por primera vez en áreas no correspondientes al complejo palaciego. Concretamente, las nuevas campañas arqueológicas que arrancaron a partir del mes de abril de 2007 se han ido sucediendo con nuevos hallazgos que han hecho replantearse las dimensiones del conjunto, centrándose especialmente sobre el sector sur de las murallas de la madīnat, un punto donde están apareciendo los hallazgos más importantes de las últimas décadas. Así, campaña tras campaña, la nueva morfología y concepción que se tenía sobre la madīnat va cambiando poco a poco. En noviembre de 2007 apareció un hallazgo excepcional, una mezquita situada a más de un kilómetro de la zona noble de la madīnat, mas tarde se localizó una impresionante calzada islámica, única en su género en la Península, así como las plantas de lo que se intuyen como barriadas de viviendas destinadas a la clase popular, junto a las que se encontraron innumerables fragmentos de restos cerámicos de uso cotidiano. También se está tratando averiguar, con la mayor rigurosidad posible, la verdadera extensión de la madīnat, una extensión que se intuye pero que los especialistas quieren cerrar, mediante estas investigaciones, de manera definitiva.

lunes, 26 de noviembre de 2012

EL QUEMADERO

Más o menos donde hoy está la estatua del Cid Campeador, vulgo “el caballo”, (cuyo modelo original no muchos saben que está justo en la puerta de la Hispanic Society de Nueva York, a orillas del río Hudson) estatua de bronce realizada por la escultora norteamericana Anna Huntington, que lo regaló a la ciudad de Sevilla, en el año 1929 con motivo de la Exposición Iberoamericana, estuvo situado el quemadero de la ciudad, donde el tribunal del Santo Oficio- La Inquisición;

El Papa Sixto IV establece la Inquisición, a través de la bula exigit sincerae devotionis, dada en Roma el 01/11/1478. La Inquisición comenzó a actuar en Sevilla, con su primer auto de fé, que se celebró el 6 de febrero de 1481, entre 1481-1489 fueron quemados 10.220 judíos. Los hijos y nietos de los condenados (por la Santa Inquisición) no podían desempeñar o poseer oficios públicos, ni puestos, ni honores, ni ser ascendidos a las órdenes sagradas, ni ser jueces, alcaldes, condestables, magistrados, jurados, escribanos públicos, médicos, cirujanos, tenderos, corredores, cargadores, fieles, recaudadores, alcabaleros o poseedores de cualquier otro oficio público parecido. El 15 de Julio de 1834 se publicó un decreto por el que se suprimía la Inquisición definitivamente en España.

El quemadero fue encomendado al cuidado de los frailes dominicos, que ejecutaban a los condenados a la hoguera. Era una especie de mesa cuadrada de mampostería sobre cuatro pilares que empotrados en postes de ladrillo sobresalían en los ángulos. En las esquinas había cuatro estatuas de barro de los profetas. Dejó de utilizarse en 1781 y los franceses lo destruyeron al poco de tomar sevilla.

Otras formulas de ejecución de la Santa Inquisición fueron:

Por ahorcamiento, que se realizaba en los campos de Tablada.

Por desmembramiento, usualmente con caballos; atando cada extremidad a un animal y azuzándolos hasta que se les desprenden los miembros a la víctima. Esto se realizaba en la plaza san Francisco

Otros tormentos que se aplicaban en el castillo de san Jorge, (hoy mercado de Triana):

El tormento de la garrucha, o la polea, se ataban grandes pesas a los pies de la víctima. Se le ligaban los brazos por detrás en la espalda y se le sujetaban a una cuerda que pasaba por una polea atada al techo de la cámara de tortura. Entonces se le levantaba lentamente en el aire y después se le dejaba caer bruscamente a un par de pies del suelo. Normalmente esto ocasionaba dislocación de las articulaciones y tendones.

La tortura de la torca, o tortura del agua, se atascaba un trapo en la garganta de la víctima. Entonces se echaban grandes cantidades de agua en la boca y, por medio del trapo, estaba obligada a deglutirla toda.

La tortura del potro, se amarraba la víctima a un armazón de madera, con una cuerda gruesa que después se apretaba vuelta tras vuelta.

El sambenito, era una prenda larga, de color amarillo, con una o dos cruces diagonales impresas en ella. Los arrepentidos estaban condenados a llevarlo como señal de infamia durante un periodo que podía ir de unos cuantos meses a toda la vida. Quien llevara un sambenito estaba expuesto al insulto y al ridículo y si era exiliado de su localidad, tenía que hacer frente al robo y al asesinato en la carretera y a una nueva persecución dondequiera que fuese.



viernes, 23 de noviembre de 2012

LOS PLOMOS DEL SACROMONTE. UNA ESTRATEGIA PARA LA SUPERVIVENCIA

“De aquella nación, más desdicha que prudente, sobre

quien ha llovido estos días un mar de desgracias, nací yo de

moriscos engendrada”

 
Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, cap. 63

1.- Introducción

A finales del siglo XVI sucedieron en Granada una serie de acontecimientos, que fueron catalogados de extraordinarios, y que la conmocionaron profundamente. Hoy en día aun son visibles algunas de sus consecuencias. De hecho cada primero de febrero, Granada celebra la festividad de San Cecilio, su Santo Patrón, con una fiesta religiosa, en las que entre otras actividades se veneran las reliquias del santo, acompañada de una de las más populares romerías de Andalucía. El origen de estas tradiciones tuvieron su origen en el período más crítico del reinado de Felipe II; guerra de las Alpujarra (1568-71), la derrota de la “Armada Invencible” (agosto 1588), la cada vez más problemática guerra con los protestantes del norte de Europa, la presencia amenazante de los turcos en el Mediterráneo, las crisis económicas en las que España estuvo al borde de la bancarrota, circunstancias todas ellas que venían a descubrir que el Imperio Español empezaba a tener los días contados como potencia Europea.

