Ŷannat
al-'arif/El Generalife
Fue
un palacio, un jardín y una inmensa finca privados desde 1492,
cuando pasaron a propiedad de los reyes. Isabel de Castilla y
Fernando de Aragón, nombraron a un alcaide que lo administraba en
su nombre. El alcaide del Generalife era un cargo subordinado a la
alcaidía de la Alhambra y a la Capitanía General del Reyno de
Granada. Los cristianos conquistadores gestionaban esta propiedad de
modo separado a la ciudadela de la Alhambra.
El
alcaide del Generalife tenía como misión “ejercer la guardia y
custodia del palacio, jardines y terrenos propios de los reyes,
destinado a recreo de la real familia”. Debía invertir una
importante cantidad de dinero anual en su mantenimiento y
conservación
El
primer alcaide del que se tiene noticia fue Juan
de Henestrosa (1494).
En
el año 1523 la titularidad de la alcaidía aparece a nombre de
Francisco
Yagues Mansilla.
Pocos
años después, el alcaide del Generalife era un viejo militar cuyo
padre participó activamente en la toma de Granada: Gil
Vázquez Rengifo, comendador
de Montiel. Éste no tuvo hijos varones, sólo una hija –María
Vázquez Rengifo-,
quien casó con un nieto
de
Pedro
Granada-Venegas (príncipe nazarita Cidi Hyaya).
Con
el anterior matrimonio, la alcaidía del Generalife pasó a manos de
una rama secundaria de la familia de reyes nazaritas, la de Cidi
Hyaya, quien fuese príncipe de Almería
y pasado al bando cristiano con los apellidos Granada Venegas.
En
el año 1537, el yerno de Gil de Rengifo heredó la titularidad del
Generalife por cédula del emperador Carlos V. Se llamaba Alonso
Granada-Venegas y Rengifo.
Los sucesivos descendiente de los Granada-Venegas fueron heredando la
alcaidía del Generalife, previa confirmación de los monarcas. Pero
siempre se hacía consignar en las confirmaciones que se trataba de
una “tenencia”, no del traspaso de una propiedad.
En
1611 Felipe III confirmaba la tenencia de esta alcaidía a Pedro
Granada-Venegas y
la amplió a su esposa Leonor
de Fonseca (en 1622).
Felipe
IV también confió esta alcaidía a la familia de los
Granada-Venegas, en la persona de Pedro
Granada-Venegas y Hurtado de Mendoza (en 1643), tercero
del mismo nombre.
Todos
los reyes españoles mantuvieron la costumbre de pasar la alcaidía
del Generalife de padres a hijos de aquella familia de descendientes
de la realeza nazarita.
A
mediados del siglo XVIII, el Generalife y sus contornos era
gestionado desde Génova, con nombres de titulares como Pedro
Grimaldi, Juan Grimaldi (casado con María Catalina Grimaldi
Granada-Venegas), etc. Justo en este instante, con el italiano Juan
Grimaldi como alcaide absentista del Generalife, fue cuando el rey
Carlos IV decidió recuperar el Generalife para su patrimonio
personal.
Hasta
que llegamos al año 1698, en tiempos del último rey de la casa de
Austria, Carlos II. El titular de la alcaidía del Generalife era
Juan
Bautista Granada-Venegas y Rengifo Lemolin.
Este hombre murió
sin descendencia masculina,
con lo que el título pasó a la rama femenina. Aquellas mujeres
casaron con nobles italianos y, consiguientemente, el
título pasó a manos de caballeros procedentes de Génova (Italia),
donde residieron a partir de entonces, tanto los alcaides como el
título de Marqués de Campotéjar.
A
mediados del siglo XVIII, el Generalife y sus contornos era
gestionado desde Génova, con nombres de titulares como Pedro
Grimaldi, Juan Grimaldi (casado
con María Catalina Grimaldi Granada-Venegas), etc. Justo en este
instante, con el italiano Juan Grimaldi como alcaide absentista del
Generalife, fue cuando el rey Carlos
IV decidió recuperar el Generalife para su
patrimonio
personal.
