sábado, 21 de febrero de 2026

SALA DE LOS MOCÁRABES

 

Sala de al-Muqarbas/Mocábares Se llama así por la bóveda de mocárabes que la cubría. La de hoy es del s. XVII. Sala de forma rectangular (19,60 metros por 4). Las paredes ostentan fajas de yesería con labores e inscripciones religiosas y el escudo y lema de la dinastía nazarī. Tres arcos de mocárabes, ricamente decorados con racimos pendientes y apoyados en medias columnas con capiteles con letreros de elogio a Abū ´Abd Allāh Mwāmmad V dan paso a través de una arquería de mocárabes al Patio de la Alberca/Arrayanes.

Entrada y Sala de al-Muqarbas/mocárabes

El Palacio marca el momento cumbre de mocárabes en el arte nazarī, en cornisas, arcos, trompas, y sobre todo en el insuperable conjunto de bóvedas. La tridimensionalidad abstracto-geométrica del espacio alcanza su momento culminante en éste Palacio.

Presenta el Palacio al O una gran Sala rectangular, con proporción ancho-largo, 1:5, ésta Sala está próxima a la entrada SO en recodo y con arcos que cobijan asientos para la guardia; tiene sus tres arcos de entrada desde la galería con colgantes de mocárabes, la decoración floral especial de sus albanegas y la comunicación directa con el Patio de Comares. Todo lleva a pensar que ésta Sala tuvo en la vida palatina un uso para despachar asuntos con los miembros del gobierno y cortesanos, que entrarían desde el cercano zangüan SO, resolverían y volverían a sus oficinas.

La bóveda de mocárabes se arruinó al rajarla la explosión del Molino de San Pedro en 1591. Posteriormente se sustituyó por la bóveda barroca de cañizos que muestra hoy en sus dos terceras partes. Mediante los tres arcos de mocárabes, como cortinas colgantes, se pasa a la galería con fuentecillas de mármol circulares hundidas en el pavimento, sobresaliendo de su centro el pabellón cuadrado sobre arqueria tripartita con arcos de mocárabes por cada frente, y cubierto por armadura hemiesferica ataujerada con lazo de ocho.

Exteriormente el friso de madera del pabellón muestra paño de lazo āndalusī con los escudos imperiales; en origen es posible que ofreciera una solución análoga de doble alero y paño, de escayola intermedio, y que podrida se sustituyó por la actual solución āndalusī. Con posterioridad lo mismo ocurrió al templete E de Dār ´Āiša/Patio de los Leones, pero su actual cubierta tan empinada construida en 1933 es errónea, pues las tejas están sujetas con clavillos y a pesar de todo se caen cuando éstos ceden por la enorme pendiente.

Fustes cilíndricos muy delgados, anillos en la parte superior, capiteles cúbicos sobre los que corren inscripciones. Las planchas grises de plomo son amortiguadores para los terremotos. Los dos templetes que avanzan a los dos lados opuestos del Patio son como un recuerdo de la tienda de campaña de los beduinos árabes. De planta cuadrada, decorados con cúpulas de madera que se apoyan en pechinas de mocábares. El alero es obra del s. XIX. Toda la galería está techada con artesonado de lacería.

Rodean los cuatro ángulos del Patio esbeltas arcadas de labor afiligranada, apoyadas en sutiles columnas de mármol blanco, que se supone que estuvieron iluminadas con reflejos dorados. Caracteriza esta arquitectura, al igual que la de muchos lugares del interior de Qal´at al-Hamrā, una elegancia āndalusī, más que un sello de grandeza, y hablan a la imaginación y a la fantasía de la gracia y de la delicadeza en el gusto de los āndalusīes y de su disposición al placer indolente y al deleite perezoso. Cuando nos fijamos en las líneas de las grecas, calados y adornos, aparentemente frágiles, de los peristilos, resulta difícil creer que esa labor haya sobrevivido al desgaste de los siglos, a la concusión de los terremotos, a la violencia de las guerras y al callado, aunque no menos funesto, ratear del viajero, que no se conforma con la admiración de lo que ve, sino que quiere llevarse recuerdo tangible de lo que su memoria jamás podría olvidar. Basta todo ésto para vindicar la tradición popular de que Qal´at al-Hamrā está protegida por un ensalmo hechicero. La presencia de estanques, canales y fuentes, sirve para enfatizar los ejes de la composición arquitectónica, para relacionar ámbitos aparentemente inconexos, o para transformar la configuración espacial de diferentes dependencias. Pero además, el agua funciona como un espejo, capaz de reflejar y multiplicar los esquemas arquitectónicos y su decoración. La abundante provisión de agua, traída desde las montañas por los antiguos acueductos āndalusīes, circula por todo el palacio, abasteciendo sus Ḥammām y sus estanques y viveros de peces, desparramándose en surtidores dentro de los patios y de las galerías o murmurando en canales a lo largo de los pavimentos de mármol: cuando ya ha rendido su tributo al real edificio y visitado sus vergeles y sus huertos y jardines, fluye precipitadamente abajo por la larga avenida que conduce a la ciudad, formando susurrantes arroyuelos, derramándose en las fuentes y manteniendo perdurable vegetación en las enramadas que protegen el paso de los caminantes y que prestan encanto y hermosura a toda la eminencia donde se levanta majestuosa y sublime Qal´at al-Hamrā, unida a la luz, el agua incrementa el carácter dinámico de la decoración y origina composiciones místicas, incomparables, tanto que se puede llamar a al-Āndalus por este motivo «una cultura del agua».

Las esbeltas columnas y floridos capiteles de la arcada circundante en Dār ´Āiša/Patio de los Leones, las estalactitas archivoltas, los caracteres cúficos que constantemente proclaman la divisa de la Granada nazarī —la que a través del tiempo se ha convertido en el símbolo de al-Āndalus por excelencia:

وَ لاَ غـَـلِـبٌ إلاَ اللـَّه wa lā gīlab īly Allāh Solo Dios es vencedor



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