Pero en el interior las cosas no le iban mejor; al problema judío ya resuelto al comienzo de siglo, les siguió el problema de los moriscos, que en mayor cantidad que los anteriores, constituían una fuerza productiva importante, sobre todo en Aragón y el Levante, aunque no exenta de problemas. La confrontación entre el Estado y los grupos de moriscos disidentes que no aceptaban la religión y la cultura imperantes de la época, lo que llevó a la confrontación armada en las Guerras de las Alpujarra, provocó un rechazo colectivo reflejado por medio de un discurso hegemónico separatista. Este discurso deslegitimador del morisco provenía de una histórica confrontación religiosa, económica, política, social y cultural entre el Islam y el cristianismos, aversión que aumentaría considerablemente con la expansión del imperio Otomano, y la sospecha de colaboración de los moriscos con ellos.

En los últimos años del siglo XVI, y bajo esta atmosfera irrespirable, tuvieron lugar en Granada unos sorprendentes hallazgos. Se fueron descubriendo de forma “fortuita”, y a lo largo de siete años, unos objetos que decían ser reliquias de varones apostólicos y unos textos escritos sobre planchas de plomo que se identificaban como revelados por la Virgen y Santiago a dos de sus discípulos y en los cuales se daban noticias de la llegada a Granada del Apóstol Santiago y de San Cecilio, entre otros santos, y de su posterior martirio en tiempos de Nerón. Estos textos exponían complejas doctrinas a modo de síntesis entre el cristianismo y el Islam.

En aquellos tiempos la ciudad de Granada, que estaba habitada por dos grupos sociales altamente diferenciados desde el punto de vista religioso: los cristianos, viejos y nuevos, y los moriscos que vivían momentos difíciles de enfrentamientos entre ellos, se sintió conmovida desde sus cimientos. El impacto de estas invenciones sobrepasó las fronteras nacionales, tomando parte en las disputas sobre su autenticidad destacados intelectuales y eclesiásticos y todavía hoy, a pesar de conocerse la falsedad del asunto, son innumerables las investigaciones, congresos y publicaciones, que siguen ocupándose del asunto

En líneas generales y en base a textos contemporáneos a los descubrimientos, se puede asegurar que la trama fue obra de unos moriscos cultos en un momento crítico en la ciudad de Granada; y que estos hallazgos, incluidas las supuestas reliquias de los santos, fueron sembrados por unos hombres al borde de la desesperación, en el lugar llamado “Valparaíso”, conocido desde aquellos descubrimientos como “Sacro Monte”. En términos generales puede decirse que los moriscos que estaban detrás de esta falsificación histórica, encarnaban el último esfuerzo, casi patético, de integrarse en la sociedad creada por los Reyes Católicos tras el fin de la “Conquista”, y que los textos que aparecen en los también conocidos cono “Libros Plúmbeos del Sacro Monte” son el último testimonio escrito en lengua árabe de la civilización āndalusī, ya en penosa fase final: la morisca.

Hacia poco tiempo que había finalizado la Guerra de las Alpujarra y la población morisca estaba siendo trasladada al norte de África y a otros lugares de la Península. Con los textos, que aparecían escritos en los también conocidos como “Libros Plúmbeos”, los autores de la farsa histórica, intentaban unir cristianismo e Islam, manteniendo la lengua árabe como su principal seña de identidad. Pretendieron generar la opinión de que hablar árabe no significaba ser musulmán, puesto que había árabes cristianos, que como san Cecilio, acompañando a Santiago, habían venido a la Península mucho antes de la invasión islámica.

Finalmente, y a pesar de que los hallazgos, incluidas las reliquias, habían sido calificados como auténticos por una Junta Eclesiástica en Granada en1600, el papa Inocencio XI tras casi un siglo de discusiones teológicas, declaraba en una Bula de 1682 que “todo” lo contenido en los textos hallados en Granada son ficciones humanas, fabricadas para la ruina de la fe católica y los condenaba no sólo por ser contrarios a la Sagrada Escritura, sino también por los resabios coránicos que contenían. Curiosamente en la misma bula se hace expresa mención de las reliquias halladas y aprueba su veneración y se las acepta como verdaderas, a pesar de que su autenticidad viene avalada por unos textos, los “Libros Plúmbeos” que fueron calificados de falsos.

2.- Antecedentes históricos.

El 31 de marzo de 1492 la Reina Isabel de Castilla, firma un decreto por el que se expulsa a los judíos del reino, tras lo cual serían sólo dos las creencias que coexistirían en España, la cristiana y la musulmana. El número de miembros de esta última religión, parece que no llegó a rebasar el seis por ciento del total de la población, con un valor absoluto de unos 300.000 individuos, cantidad que paulatinamente iría decreciendo a lo largo del siglo XVI. Esta población de mudéjares estaba repartida principalmente por Aragón, Valencia y Granada.