Obviamente, la mayoría de aquellos alcaides jamás estuvieron en
España; para el gobierno de sus propiedades siempre enviaron
administradores de su confianza.
En
1805 el cargo de administrador lo ostentaba Jaime
Traverso,
quien tenía su residencia en el palacio de la Casa de los Tiros.
Aquella
familia italiana se fue cruzando con otras de la aristocracia del
país trasalpino, como los Landi, Durazzo, Palaviccini, etc. Hasta
conformar un verdadero galimatías de familias italianas con derechos
sobre la gobernanza del Generalife y las inmensas propiedades del
Marquesado de Campotéjar
El
feudalismo del título Campotéjar
Los
títulos de Señorío y Marquesado de Campotéjar estuvieron
íntimamente unidos a la alcaidía del Generalife desde el momento en
que las familias Vázquez Rengifo y Granada-Venegas unieron su sangre
(1537). Es decir,
Rengifo aportaron la alcaidía de la Alhambra y los Granada-Venegas,
el Señorío de Campotéjar.
El señorío
de Campotéjar hinca sus raíces en 1499, cuando la casa de Cici
Hyaya comenzó a hacerse con los inmensos terrenos de los cortijos de
Campotéjar, Dehesas Viejas y Alfarnate. Bien por compra, usurpación
o bien por concesiones de la ciudad de Granada (que incluía aquellas
zonas fronterizas en su alfoz), el caso es que poco a poco la familia
de los Granada-Venegas fueron apropiándose de todos aquellos
lugares. Incluso obtuvieron permiso para fundar el pueblo de
Campotéjar a partir de una cortijada junto al camino real a Madrid
(en 1514). Algo parecido habían hecho los Granada-Venegas con las
tierras de Jayena, que cayeron en sus manos una vez muerto Hernando
del Pulgar (este militar las recibió de los Reyes Católicos en
1483). Muchas de las tierras fueron usurpadas y objeto de larguísimos
pleitos de posesión en la Real Chancillería.
El señorío
de Campotéjar hinca sus raíces en 1499, cuando la casa de Cici
Hyaya comenzó a hacerse con los inmensos terrenos de los cortijos de
Campotéjar, Dehesas Viejas y Alfarnate. Bien por compra, usurpación
o bien por concesiones de la ciudad de Granada (que incluía aquellas
zonas fronterizas en su alfoz), el caso es que poco a poco la familia
de los Granada-Venegas fueron apropiándose de todos aquellos lugares
No
obstante, en 1632, el cabeza del linaje (Pedro Granada-Venegas, el
III) era nombrado en los documentos como titular del Señorío de
Campotéjar. Cobraba todas las alcabalas de un inmenso territorio. Su
proximidad al rey Felipe IV y ciertas aportaciones de soldados y
dinero para combatir la secesión de Cataluña (1640-52) le
reportaron la obtención
del título de Marqués de Campotéjar (1643).
El título
de este Marquesado ya iría unido a partir de entonces a la
gobernanza del Generalife y posesión de tierras de Campotéjar,
Dehesas Viejas y Jayena.
1805,
comienza el pleito del Generalife
España
vivía en 1805 (tiempos de Carlos IV) en el antiguo régimen, casi
medieval. La casa real tenía un concepto patrimonial de tierras y
ciudades, especialmente de las sometidas a realengo. Las finanzas
personales de la familia real atravesaban muy mal momento (¿cuándo
fueron buenos?) Por eso Carlos IV dictó un real decreto (de 19 de
marzo de 1805) por el que se entablaba demanda para reintegrar el
Generalife y sus fincas anexas a su patrimonio personal, ya que el
Marqués de Campotéjar se negó a renunciar a la tenencia de buen
grado. El motivo era que desde casi un siglo atrás, el título de
Marqués de Campotéjar y el titular residían en Italia. Y lo peor
de todo es que, al contrario de lo que ocurría con la casa de
Austria, con los Borbones apenas había trato, sumisión,
confirmación y aportación de rentas. Carlos IV quería recuperar
“su” Generalife. La intención del valido Manuel Godoy venderlo
al mejor postor para mejorar finanzas de la corona.