Unos meses antes de la expulsión de los judíos, el 25 de noviembre de 1491, se firma las llamadas “Capitulaciones de Granada”, un acuerdo pactado entre los Reyes Católicos y Boabdil, el último rey nazarí, para la entrega del Reino āndalusī de Granada. Las condiciones de rendición fueron tan generosas para los vencidos, que hoy se podría interpretarlas, visto el cariz tan contrario que con el tiempo tomarían estas relaciones, como una clara muestra del deseo de Isabel y Fernando de terminar una guerra como fuere, más que la intención de llevar a la práctica el espíritu de tolerancia que habían reflejado en las Capitulaciones.

En cualquier caso, el compromiso de las autoridades españolas, tal como se recoge en el acuerdo de rendición, propiciaba la formación de una sociedad dual en la que debían de coexistir dos comunidades con modos de vida y creencias religiosas diferentes. El generoso talante de aquel momento con respecto a la población mudéjar se expresaba a través de una cierta libertad de: movimiento, comercio, autogestión, además de una actitud respetuosa por parte de los cristianos viejos al uso del derecho islámico por la población musulmana, con la única contrapartida por parte de la población musulmana, de guardar fidelidad a los Reyes Católicos, y en el entendimiento de los castellanos que la población mudéjar finalmente acabaría, por propio convencimiento, aceptando la religión, la lengua y las costumbres de los cristianos viejos, con lo que la castellanización se lograría, finalmente, en todos los territorios de la Corona, actitud que se podría resumir en la voluntad decidida por parte de los cristianos de eliminar “lo moro de los moriscos”

La situación de coexistencia pacífica, sufre un punto de inflexión con la llegada a Granada en 1499 de Francisco Jiménez de Cisneros, el que más tarde será conocido como el Cardenal Cisneros. Aunque el acuerdo tácito era que la población musulmana se iría convirtiendo al cristianismo, parece que por aquella época las conversiones aun eran escasas. Esto no debió gustar al Cardenal Cisneros, lo que le llevo a poner en práctica actuaciones de gran intransigencia contra los mudéjares, y cuyo acto más simbólico fue la celebre confiscación y quema pública de libros islámicos (se habla de un millón de libros), lo cual iba a convertirse en una de las principales causas de la primera insurrección armada de los hispanomusulmanes de las Alpujarra.

Obtenida la victoria sobre los mudéjares (el sultán turco Bayaceto II desoyó la petición de ayuda) los monarcas creyeron llegado el momento de poner fin al conato de sociedad dual, originada a partir de las Capitulaciones. Era la constatación del triunfo de la intolerancia, gestándose desde el poder un verdadero programa para erradicar de las tierras granadinas el Islam, en sus más variados aspectos. Para ello el 11 de febrero de 1502, tan sólo diez años después de la rendición de Granada, se hace público un edicto por el cual los mudéjares o tenían que aceptar de forma forzosa el cristianismo o serían expulsados del territorio peninsular. Los mudéjares bautizados pasaron, desde entonces, a ser conocidos como moriscos.

Tras el edicto de conversión forzosa las relaciones entre moriscos y cristianos, en toda la Península se hacen cada vez más complicadas. En este proceso de deterioro continuo, hasta llegar a la solución final, se suelen identificar hasta cuatro etapas.

La primera, de 1500 a 1525, abarcaría, como hemos apuntado la conversión forzada de los mudéjares y la primera rebelión en las Alpujarra, y las posteriores revueltas que se extienden por el resto de la Península, claramente motivada por la política intransigente hacia las costumbres arábigas del Cardenal Cisneros. Aplastada la primera revuelta de las Alpujarra en 1502 se publica una pragmática que ordenaba la expulsión de todos los hispano-musulmanes no convertidos. La población arábiga de Granada se transformó automáticamente en “cristiana”. Posteriormente las revueltas se extienden al resto de la Península, aunque estás con un carácter más político y económico, aunque finalmente todas ellas quedaron sofocadas en 1525.

La segunda fase de 1525 a 1555, ya asentado el Emperador Carlos en sus reinos peninsulares, se caracteriza por una situación de cierta tolerancia, que venía a recordar tiempos pasados de coexistencia pacífica entre hispanos de distintas religiones. Aunque se distan pragmáticas que prohíben los usos y formas de vida islámica de los moriscos, nunca fueron llevadas plenamente a la práctica.

Con la subida al trono de Felipe II en 1556, comienza la tercera fase 1556-1570, y con ella se inicia un cambio en la situación internacional. En la década de los cincuenta, los turcos y los berberiscos amenazan al Mediterráneo occidental y se empieza a pensar en el morisco como una quinta columna que amenaza a la Monarquía Española. Además nuevas presiones religiosas derivadas de la finalización del Concilio de Trento (1545-1563) iban encaminadas a la explosión final. En este ambiente más hostil hacia el morisco, se dictan nuevas pragmáticas que prohíben el uso de ropa y de la lengua árabe. Además, en Granada, se hunde la industria de la seda, su principal fuente de producción, y con ello el principal condicionante para que se produzca una nueva revuelta, ésta aun más sangrienta que la anterior, conocida como la “Guerra de Granada” (1568-1571). Los historiadores consideran que este conflicto ha sido uno de los más crueles de la Historia de España, pues además de tratarse de una guerra entre españoles, ésta estuvo llena de fanatismo religioso por ambos bandos. Fue una lucha entre dos culturas; la cristiana, que deseaba imponer su sistema de vida en toda la extensión de la expresión y la hispano-musulmana que se defendió desesperadamente ante el peligro de su inminente extinción.

Un año antes de su derrota, se expulsó a los moriscos de las tierras bajas con el fin de cortar el suministro a los sublevados de las montañas. Así, en 1569 se había ordenado deportar a los habitantes de la vega de Guadix y Baza junto con los vecinos del Albaicín granadino. Finalmente fueron unos 3500 los conversos granadinos que se instalaron en Castilla.

La cuarta fase se sitúa entre los años 1571 y 1610. En estos años existió un movimiento en Europa, coincidiendo con las guerras de religión en Francia (1562-1598) de unión entre protestantes y árabes hostiles a la Corona Española, lo que venía a complicar aún más la incomprensión entre cristianos y moriscos. La represión se recrudece y una Junta reunida en Lisboa propone expulsarlos de La Península, acuerdo que se presenta al Consejo de Estado el 19 de septiembre de 1582.

Aunque la propuesta aún no se haría realidad, la expulsión no llegaría hasta 1609, el sólo hecho de formularla fue un aviso que envenenaría aún más las relaciones entre cristianos y moriscos. No es una casualidad que el mismo día, el 9 de abril de 1609, en que Felipe III firma el decreto de expulsión, se firmara la tregua con los protestantes holandeses tras la guerra de los doce años. Con este gesto el rey le estaba transmitiendo al mundo que:

Hemos pactados con los herejes protestantes, pero somos capaces de expulsar a unos 300.000 españoles, el 5% de la población española de aquel tiempo y hacer desaparecer de la faz de la tierra a toda una comunidad cristiana a todos los efectos teológicos y legales, pero que sus costumbres no les permitía la convivencia con el resto de la población hispana. Aquella cantidad de población expulsada es como si hoy se le negara la residencia a unos dos millones de personas, que aún sintiéndose españoles, su religión no le permitía compartir el futuro con el resto de la población.

Será en contra de esta atmósfera de opresión y bajo la amenaza de un destino sombrío, cuando algunos moriscos de Granada se revelan otra vez contra aquella situación, pero escaldados por el trágico desenlace que tuvo para ellos la guerra de las Alpujarra, ahora atacan con la persuasión como única arma, y optaran por un modo más sutil de ejercer sus derechos invocando, a través de las ideas contenidas en los Libros Plúmbeos, suscitar el espíritu de coexistencia pacífica que un día reinó en Toledo.

3.- Los hechos

Será en este agobiante ambiente de la Granada de finales del siglo XVI, cuando se produjo un hallazgo que suscitaría mucho interés y polémica, no solo en Granada; el rey Felipe II, y el Vaticano fueron observadores interesados, y que pudo sobrevivir más de un siglo, gracias a una curiosa combinación de voluntades interesadas en su supervivencia, y que aún hoy sigue consumiendo mucha tinta y papel.

En el año 1588, a pocos pasos de la los restos mortales de los Reyes Católicos, unos obreros, posiblemente moriscos, tal como se observa en el grabado de la época de F. Heyan, estaban trabajando en el derribo del antiguo alminar de la Mezquita Mayor de Granada, llamada Torre Vieja o Torre Turpiana, que obstaculizaba la construcción de la Catedral de Granada. El 18 de marzo, día del Arcángel San Gabriel, el ángel más importante en el Islam, los peones que trabajan en el derribo “descubrieron” entre los escombros una pequeña caja de plomo que no lograron abrir hasta el día siguiente, San José.

Sin entrar aún en detalles sobre el contenido de la caja, es ya patente, la buena planificación del asunto. En primer lugar haber escogido ese particular año de 1588, cuya significación astrológica seguramente era conocida por los moriscos. El astrónomo Regio Montano (1436–1476), había predicho 120 años antes, el fin del mundo. Según sus predicciones el cielo de Europa se vería cubierto, en ese año, de espadas y otros portentos, lo surcarían peces recamados de cruces y se verían hasta cinco soles diarios. No deja, asimismo, de ser significativo que se escogiera el día de San Gabriel, el santo más venerado del Islam; la tradición islámica, lo coloca en un puesto privilegiado, ya que fue el medio a través del cual Dios designó a Mahoma como su profeta para que revelase el Corán, además de acompañar a Mahoma en su ascensión a los Cielos. Por tanto no es de extrañar que tratándose de un asunto directamente conectado con el Islam, fueran peones moriscos, los que realizaran el sorprendente descubrimiento.

En cuanto al contenido de la arqueta, de cuyo interior se desprendía una extraordinaria fragancia, lo que fue interpretado como signo de santidad, se encontraron varios objetos al cual más sorprendente: Un supuesto paño que perteneció a la toca de la Virgen María, y con el que se enjugó las lágrimas el día de la crucifixión de Jesús y que su sólo tacto sería generador de milagros, un hueso del protomártir San Esteban, arenas entre negruzcas y azules, así como una tablilla con la imagen de la Virgen en traje de “egipciana”, lo cual podía significar un reconocimiento tácito al pueblo gitano, de frecuente trato con los moriscos.