El primer
problema del farragosísimo y largo pleito del Generalife surgió
inmediatamente por disputa de competencias entre los juzgados del
Generalife y la Alhambra, que entonces existían de modo separado.
Después siguió un largo periodo de inestabilidad política con el
motín de Aranjuez, la larga guerra de la Independencia de Francia,
las Cortes de Cádiz, la restauración de Fernando VII, el trienio
liberal, etc. Hasta que el monarca felón decidió retomar la vieja
aspiración de su padre y ordenó seguir con el pleito del
Generalife. Estábamos ya en 1826, fecha del verdadero inicio del
pleito del Generalife en los órganos judiciales.
El pleito
se inició plagado de incidencias entre la casa real española, que
reclamaba el Generalife como propiedad personal, y el Marquesado de
Campotéjar, en manos italianas. El Marquesado entendía que no era
una tenencia de concesión real, sino una herencia familiar de los
Granada-Venegas. La justicia española demostró poca pericia y mucha
burocracia. Mientras que los italianos enmarañaron el asunto con
múltiples y largas artimañas: tan pronto desaparecían como decían
que eran cientos los apellidos con derechos; se negaban a recibir
notificaciones. Así estuvieron hasta 1849, en que el pleito quedó
paralizado. Buena parte de culpa la tuvo la larga serie de guerras
civiles carlistas, la inestabilidad y debilidad política de España.
El
Marquesado de Campotéjar siempre dispuso de hábiles procuradores,
abogados y, lo más importante, de inteligentes administradores
enviados a Granada.
A
partir de la Revolución Gloriosa de 1868, la I República retomó el
pleito. Pero ya no con el deseo de recuperar el Generalife y sus
fincas para la Corona suprimida, sino para el Patrimonio Nacional.
El
embrollado proceso judicial estaba en el Tribunal Supremo en el año
1903, sin visos de solucionarse. Hasta que, por fin, el sumario fue
retomado por el juez granadino Miguel Ortega Moreno, titular
sustituto del juzgado del Salvador. Corría el año 1912. Aquel
hombre dictó sentencia de 30 de agosto, que parecía ser definitiva.
Daba la razón al Estado español: el Marquesado de Campotéjar debía
devolver la propiedad y uso (antigua tenencia), con todas sus rentas.
Pero
el pleito centenario no había acabado con la sentencia favorable del
juzgado del Salvador de Granada. Entonces entró en plena acción el
administrador general del Marquesado de Campotéjar en Granada. Se
llamaba Giussepe
Dáneo Borrione,
más conocido como Don José por los miles de colonos que tenía en
el Generalife y en los señoríos de Jayena, Campotéjar y Dehesas
Viejas. Era un caballero oficial de la Corona Italiana, ingeniero de
profesión; había llegado a la Casa de los Tiros de Granada a
principios de siglo XX, con una familia de cuatro varones (uno de
ellos fue el famoso ginecólogo Alfredo Dáneo, discípulo de
Alejandro Otero y fallecido en 1991).
Pero los
tiempos estaban cambiando en España a pasos agigantados. Los
agricultores, colonos y aparceros estaban hartos de caciques y nobles
absentistas. Se estaba larvando la revolución de 1919, que prendió
fuego en Granada y después se extendió a toda España.
Al igual que
los administradores generales de la casa Campotéjar que le
precedieron (Miguel Ranorino, Lino del Villar), Dáneo también
empleaba mano de hierro para gobernar las propiedades del Marquesado.
Las órdenes desde Italia eran mantener un estilo casi medieval; ésa
debía ser la idea que tenía la marquesa de la realidad española.
La marquesa Durazzo Palavicini sólo había estado una vez en España,
en 1885.
Pero los
tiempos estaban cambiando en España a pasos agigantados. Los
agricultores, colonos y aparceros estaban hartos de caciques y nobles
absentistas. Se estaba larvando la revolución de 1919, que prendió
fuego en Granada y después se extendió a toda España.