Pero quizá el objeto más curioso que contenía la caja era un pergamino, que contenía un escrito de la propia mano de San Cecilio, futuro Patrón de la ciudad de Granada, el cual una vez descifrado en las tres lenguas en que estaba escrito, árabe, latín y castellano, resultó ser de lo más inverosímil.

El pergamino contiene dos textos escritos por la “propia” mano de San Cecilio. En el primero se recoge una profecía del Evangelista San Juan, milagrosamente redactada en castellano, sobre el fin de los tiempos. Otra parte del texto, además de anunciar la venida de Mahoma en el siglo VII, adelantaba la llegada de Lutero, en forma de dragón, en el siglo XVI, quien dividiría a la cristiandad en sectas. Estas profecías, según se indica en otra parte de pergamino, fue recogida por San Cecilio, quién lo habría recibido, junto con los otros objetos, de la mano de San Dionisio Aeropagita, a su paso por Atenas en el siglo I y que el presbítero Patricio recibió (Hagerty pag. 327) a su vez de San Cecilio, que viendo que su muerte estaba cercana, se la entregó en Granada para que allí la ocultara y mantuviera lejos de las manos de los moros. Todo ello rubricado con la firma de San Cecilio, Ibn al-Radi al-Arabí, en árabe naturalmente.

Lo que más debió de impresionar a los granadinos y causar viva emoción, sería que por primera vez se tuviera noticias directas y concretas de su patrón San Cecilio. Como más tarde se descubrirá en uno de los plomos encontrados, sus autores, San Cecilio y San Tesifón, entre otros mártires, yacían por las inmediaciones del lugar conocido como Valparaíso, luego llamado Sacro Monte, por lo menos lo que de ellos quedó al ser quemado vivo bajo el pérfido Nerón. La lámina de plomo en donde esto se indica, fija la fecha del martirio de San Cecilio el día 1 de febrero, siendo esta las fecha en que hasta hoy los granadinos celebran su festividad. “EN EL AÑO SEGUNDO DEL IMPERIO DE NERÓN, PRIMERO DÍA DE FEBRERO, PADECIERON MARTIRIO EN ESTE LUGAR ILIPULITANO S. CECILIO, DISCÍPULO DE SANTIAGO, VARÓN DOTADO EN LETRAS, LENGUAS Y SANTIDAD. COMENTÓ LAS PROPHECÍAS DE S. JUAN APÓSTOL: LAS CUALES ESTÁN PUESTAS CON OTRAS RELIQUIAS EN LA PARTE ALTA DE LA TORRE INHABITABLE TURPIANA, COMO ME LO DIJERON SUS DISCÍPULOS QUE PADECIERON MARTIRIO CON EL S. SELENTRIO Y PATRICIO, LOS POLVOS ESTÁN EN LAS CAVERNAS DE ESTE SAGRADO MONTE EN MEMORIA DE LOS CUALES SE VENERE.”

En Granada, los descubrimientos fueron acompañados, según cuentan las crónicas, de resplandores, luces y apariciones; los milagros se multiplicaron; toda clase de enfermedades se remediaban invocando a los mártires, con San Cecilio a la cabeza. Los actos de fe se hicieron constantes; procesiones, colocación de cruces en el camino al Sacro Monte, concentraciones, etc.

Siete años después del primer hallazgo en 1588 en la torre Turpiana, fueron apareciendo hasta veintidós nuevos descubrimientos en el paraje conocido como Valparaíso, enfrente del Generalife. El primer hallazgo fue “descubierto” cuando unos buscadores de tesoros, ocupación algo habitual entonces, y guiados por un libro de “recetas” encontraron, el 21 de febrero de 1595, en una cueva de Valparaíso el primer “Libro Plúmbeo”. Este primer hallazgo, consistió en unas láminas de plomo, escrito en una mezcla, de castellano y latín, y que hacia referencia al martirio de San Mesitón, ocurrido bajo el poder de Nerón. Se intensificaron las labores de búsqueda y fueron apareciendo otras láminas referentes a otros mártires. El 30 de abril aparecería la última de las conocidas como láminas latinas (Hagerty pag 34). Esta lámina aparentaba ser una plancha sepulcral de nada menos que de San Cecilio. En ella se refiere que el primer obispo de Íliberi sufrió martirio en aquel sitio. Además, se decía que un escrito a un comentario al Evangelio de San Juan, estaba escondido con otras reliquias en la parte alta e inhabitable de la Torre Turpiana, haciendo clara referencia al primer hallazgo allí encontrado. Junto a estas láminas se hallaban, huesos y cenizas de San Cecilio, inmediatamente elevadas a la categoría, hasta hoy, de “reliquias veneradas”.

Entre abril de 1595 y 1599, aparecieron un total de 22 conjuntos de láminas de plomo, que luego vinieron a denominarse impropiamente “Libros Plúmbeos”, pues ni la forma y tamaño de las láminas, ni la disposición son muy semejantes a un libro convencional. De hecho los objetos que se iban encontrando consistían en pequeñas láminas redondas u ovoides, muy delgadas, y de plomo, a las que a veces mantenían ensartadas un hilo del mismo metal. Dieciocho de las veintidós láminas aparecen como redactadas por San Tesifón, otro de los discípulos del Apóstol Santiago. Están escritas por ambas caras con fino buril, y los misteriosos caracteres arábigos en que están escritas son del tipo que los moriscos llamaban salomónicos, que sólo se diferencia del arábigo en leves modificaciones y en la pronunciada angulosidad de los trazos, buscando una apariencia antigua, ya que se indica que su fabricación databa del siglo I.

4.- Su contenido ideológico.

El contenido de los libros Plúmbeos” tiene un tema común: proporcionar noticias y doctrinas del cristianismo por boca de importantísimos personajes de los primeros tiempos evangélicos, en especial la Virgen María y el apóstol Santiago, dentro de un tono ambiguo en torno a los dogmas fundamentales de la fe. El contenido de los Libros Plúmbeos es variado, pero a grandes rasgos se puede decir que se concentran en contenidos de Historia Eclesiástica y de Dogma. Los supuestos autores de estos escritos apócrifos fueron San Cecilio y San Tesifón, sobre los que se sabía muy poco de manera precisa en la Granada de aquel tiempo. Posiblemente por esta razón los eligieron los falsificadores y por lo mismo lo hicieron aparecer como árabes. Así se explicaría la lengua árabe en la que están escritos, y de paso, mejoraría la consideración pública de los moriscos. Como se ha demostrado, la finalidad de los Libros Plúmbeos era la de salvaguardar la supervivencia de la minoría morisca de Granada y, por extensión de España, mediante una especie de campaña propagandística, destinada a dignificar la cultura y la lengua árabe en la Sociedad de los Austria, cada vez más intolerante con todo lo que no se ajustaba a su estrecha visión de la realidad. Los moriscos y sus cómplices, creían que si la opinión de la sociedad granadina hacia sus raíces mejorara, no se llevaría a cabo la expulsión que ya planeaba sobre sus cabezas.

No cabe duda, que en primera instancia, todo este extraño juego de doctrinas, bien aderezado al estilo oriental, profético y legendario, abría “horizontes de esperanza” para el pueblo morisco, herido de muerte por las sucesivas pragmáticas represivas de Felipe II o el desastre de las Alpujarra; y al tiempo que brindaba este consuelo, tranquilizaba las conciencias de los moriscos, formalmente convertidos al cristianismo.

Aunque no se discute que la intención primera fuera la de intentar salvaguardar la vida y hacienda de los moriscos granadinos, hoy en día los estudios académicos que se realizan sobre este asunto apuntan a la idea, de que lejos de tratarse únicamente de una fabulación netamente morisca, debieron de intervenir en su gestación personajes ajenos a aquel mundo y más cercano a la elite de cristianos viejos dominantes. Esta teoría parece sustentarse en la fuerte conexión que la ideología contenida en los libros plúmbeos tiene con ciertas tradiciones medievales cristianas, con la teología católica o con la problemática político-religiosa de la España de aquel tiempo.

De modo paradójico, se establece, desde el primer descubrimiento, un extraño maridaje entre el interés de los moriscos por sobrevivir y los intereses más queridos por algunos de los representantes de la Iglesia: La demostración de la estancia de Santiago en España (Hagerty pag. 135), la defensa del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (Hagerty pag. 93), puesta en duda en aquel tiempo por parte de la propia iglesia, además de la importancia de España y de Granada en el desarrollo y expansión del primer cristianismo, así como la llegada y martirio de San Cecilio en Granada y el hallazgo de sus reliquias.

En cuanto a la ciudad de Granada, el gran beneficio de aquellos hallazgos era, sin duda, hacerla resaltar como ciudad santa y antigua frente a las ciudades de España. En aquel tiempo la curia hispana mantenía discusiones sobre la preponderancia de ciudades como Santiago de Compostela, Toledo y Granada. La enorme impresión que provocó el primer hallazgo, no sólo a España sino también al mundo islámico y a la cristiandad, animaría a sus autores a dar a su proyecto un cariz más ambicioso, urdiendo la continuidad de la trama con la fabricación de los “plomos”.

El contenido más controvertido, y el que finalmente le llevaría a su posterior condenación, sería la extraña naturaleza de ese cristianismo que proclamaban, conducía a imbuirle de unas evidentes identidades islámicas, presentadas de forma ambigua para que pudiera ser aceptable por el cristianismo

El hilo conductor de este novelesco asunto, hoy se afirma, era la unión de las dos principales tradiciones religiosas, desaparecido ya prácticamente el judaísmo, aun presentes en la Península Ibérica; la máxima pretensión a escala universal, sería conseguir un Islam cristianizado y un cristianismo islamizado.

Hoy en día los historiadores mantienen, que el conjunto de los libros de plomo pretendían una amalgama de cristianismo e islamismo, mediante la cual se suministraría un credo común para ambas religiones. Se admitía la supremacía e infalibilidad pontificia, la doctrina de la Inmaculada Concepción, en aquel momento puesta en cuestión por una parte de la Iglesia. Sobre un fondo monoteísta de corte islámico aparecía Cristo, no como hijo de Díos, sino como “espíritu o manifestación de Dios”. Sobre la monogamia y el culto a las imágenes se guarda un significativo silencio, ya que a este punto controvertido, era difícil encontrarle una solución que satisficiese por igual a musulmanes y a cristianos. Tampoco se habla nada del vino de la consagración, y sí mucho de abluciones con agua.