El
administrador Dáneo se percató pronto de ello. Había dado orden de
seguir pleiteando y enredando con el Generalife –a pesar de tener
ya una sentencia condenatoria del Salvador-. El punto débil no le
llegó por vía judicial, sino por los señoríos de Jayena,
Campotéjar y Dehesas Viejas. Las quejas de los agricultores de estos
pueblos iba a acelerar el desmoronamiento del sistema medieval que
mantenía el Marquesado de Campotéjar para con la gente de Granada
y, de paso, acabar con los abusos del Generalife.
Tocan
retirada de España: expolio del Generalife
La prensa
del momento comentó que los familiones de aristócratas italianos
necesitaban mucho dinero para mantener propiedades y nivel de vida.
La divisa española estaba fuerte en aquel momento. Quizás también
estos dos motivos influyeran en el cambio de estrategia.
Ya he reiterado que
los administradores gobernaban las inmensas propiedades del
Marquesado en Granada con criterios de vasallaje. En nómina tuvieron
a infinidad de oidores y magistrados españoles que les ayudaron a
mantener e incrementar el patrimonio. No se entiende de otra manera
que el Generalife y sus fincas anexas fuesen engrosando durante los
siglos XVIII y XIX hasta el punto de triplicar lo entregado por los
Reyes Católicos. Incluso el Ayuntamiento de Granada debía
solicitarles permiso de toma de agua para el cementerio de San José.
Algo parecido ocurrió con los señoríos de Campotéjar y Jayena: de
un puñado de yugadas concedidas en el siglo XV se había pasado a la
entera propiedad de estos municipios a principios del siglo XX.
Empezaban
a tocar retirada de España, tras el primer revés serio del juzgado
del Salvador y levantamientos/huelgas de los colonos agrícolas. Lo
primero que hizo el Marquesado de Campotéjar fue empezar a desmontar
los elementos valiosos que contenía el Palacio del Generalife. Vemos
varios artículos de la prensa de la época que lo denuncian
reiteradamente: el 16 de julio de 1912 (unos días antes de conocerse
la sentencia del Salvador), el Duque de San Pedro de Galatino, como
diputado que era, denunció el expolio que estaba sufriendo el
Palacio. Decía que poco quedaría cuando se hiciera cargo el Estado
del lugar, “porque estaban desapareciendo artesonados, puertas,
celosías, azulejos, columnas y arcos de los patios” (El
Defensor de Granada).
El destino era el traslado a Italia de los elementos más valiosos
y/o la venta a chamarileros.
El
Globo de
Madrid se hacía eco del expolio en un sentido parecido (17 de julio
de 1912). Algo parecido denunció la revista La
Alhambra.
El
enero de 1913, el Duque de San Pedro se trajo al rey Alfonso XIII a
Granada para que cazara en su finca de Trasmulas. Pero aprovechó
para llevárselo a visitar el Generalife, la que se suponía “su”
nueva propiedad tras más de un siglo de intentos de sus antepasados
monarcas. Pocas veces hasta entonces habían entrado fotógrafos y
periodistas a esta finca de recreo de los nazaritas; a partir de
aquel momento comenzaron a proliferar reportajes gráficos en prensa
y también postales. Todavía en 1913 se puede decir que el
Generalife estaba “casi entero”.
Llegamos a
1918 y el Estado español no había conseguido ejecutar la sentencia
del Salvador (de agosto de 1912) ni tomado posesión del Generalife y
sus inmensas fincas anexas, había recursos judiciales pendientes de
resolución. El clima laboral y político estaba sumamente revuelto
en Granada, el paro y el hambre aumentaban. El administrador José
Dáneo negociaba en secreto la venta de los señoríos de Campotéjar,
Jayena y Dehesas Viejas. Ya tenía apalabrados compradores. Incluso
parece ser que había prisa por vender y largarse. El rumor estaba en
la calle.