Junto a este aspecto de proponer amalgamar religiones tan dispares como el Islam y el Cristianismo, habría que añadir el hecho, de que se presenten a los árabes como nuevo pueblo elegido (Hagerty pag. 130), e incluso como los primeros evangelizadores de la Hispania pagana. De hecho se aseguraba que la raza y la cultura de San Cecilio eran Árabes, y que sería la raza morisca la que haría posible, en un futuro Concilio Ecuménico a celebrar en Chipre, y presidido por el papa, la conversión de todo el mundo a este cristianismo reformado.

El plomo donde más claramente se recogen estas ideas de convivencia entre ambas religiones a la vez que se exalta al pueblo árabe y su civilización es el que se titula como “Historia de la certidumbre del Santo Evangelio”. Se trata de un evangelio transmitido por la mismísima Virgen María a Santiago. Congregados los Apóstoles en la casa de la Virgen, después de la venida del Espíritu Santo, les dice, que por orden de Dios trasmitida a través del Arcángel San Gabriel, les muestre la certidumbre del evangelio glorioso, tal como el mismo Dios hizo descender sobre ella, después de haber mantenido un coloquio espiritual con Él. Posteriormente, y en la misma lámina es el apóstol Santiago el que da cuenta de su viaje, desde oriente a occidente y como este viaje lo realiza con sus discípulos árabes (¿dónde dejamos al Santiago matamoros?) y la posterior llegada a Hispania, primero a su parte oriental, a Granada, para posteriormente dirigirse al occidente, a Santiago de Compostela.

5.- La polémica.

Podremos imaginar la conmoción que debieron suscitar estos misteriosos y milagrosos “tesoros” entre el pueblo granadino y las jerarquías civiles y eclesiásticas, en el marco de un ambiente en el que las cuestiones religiosas apasionaban a todos los estamentos sociales, para los cuales la religión, mezclada a todo, era el gran asunto de sus vidas. No es de extrañar, por tanto, el éxito inicial que tuvo el hallazgo de la Torre Turpiana y el resto de los posteriores descubrimientos. Granada, tras las noticias que los hallazgos aportaban sobre San Cecilio, ya no tendría que solicitar reliquias a Roma para así potenciar a la diócesis. Y algo más: por los “Plomos” Granada pasaba a ser, de la mañana a la noche, la cuna de la cristiandad española y la ciudad elegida por Santiago como punto de inicio de su periplo evangelizador por la Hispania pagana, que más se podía pedir.

Será bajo este estado de intensa e interesada espiritualidad cuando surge en Granada un clamor en defensa de la autenticidad de los hallazgos. A la cabeza de los defensores nada más y nada menos que el propio Arzobispo de Granada, don Pedro de Vaca y Castro (+ 1623), no en vano en la “Historia de la certidumbre del santo Evangelio” decía la Virgen que los “plomos se descubrirían por mano de un santo sacerdote”. Este prelado con el tiempo se convertiría en el más tenaz defensor de los hallazgos del monte de Valparaíso. Resulta así, que se dio una curiosísima combinación de voluntades. De un lado, la de algunos moriscos, personas humilladas, de vida marginada y mentalidad fantástica y orientalizante; y de otro, la de un castellano viejo, cristiano viejo católico a marchamartillo, ansioso de gloria y de luchas teológicas. Se ha escrito, que el Arzobispo no sólo aprendió árabe, para mejor entender los textos hallados, sino que también fue contrario a la expulsión de los moriscos, bién por la doctrina hallada en los “libros” o por interés político-social.

Frente a este grupo de defensores de los hallazgos sacromontinos, se situó otro grupo, éste negando de forma contundente la autenticidad de los descubrimientos, textos y objetos, tachados de farsa. A la cabeza de este grupo se situó el gran erudito, Benito Arias Montano (1527-1598), que en carta enviada a Pedro Castro, le demuestra con contundentes y múltiples razones la falsedad de los “Plomos”.

En primer lugar Arias Montano, a la sazón secretario de Felipe II, demostró que pergamino no era antiguo, sino que había sido maltratado para darle la apariencia de tal, la letra utilizada es moderna y escrita de forma que pareciera habitual en el siglo I, además la supuesta firma de San Cecilio, en árabe, está realizada con otra pluma y distinta tinta. Finalmente, y no sin cierta ironía, el reconocido humanista comenta la extrañeza de que San Cecilio, en el siglo I, escribiera en el castellano que se usaba en el siglo XVI en España.

Pedro de Castro, a pesar de la contundencia de aquellas razones y quizá también por la retirada a Sevilla de Arias Montano y su negativa a seguir con este juego para él imposible, siguió manteniendo su posición sobre la autenticidad de los hallazgos, y recopilando opiniones de otros sabios y menos sabios a favor de la santidad de lo hallado. Mucho debió tener que ver en la euforia a favor de los “Plomos”, la carta que el 4 de mayo de 1595, dos meses después del hallazgo del primer “Plomo”, le escribió Felipe II: “holgado mucho que en nuestro tiempo se haya hallado tan precioso TESORO, que por tal se puede tener, y por muy cierto según los argumentos y premisas que de ellos hay…y doy gracias a Dios que este TESORO se haya hallado en mi tiempo y en el de mi indisposición”. Parece evidente que, para el rey castellano, el tesoro descubierto era un signo del favor divino que le asiste; un tesoro que providencialmente confirma y alienta sus designios católicos.