El
diputado socialista Fernando
de los Ríos
decidió intervenir con un durísimo artículo (A
las Cortes. Por la redención de los campesinos. Un pueblo que se
intenta despojar: Jayena),
publicado en El
Sol,
1 de junio de 1918. Recordaba la historia del sistema feudal y de
vasallaje que mantenía el Marquesado de Campotéjar, además de
contar cómo habían ido usurpando tierras que no eran suyas.
Suicidio
del último administrador del Marquesado
Las
tensiones entre los colonos contra el Marquesado, representado en los
pueblos por subadministradores, mayordomos y, en última instancia,
por el administrador general José Dáneo fueron aumentando a partir
de la intervención de Fernando de los Ríos. El político socialista
defendía que la tierra debía ser para el que la trabajaba, no de
absentistas italianos o madrileños.
El
3 de diciembre de 1918, Granada amaneció conmocionada por un grave
suceso: José
Dáneo Morrione se había suicidado.
Ocurrió en una habitación de la Casa
de los Tiros, palacio oficial del Marquesado de Campotéjar en
Granada,
punto desde el que se gobernaba el Generalife y los municipios de su
propiedad. En días anteriores había estado negociando con posibles
compradores de las tierras; la tarde anterior despachó con dos
subadministradores, de quienes pareció despedirse. A continuación
cargó su escopeta con un cartucho en el cañón derecho, ató una
cuerda al gatillo, introdujo su pie y se descerrajó una perdigonada
en la boca.
Los
tres periódicos de Granada publicaron su esquela mortuoria. Sólo El
Defensor dio
alguna explicación sobre el suceso. Dáneo tenía 68 años y, según
se dijo, padecía “arterioesclerosis cerebral y cuyo cerebro no
estaba muy fuerte, sufriría alguna contrariedad, que obsesionándole
le llevó al suicidio”. No dejó ninguna nota sobre el motivo o
motivos de su muerte. Hubo especulaciones en todos los sentidos,
todas ellas relacionadas con la tensión y desmoronamiento que vivía
el Marquesado de Campotéjar en Granada.
Con
la muerte de Dáneo pareció suavizarse un tanto la situación. Le
sucedió Luis
Solía en
la administración general del Marquesado. Éste debió entender que
había que negociar, tanto en el tema del pleito del Generalife como
con los colonos de Campotéjar, Jayena y Dehesas Viejas. En febrero
de 1919 tuvo lugar la revolución obrera/estudiantil, con varios
muertos en las calles de Granada. Los acontecimientos se
precipitaron. Los colonos de las tierras decidieron emprender una
gran manifestación sobre Granada para presionar al nuevo
administrador. Centenares de personas de Campotéjar salieron andando
desde su pueblo y se presentaron en la Casa de los Tiros; a ellos se
les sumaron también de los otros dos pueblos afectados. Y, por
supuesto, cientos de obreros de la capital.
El
administrador general se reunió con ellos en la Casa de los Tiros (7
de junio de 1919). A la asamblea asistieron algunos
de los empresarios que negociaban la compra de las tierras, con el
decano del Colegio de Abogados y político Fermín Camacho como
mediador. Los colonos no podían creer que la venta de los pueblos y
sus tierras ya estuviese casi pactada con una sociedad creada por
unos ricachones granadinos. Ellos venían reclamando su adquisición
desde tiempo inmemorial, ahora sospechaban una maniobra especulativa.
Empezaron a surgir quejas y amenazas.
Entonces,
uno de los compradores accedió a romper el trato y dar prioridad a
los colonos. Se telegrafió a Italia y la Marquesa de Campotéjar se
prestó a dar preferencia a los labradores. Así se firmó un
compromiso con los alcaldes de las tres poblaciones. Luis Solía
debió entender que era la única solución ante el estado
pre-revolucionario que se le presentaba en los próximos días.
Pero la
traición se encontraba agazapada en la otra cara del papel firmado
por el administrador del Marquesado de Campotéjar. Nadie sabía que
José Dáneo tenía pactada la venta de las tierras del Marquesado a
la sociedad llamada Garrido, Romero y Rojas (C.G.R.R. y Cia).
Había sido constituida en enero de 1920 por estos próceres de la
oligarquía granadina (entre los que se encontraba el Rector de la
Universidad), una vez comprados los terrenos el 28 de mayo de 1919.
Los compromisos firmados por Luis Solía a los colonos de nada
valieron frente al contrato anterior. El Marquesado prefería coger
el dinero pronto y salir de España; negociar con miles de colonos le
hubiese supuesto un proceso lento y sin garantías de poder cobrar
pronto.
En 1920 se
había desplazado a Madrid el Marqués de Campotéjar (por entonces
llamado Santiago Felipe Durazzo Palavicini) para negociar un pacto
extrajudicial con el Estado consistente en entregar el Generalife y
acabar con el pleito. No conocemos exactamente las condiciones de
aquel acuerdo, pero quedaron claras al año siguiente: había
engañado al Estado.
Fermín
Garrido y Cía. compraron finalmente las tierras; especularon con las
tierras en los años siguientes, ofreciéndoselas a los colonos a
precios superiores. Unos pudieron adquirirlas, otros se echaron atrás
cuando vieron que no podían hacer frente a los pagos. Incluso muchos
tuvieron que devolverlas al no poder pagarlas. Para el año 1942
todavía coleaba el tema de la venta de aquellas tierras.
Pacto
extrajudicial sobre el Generalife
En cuanto
al Generalife, en 1920 el Marqués de Campotéjar llegó a Madrid a
negociar su entrega. Pero su fallecimiento hizo que continuara el
asunto su viuda, Matilde Giustiniani y Giuistiniani, hasta alcanzar
un pacto extrajudicial en octubre de 1921.
La nueva
Marquesa se presentó como una víctima generosa, despojada de sus
derechos ancestrales de familia. Cuando en realidad se había tratado
de una saga de nobles italianos (emparentados con los Granada-Venegas
españoles) que detentó el uso del Generalife y sus fincas durante
los siglos XVIII, XIX y parte del XX. El Estado español se
compadeció de ella, agradeció la entrega, le colocaron placas de
agradecimiento por la “donación” (en el Generalife y en la Casa
de los Tiros) y Alfonso XIII la premió con la concesión del
Marquesado del Generalife (título extinguido con su muerte en 1971).
Lo que el Estado no supo en aquel momento es que estuvo en tratos con
una acaudalada norteamericana que le ofrecía cuatro millones de
pesetas por el Generalife. La italiana se aprestó a buscar un pacto
extrajudicial porque ya veía la causa perdida en el juzgado (sobre
el Generalife usurpado) y las revoluciones campesinas en sus señoríos
de Campotéjar, Jayena y Dehesas Viejas.
Entre
finales del siglo XIX y principios del XX era habitual que partes de
la Alhambra fuesen vendidas a particulares, sobre todo a extranjeros
con dinero. Todavía queda alguna casa y terrenos pendientes de
adquirir por el Patronado: alguna de la Calle Real (Casa Meersmans),
casas de labor de la Mimbre, Hogar Ángel Ganivet, Carmen de
Bellavista, Carmen de la Justicia, etc.
La
propiedad del Marquesado incluía la Huerta de Fuente-Peña (9,3
hectáreas), Huerta Grande (2 hectáreas), Huerta Colorada (1,1
hectáreas), Carmen de la Sillas del Moro (3,2 has.), Carmen del
Avellano (3 hectáreas), Dehesa del Generalife (537 fanegas), Huerta
del Pino,...
Conocemos el
inventario del contenido del Generalife puesto que fue levantada una
detallada acta en el momento de la entrega (2 de octubre de 1921). El
Palacio, las huertas y las fincas no eran moco de pavo. La propiedad
del Marquesado incluía la Huerta de Fuente-Peña (9,3 hectáreas),
Huerta Grande (2 hectáreas), Huerta Colorada (1,1 hectáreas),
Carmen de la Sillas del Moro (3,2 has.), Carmen del Avellano (3
hectáreas), Dehesa del Generalife (537 fanegas), Huerta del Pino,
etc.