Para apreciar el celo que el Arzobispo Pedro de Castro puso en la defensa de los “Plomos” sólo hay que observar que él a su costa comenzó en el año 1600, cuando la Iglesia proclamó la santidad de lo hallado, la construcción de lo que hoy es la Abadía del Sacro Monte. Cuando en el año 1610 se pararon las obras por traslado del arzobispo a Sevilla, se había gastado en la obra más de 600.000 ducados.

Es cierto que, pasado el estupor de los primeros momentos, comenzaron a oírse las voces de firmes opositores, pero sin fuerza por ahora. De hecho el Arzobispo Castro convocó sendas Juntas de teólogos en 1596 y 1597, declarándose por unanimidad la santidad de las reliquias, así como la autenticidad de la ortodoxia del contenido del primer pergamino y de los libros plúmbeos descubiertos.; esto a pesar del breve de papa Clemente VIII de 1596, en que prohibía cualquier afirmación o negación a cerca de los “Plomos”. Reanudada las deliberaciones, tras la muerte de Felipe II y una vez que finalizó la peste que se había cernido sobre Granada, la Junta de Teólogos, con la aprobación del nuevo rey, Felipe III, proclamó el 30 de abril de 1600, con toda solemnidad, como auténtico todo lo hallado y que el monte Valparaíso y las cuevas allí situadas debieran ser considerados en conjunto como lugar santo, conociéndose desde entonces con el nombre de Sacro Monte.

Frente al entusiasmo del prelado y de gran parte de la ciudad de Granada, se hallaba el Nuncio de la Santa Sede y los eruditos más respetados del momento. Los argumentos en contra de la autenticidad de lo hallado seguían siendo las que ya había planteado Arias montano: inverisimilitud lingüística, errores tipográficos, y como novedad el deslizamiento de ideas islámicas condenadas por la teología católica.

¿Que pensaba Roma entre tanto? Desde los primeros descubrimientos el Vaticano estuvo informado con la misma puntualidad con la que lo era la Corona Española. Aparentemente en Roma, se aplaudía y vitoreaba este gran descubrimiento, nunca Roma se posicionó sobre la autenticidad de los hallazgos manteniendo siempre una actitud bastante delicada, puesto que mientras el cuestionamiento se dirigía hacia la autenticidad de los “Plomos” y su contenido, las reliquias encontradas se mantuvieron fuera de la discusión.

Después de varios viajes a Madrid y vuelta a Granada y tras la insistencia de Roma, los “Plomos” llegaron al Vaticano en 1641, donde se han mantenido hasta su traslado a Granada en el año 2000. Allí de nuevo se tradujeron de los textos, mientras que las láminas fueron estudiadas por anticuarios y todo tipo de peritos plateros, latoneros, herreros, caldereros, plomeros y demás artífices de metales, coincidiendo todos en la falsedad histórica de las láminas de plomo.

Finalmente el 6 de marzo de 1682, casi un siglo después de su primer descubrimiento, el papa Inocencio XI firmaba el Breve, en el que se declaraba que todo lo contenido en el pergamino de la Torre Turpiana y en las láminas de plomo, eran ficciones humanas, fabricadas para ruina de la fe católica y lo condenaba no sólo por contener doctrinas opuestas a la letra de la Sagrada Escritura, sino también por los resabios coránicos e islámicos que son perceptibles en los textos. Curiosamente en la misma Bula papal se hace expresa mención de las reliquias halladas junto con los libros, cuyo único testimonio de autenticidad crítica le venía de los “plomos”, y aprueba su veneración y se las acepta como verdaderas.

A pesar de que se condenaran y se prohibieran, los “Libros Plúmbeos” han tenido, curiosamente, una gran trascendencia sobre la teología católica. Sin contar con la veneración que, desde entonces, y a pesar de la condena de su sustrato crítico, tienen en Granada las reliquias, la creencia en el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, defendida y proclamada claramente en los “Libros Plúmbeos”, cuando era muy cuestionada incluso desde dentro de la propia Iglesia Católica. Sin olvidar la importancia que los libros tuvieron en el fortalecimiento de creencias algo enfriadas en aquel tiempo, como era la llegada de Santiago y sus discípulos a Hispania y su enterramiento y feliz hallazgo en la Galicia del siglo IX, o el patronazgo que Granada concedió desde entonces a San Cecilio.

Como ya se ha comentado, la fabulación de los “Libros Plúmbeos” contiene en su base ideológica tal cantidad de coincidencias con las tradiciones medievales cristianas, con la teología católica y con la problemática político-social de la España del siglo XVI, que cabría pensar que tras este asunto debe haber aún, hoy en día, un montón de aspectos a dilucidar: autoría de las falsificaciones, es decir remitente reales del mensaje, a quiénes se dirigía y quienes y porqué defendieron con tanto ahínco su autenticidad, cuando eran unas falsificaciones bastante evidentes.