En el
Palacio del Generalife, lo que era la residencia palaciega, había
una serie de obras de arte y mobiliario. Eran, sin duda, los restos
que no habían querido llevarse durante el expolio iniciado en año
1912.
El
palacio de la Casa de los Tiros –sede del administrador italiano–
también fue cedido al Estado español por el Marquesado. Se pactó
que fuese destinado a museo, casa de cultura o turismo.
El joven Antonio Gallego Burín se encargó de su
restauración y posterior apertura para cumplir esos fines (en 1928).
Su Guía
de Granada contiene
un detallado relato del contenido que se encontró. La marquesa dejó
en Granada la galería de retratos de reyes que adornaban las
estancias del Generalife (se pueden ver en la escalera principal,
aunque la mayoría son malas copias). También dejó algunos
documentos sobre la gobernanza del Generalife, cuadros y obras de
arte de cierta importancia, que hoy están incorporadas a los fondos
del Museo de la Casa de los Tiros y Archivo de la Alhambra.
No
obstante, se llevó la galería de retratos de los alcaides del
Generalife, por considerar que eran de sus ancestros. Y todo el
archivo histórico del Generalife y de sus señoríos. Desmontó las
partes más artísticas de los muebles de la Casa de los Tiros, al
igual que había venido haciendo desde 1912 (fecha de sentencia del
Salvador). El Estado español no sólo no le impidió que sacara
piezas y documentos históricos de gran valor, sino que colaboró en
su salida hacia Génova.
Las
espadas atribuidas a Boabdil
Varias
son las espadas fabricadas en Granada (siglos XIV y XV) que se
atribuyen a Boabdil.
La
que se guarda en Génova,
procedente de la Casa de Campotéjar; no tiene ninguna inscripción,
su tahalí (tirante) y borlas son de seda azul. Los adornos de la
empuñadura (de oro macizo) y abrazaderas representan motivos
vegetales. Sería la donada por los Reyes Católicos a Gil Vázquez
Rengifo, aunque también podría pertenecer a la rama de Cidi Hyaya.
La
del Alcaide de los Donceles (de los Marquesados de Villaseca y de
Viana).
Fue arrebatada a Boabdil al apresarlo en la batalla de Lucena (abril
de 1483). Tiene empuñadura de marfil con arabescos y vaina de
cuero. Fue donada por Fernando de Aragón al alcalde de los
Donceles. Estas dos son muy similares, debieron ser fraguadas por el
mismo armero. Es que tiene más probabilidades de haber pertenecido
a Boabdil. (Fue donada a Alfonso XIII y pasó al Museo del Ejército
de Toledo. En la foto de arriba)
Biblioteca
Nacional de París. Fue
adquirida en 1812 a un zapatero de Granada por el Duque de Luines.
La donó a la Biblioteca en 1862. Probablemente se una copia
posterior a la Toma de Granada.
Hay una más
expuesta en el Museo de San Telmo de San Sebastián también
atribuida a Boabdil, aunque la guarda difiere de los modelos
nazaritas. Procede del Marqués de Villalegre.
Una de las
piezas históricas más valiosas fue la que se llamó Espada de honor
de Boabdil. Aunque parece que esta rica arma no era de Boabdil, sino
de su pariente Cidi Hyaya (el príncipe de Almería, primer Granada
Venegas). De este modelo de espada jineta nazarita se conservan al
menos tres copias. La que se llevaron al Palacio Durazzo de Génova
es quizás la más lujosa de todas. Pocos españoles han conseguido
verla; uno de ellos fue un periodista de ABC, que la fotografió y
publicó en este diario el 4 de marzo de 1961. Contaba la longeva
marquesa Matilde Giustiniani que esa espada había sido donada por
los Reyes Católicos al capitán Gil de Rengifo. En aquel palacio
genovés se encuentran también algunos retratos de monarcas
españoles (seguramente los originales) y un busto de la Marquesa
hecho por Mariano Benlliure. E infinidad de documentos y libros en
árabe pertenecientes a la etapa final del reinado nazarita
(Francisco de Paula Valladar, que los vio, comentaba que allí había
carros y carros de legajos históricos).